Opinión

¿Por qué el consumo es democracia?

¿Por qué no democratizamos el consumo en un sentido más noble y tenemos presentes los intereses de todos los implicados cuando compramos?

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01
Sep
2014
Por Anna Argemí, impulsora del blog Alterconsumismo

¿Por qué no democratizamos el consumo en un sentido más noble y tenemos presentes los intereses de todos los implicados cuando compramos? Anna Argemí, impulsora del blog Alterconsumismo, reflexiona sobre el empoderamiento de los ciudadanos, la democracia y el consumo alternativo.

No es la primera vez que me preguntan por la descripción del blog Alterconsumismo, donde se afirma de manera lapidaria que el consumo es democracia. La verdad es que ‘consumo’ y ‘democracia’ no son dos términos que casen muy bien juntos de buenas a primeras. El primero nos rebaja al mundanal ruido de lo comercial, a conceptos como compra y venta, mientras que el segundo nos eleva hasta la esfera de las ideas, allí donde Platón y Aristóteles y demás colegas dialogan eternamente sobre cómo intentar vivir en sociedad de manera civilizada. ¿Existe un punto de intersección real entre el cielo y la tierra?

Con la llegada de la democracia a nuestro país alguien se inventó la democratización del consumo, otra expresión interesante que hizo fortuna y caló en no pocas mentes. Puesto que todos y todas éramos por fin iguales ante la ley, debíamos gozar de los mismos derechos, entre ellos, el derecho de acceso al consumo. Y así fue como se amplió la oferta y nos convirtieron de la noche a la mañana en súbditos y también en consumidores. Lo de ciudadanos no quedó tan claro. De pronto nos encontramos sin comerlo ni beberlo con dinero en el bolsillo y siendo miembros de pleno derecho de la flamante sociedad de consumo. «Consumo, luego existo» podría haber sido uno de los eslóganes de la época. Gracias a los florecientes créditos bancarios y al boom económico de esos años de esplendor a finales del siglo XX «si no consumías y a toda máquina, eras decididamente tonto».

Cuando digo que el consumo es democracia me refiero a que hay que democratizar el consumo, definitivamente, pero no en el sentido que los padres de la patria quisieron inculcarnos. Es decir, hay que diversificar las ofertas de consumo, racionalizarlo, redistribuirlo, reducirlo -incluso aunque eso haga tambalear algunos indicadores económicos- y hay que conjugar aún otro verbo: reinventar. Creo que hemos llegado a un punto de no retorno, en el que más allá de ser súbditos y consumidores, hemos de reconocernos como ciudadanos con derechos, con el derecho a decidir qué consumo queremos tener y sobre todo qué consumo no queremos tener. A quién quiero confiar mis ahorros para que me den intereses, y a quién no voy a confiar mis ahorros si aspiro a dormir a pierna suelta por la noche. Qué ropa no voy a comprar porque no necesito tantas prendas y sobre todo porque no quiero ropa sucia, aunque llegue limpia, planchada e impoluta directamente desde la fábrica de Bangladesh. Soy libre de decidir si quiero o no tener un coche. ¿Realmente es una necesidad perentoria de la vida posmoderna y aún peor, un símbolo de estatus? ¿Y si comparto en vez de comprar? No quiero que el responsable de urbanismo de mi municipio acabe imponiéndome un estilo de consumo. Ni el político, ni la publicidad machacona en los medios de comunicación. Preferiría que mis opciones de consumo fueran consideradas por el candidato a la alcaldía y respetadas por la publicidad.

Y quien habla de la ‘necesidad’ de tener un coche, habla de la ‘necesidad’ de cambiar el armario de arriba abajo cada temporada para ir ‘a la moda’. No voy a entrar aquí en el detalle de los perjuicios laborales y medioambientales que el consumo intensivo de coches o de ropa barata provocan a miles de kilómetros de nuestras fronteras o incluso de puertas adentro. Creo que a estas alturas de la película las escenas más escabrosas de la sociedad de consumo han sido suficientemente divulgadas entre el gran público. Así que más bien me pregunto por qué, si tenemos la información, no nos tomamos más en serio nuestro rol en tanto que consumidores. ¿Por qué no democratizamos el consumo en un sentido más noble, en el sentido de «tener presentes los intereses de todos los implicados: los recursos naturales, los productores en origen, los intermediarios»? Hemos de velar por nuestro interés, como consumidores, está claro, pero también por el interés del planeta y el de las otras personas involucradas en el proceso de fabricación y comercialización. Eso sí que sería una auténtica democratización. Si la producción de un bien implica por ejemplo contaminar aguas, explotar mano de obra infantil o expulsar población autóctona de su tierra, ¿qué nos impide reducir o incluso eliminar el consumo de ese producto? ¿Qué nos impide denunciarlo?

Tengo para mí que los nuevos tiempos van a darle la vuelta a muchas cosas, y falta que nos hace. Creo que estamos reconociéndonos cada día más y más como ciudadanos, como ciudadanos empoderados, y menos como meros súbditos y consumidores cautivos. Nos sabemos más y más capaces de decidir por nosotros, de organizarnos sin que nadie nos invite a hacerlo y capaces de convencernos a nosotros mismos sobre qué nos va a hacer felices sin anuncios que nos vendan la moto. Que los políticos y la publicidad hagan su trabajo, y nosotros nos ocuparemos del nuestro. Ya no cuela que desde arriba nos expliquen de qué va el mundo y quién y cómo va a darle sentido a nuestro día. Por fin vamos entiendo que con cada decisión de consumo construimos un modelo de sociedad alrededor nuestro y no al revés. No hemos venido a esta vida, o a esta sociedad, para cumplir con las expectativas de los otros, sino a descubrir las nuestras y a intentar darles salida. Ojalá pasemos en un breve plazo de la sociedad de consumo a la sociedad de los consumidores conscientes y responsables. En este sentido, para mí, el consumo puede ser democracia.

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