Diversidad

Sexo y discapacidad, ¿un tabú que se desmorona?

Por pudor, desconocimiento o indiferencia, el binomio sexo-discapacidad pareciera no existir. Como si fuera de mal gusto mencionarlo. La figura del asistente sexual cobra fuerza y ayuda a desmontar prejuicios.

Artículo

Esther Peñas
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13
Jul
2016

Se habla del sexo con amor, del sexo retribuido, del sexo libre, del sexo cibernético. Hay dosis generosas de sexo en los chistes que contamos, en las series de televisión de las que somos feligreses, en las novelas que devoramos, en la publicidad que consumimos. Hay sexo, a secas. Y un tabú que persiste, ya iniciado el XXI: el sexo en las personas con discapacidad. Un asunto que pareciera no existir porque no se menta. Como si fuera una cuestión de mal gusto sacarlo a colación. Por pudor. Por desconocimiento. Peor aún: por indiferencia u omisión.

Rafa (prefiere escamotear sus apellidos) tiene 37 años. Un accidente de coche le postró en una silla de ruedas hace ocho. «Antes resultaba fácil ligar. Entrabas en un bar, echabas un vistazo, veías a una chica, hablabas con ella y, con un poco de suerte, teníamos sexo. Ahora eso es imposible. Entras en un bar y todos te miran, eso es cierto, pero ligar con una chica desde esta altura particular es muchísimo más complicado; les despiertas lástima, compasión, ternura… pero deseo es lo último que provocas en ellas. Y lo peor es que me siguen poniendo igual que siempre».

Cambiar el canon de belleza puede llevar décadas. Y mientras, ¿qué hacen estas personas con su sexualidad? Una solución, hasta que la sociedad alcance la madurez suficiente como para que la diversidad se asuma de pleno en todos los órdenes, también en el afectivo, es la del asistente sexual. Países como Suiza, Holanda, Dinamarca, Suecia o Alemania consideran la asistencia sexual como un servicio de salud más y como tal está subvencionado desde hace años. En España hay un vacío legal al respecto.

Existen algunas asociaciones, anecdóticas en número, que sirven de intermediarias entre usuarios y asistentes sexuales, como las catalanas Sex asistent, una de las pioneras, o Tandem Team, en la que trabajan doce asistentes de manera regular, nueve mujeres y tres hombres. De ellos, uno y una son homosexuales.

Más insólito es el caso de quienes se ofrecen, a título individual, como asistentes sexuales para personas con discapacidad. Mar (el nombre es ficticio) es una de ellas. «No soy una prostituta; la figura del asistente sexual es otra cosa muy distinta, implica entrega, cierta vocación, paciencia. Pongo anuncios en prensa, en determinadas páginas de internet, dejo mi tarjeta en algunas asociaciones. Cuando contactan conmigo, se inicia una especie de complicidad verbal, me cuentan quiénes son, cómo son, qué quieren… esto puede durar algunas semanas. Cuando se establece una confianza mutua, cerramos un encuentro en un lugar público. Nos conocemos en persona. Si todo sigue su curso, fijamos una cita más íntima, por lo general en la casa del interesado, por cuestiones de accesibilidad, ya que la mayoría de las personas que me buscan están en silla de ruedas. En esa primera cita íntima se da lo erótico, pero no siempre lo genital, que requiere, a su vez, de un poco más de tiempo». Mar no habla de precios, asegura que todo depende «de las circunstancias».

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Rafa sí ha recurrido a la prostitución. «He tenido novias, ya en silla, pero cuando estaba sin pareja en alguna ocasión he pagado los servicios de una profesional del sexo. No me gusta, es un poco humillante, la verdad; te miran siempre con lástima, y muchas veces parece que les da asco. Aparte de que te sale mucho más caro, porque tengo amigos que me cuentan que lo que a mí me cuesta ciento cincuenta euros, a ellos, sesenta o setenta».

¿Sexo por ley?

