Cambio Climático

La revolución agraria será verde o no será

El término «revolución verde» surgió en los años 50 en Estados Unidos por los avances tecnológicos en la agricultura. Hoy, las nuevas formas de consumo y el cambio climático infunden un cambio radical.

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16
septiembre
2016
Un tercio de los gases de efecto invernadero procede del sector alimentario

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El término «revolución verde» surgió en los años 50 en Estados Unidos en referencia a las transformaciones que la agricultura comenzaba a experimentar gracias a los avances tecnológicos. Pero los aspectos negativos no tardaron en aparecer: el excesivo coste de las semillas, la aparición de nuevas plagas, la comercialización de más productos procesados y la intensificación de las técnicas de cultivo ponían en tela de juicio el nuevo sistema de producción. La revolución verde se teñía de negro. Hoy, las nuevas formas de consumo y la persistente amenaza del cambio climático infunden un cambio radical en las reglas del juego de la agricultura.

800 millones de personas en el mundo que pasan hambre y 1.900 millones tienen sobrepeso

Un dato: una piscifactoría con 200.000 salmones libera la materia fecal equivalente a las aguas residuales generadas por 60.000 personas, de acuerdo con un informe del Instituto Worldwatch. Es solo un ejemplo revelador de la influencia de la industria alimentaria en la aceleración del cambio climático. Diversos estudios de medición de emisiones lo corroboran: cerca de un tercio de los gases de efecto invernadero procede de este sector, que no puede vivir ajeno a este desafío no solo por sentido de la responsabilidad, sino por su propia supervivencia.

En efecto, el impacto es recíproco: «Evidencias científicas muestran cómo esto ya está afectando a las cosechas, adelantando las fechas de floración de algunos cultivos como el viñedo, acrecentando la escasez de agua y la volatilidad de las materias primas o provocando aumentos de precios», alerta Celsa Peiteado, coordinadora de Política Agraria y Desarrollo Rural en WWF España. Dada la elevada dependencia de los recursos naturales para el desarrollo de su actividad, no es de extrañar que la industria alimentaria se esté replanteando su rol frente al cambio climático. Más aún teniendo en cuenta que el mundo tendrá 2.000 millones de bocas más que alimentar en menos de 40 años, según las previsiones. Ante este panorama, sobre el que se reflexionó durante el 3er Foro de Creación de Valor Compartido organizado por Nestlé en el marco de la feria Alimentaria 2016, cabe hacer hincapié en que «el cambio climático es una amenaza existencial y, pese a las acciones de mitigación que ya se están llevando a cabo y deben seguir aumentando, deberemos adaptarnos de manera local y global a sus consecuencias», advierte Gerald C. Nelson, profesor emérito de la Universidad de Illinois y experto internacional en cambio climático y seguridad alimentaria. «La industria alimentaria debería responder al cambio climático, porque este afectará a los precios y a la disponibilidad de los insumos, pero también porque los consumidores van a buscar productos de compañías que sí están dando soluciones».

Gerald C. Nelson: «El calentamiento global ha desplazado las producciones de arroz chino y café»

Eso sí, la capacidad de respuesta no es ilimitada, y estamos en tiempo de descuento: «O frenamos las emisiones de gases de efecto invernadero o muchas regiones se verán profundamente afectadas, independientemente de la capacidad de los agricultores y de la industria para responder. Los efectos del calentamiento global ya han obligado a las producciones de arroz chino y de café a desplazarse. También se ve amenazada la producción de pasta por la sensibilidad del trigo duro», ejemplifica el profesor. No es necesario irse lejos para percatarse de los efectos del calentamiento global: la agricultura intensiva ha llevado a que el 50% del territorio español esté en riesgo de desertificación, mientras que dos tercios del agua dulce se destinan a regadío.

«Desde los años 80, la proteína derivada de la pesca es casi exclusivamente de piscicultura; el mar ya no es capaz de abastecernos», añade José López, exvicepresidente ejecutivo de Operaciones del grupo Nestlé. Su postura no peca, en absoluto, de catastrofista; si pensamos en que la industria destina el 70% de lo que produce solo para ganadería, nos damos cuenta de que los límites están cercanos. «Los nutrientes de los alimentos disminuyen con el cultivo intensivo y, junto con unos sistemas de ganadería y acuacultura difícilmente sostenibles, se hace urgente reequilibrar la situación. La ecuación no funciona», insiste.

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Un claro reflejo de este desequilibro es la producción de carne, que se ha multiplicado por cuatro desde 1961 y por 25 desde 1800; 3,6 puntos por encima del crecimiento de la población mundial. Pero con una diferencia sustancial entre unos países y otros. «Por poner un ejemplo, si los chinos consumieran la misma cantidad de carne de vacuno que los de Taiwán, haría falta la misma cantidad de grano producida en Argentina y Brasil solo para alimentar al ganado», explica López. Son las ambigüedades de la globalización. Como también lo es el hecho de que los alimentos que comemos hayan recorrido una media de 4.000 kilómetros antes de llegar a nuestro plato. O que más de la mitad de la población mundial con sobrepeso viva en países en vías de desarrollo: desde 1980, el número de personas obesas en los países pobres se ha multiplicado por tres. «Es lo que se conoce como la doble frontera», revela Peiteado: «Hay 800 millones de personas que pasan hambre y 1.900 millones con sobrepeso, pero luego se está viendo cómo aumentan los casos de obesos malnutridos en países pobres y cómo los de hambre oculta –con carencias nutritivas básicas– en países industrializados».

Pero, para datos preocupantes, los relativos al derroche de alimentos: la industria desperdicia entre un 30 y un 40% de lo que produce. «Las desigualdades entre países también se aprecian en este punto. En los países subdesarrollados esto ocurre al principio de la cadena de valor, mientras en los países desarrollados ocurre al final», indica López. O, dicho de otro modo: mientras en África, por ejemplo, las malas infraestructuras hacen que parte de la producción se pierda en el proceso de transporte y distribución, en los países ricos esos alimentos se malgastan una vez comprados en el supermercado.

«Con todo, existen soluciones técnicas y políticas a estos problemas», dice Nelson arrojando algo de luz sobre el escenario. «Algunas compañías de alimentos están gestionando los residuos, especialmente en sus propias operaciones, ya que eso reduce los costes. Pero las empresas también necesitan ser parte de una solución a mayor escala, ayudando a los agricultores a aumentar su productividad, a los supermercados a implementar nuevas técnicas de embalaje, a los restaurantes en el almacenamiento y la distribución o a los consumidores a que consuman alimentos más apropiados». El experto se muestra convencido de que «las empresas de alimentos exitosas del futuro serán aquellas que encuentren alternativas rentables que desalienten comer en exceso y promuevan una alimentación saludable para hacer frente a la obesidad en todas las partes del mundo».

La industria desperdicia entre un 30 y un 40% de lo que produce

Si en algo coinciden todos los expertos es en que el consumo está cambiando, y para bien. «No hay que ser optimista ni pesimista, sino activista», recalca López. En este sentido, «los consumidores del mundo desarrollado están mirando a productos más simples, más cercanos al suelo, biológicos, orgánicos », continúa. No duda de que el consumidor es el que tiene la última palabra: «Es el rol de los proveedores ofrecerles lo que ellos desean. No serán las decisiones políticas sino los nuevos millennials los que forzarán a la industria a tomar medidas mucho más drásticas». Para Peiteado, esta transformación implica a toda la cadena: «Siempre bajo los principios de la agroecología, la industria debe demandar y abastecerse de materias primas sostenibles, pero también colaborar con los productores. Los bienes públicos que proporciona la agricultura sostenible, tanto desde el punto de vista social como medioambiental, no los pagamos cuando compramos en el supermercado. Debe impulsarse también desde políticas públicas. Y, en última instancia –o en primera, según cómo se mire– estamos los consumidores, que, con mínimos cambios en nuestra dieta, se ha demostrado que podemos evitar hasta un 25% de emisiones de gases de efecto invernadero». La portavoz de WWF resume este desafío en una frase: «La próxima revolución agraria será verde o no será».

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