A la sociedad le cuesta hablar sobre este binomio –sexo y discapacidad–, pero las normas internacionales ya lo han abordado. En 2006 se aprobó la Convención de la ONU sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, en la que se recogen de manera explícita aspectos relativos a la salud sexual y reproductiva. Asimismo, en 2009, la Organización Mundial de la Salud publicó una guía de recomendaciones sobre la salud sexual y reproductiva de las personas con discapacidad. En España, la conocida como Ley Aído, de 2010, (Ley Orgánica de Salud Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo), contemplaba la figura del asistente sexual para personas con discapacidad, pero quedó sin dotación económica primero y derogada después una vez reemplazado el gobierno de Zapatero, que la promulgó, por el de Rajoy.

Al tabú le rodean siempre tópicos: que si las personas con discapacidad intelectual (síndrome de Down, síndrome de Rett…) tienen una libido tenaz, que si los ciegos son unos virtuosos del tacto, que si los lesionados medulares son todos impotentes… Pero, poco a poco, este asunto va ocupando la gran pantalla (con películas como Las sesiones de Ben Lewin, o Yes, we fuck de Antonio Centeno y Raúl de la Morena), la literatura (Versiones de Teresa, de Andrés Barba) o incluso la televisión (Master of sex).

«Tradicionalmente se hablaba poco de sexualidad y afectividad de las personas con discapacidad por una mezcla de razones. Pudor o ignorancia son algunas de ellas. Debido a que son personas que pueden necesitar apoyos a lo largo de su vida, a menudo se las concibe como ‘dependientes’. Si esto ocurre pasan a ser vistas como ‘niños permanentes’, ‘asexuadas’ o ‘sin necesidades en este aspecto’. Se puede pasar por alto que los años pasan para todos y que, aunque con discapacidades, todas las personas acabamos siendo adultos con necesidades de adultos. Por fortuna, esto está cambiando y los prejuicios son cada vez menos», explica la psicóloga Clara Clos, autora, junto con la también psicóloga Gemma Deulofeu, del libro de relatos sobre sexo, afectividad y discapacidad Sensuales (ComaNegra editorial).

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Carlos de la Cruz, responsable de la Asesoría de Sexualidad y Discapacidad del Ayuntamiento de Leganés (la única en España de estas características) y vicepresidente de la Asociación Sexualidad y Discapacidad, asegura que «el sexo es importante para todos, para las personas con discapacidad y para quienes no la tienen. El sexo contribuye a mejorar su calidad de vida, su autoestima, su bienestar emocional; la sexualidad no es más importante que ninguna otra área de la persona, pero tampoco menos».

Para Frank Toro, director de cine, que se normalice esta cuestión pasa por «superar ciertos discursos, ciertos esquemas mentales. El sexo está en el cerebro. Todo está en la mente. También la capacidad de sentir y amar. Desde que somos pequeños nos venden todo tipo de ‘motos’. Las ‘historias’ que nos cuentan están bien, nos ayudan a entender nuestro entorno y a enfrentarnos al día a día. Pero a veces los ‘cuentos’ que nos explican no nos resultan útiles. Es más, sin que nos demos cuenta, nos limitan y, a la larga, nos hacen daño. Con esto no quiero decir que no existan dificultades físicas o externas para las personas con discapacidad. Existen y ahí están. Pero el afecto no es físico, es mental».

Toro ha dirigido dos documentales en los que la discapacidad y el sexo forman un maridaje protagonista: El sexo de los ángeles y Los amores inconclusos, y tiene algo claro: las mujeres están más dispuestas que los hombres a tener una pareja con discapacidad. «No sé hasta qué punto es biológico o cultural, pero seguimos educando a las niñas de manera diferente que a los niños. Las niñas siguen jugando a ser madres, enfermeras y otros roles en los que se cuida a alguien. En general, se asume que las personas con discapacidad son más dependientes que las personas sin discapacidad (a veces es cierto, a veces no) y socialmente preparamos más a las mujeres para cuidar de los demás que a los hombres».

Stevenson dijo, refiriéndose al sexo, que lo que sucede en diez minutos excede a todo el vocabulario de Shakespeare. Cruz se pregunta: «¿Por qué privar de este placer a nadie?».

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