Siglo XXI

¿Cuál es el papel de las corporaciones en el siglo XXI?

Reducir las emisiones de CO2,promover el consumo local, crear productos y servicios tecnológicos, cualificar a los jóvenes para vivir en un mundo global, eliminar la especulación… Se nos acumula el trabajo.

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30
octubre
2012

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Hace algunas semanas, hablando de emprendimiento, Gorka Matxinbarrena contaba que cuando su empresa Txita reparte paquetes en bici por San Sebastián no está ocurriendo nada novedoso, que hay fotos de los años treinta donde se puede ver el reparto de carne en el casco histórico a dos ruedas. “Lo que proponemos es una vuelta a lo básico, a la lógica”, me decía.

Gorka habla de volver a la lógica porque antes de que Txita llegara, toda la entrega de paquetería en el casco antiguo de Donostia se realizaba con grandes camiones que colapsaban las calles, provocaban ruido y toneladas de contaminación para entregar una caja de zapatos. Él y Daniel Ruiz vieron que aquello no tenía ningún sentido porque no aportaba calidad de vida a sus vecinos, no era un servicio eficaz para los negocios del centro y contaminaba de forma innecesaria. Ellos afirman que querían contribuir a mejorar su ciudad.

Esta búsqueda de sentido y compromiso con el bien común a través de la actividad empresarial es un fenómeno aún minoritario, pero ha llegado para remover nuestra idea de qué es una empresa.

Primero, por necesidad. Reducir las emisiones de CO2, implicar a los ciudadanos en el gobierno de sus naciones, eliminar la especulación, promover el consumo local, crear productos y servicios tecnológicos, cualificar a los jóvenes para vivir en un mundo global, enseñarles a ser críticos, limitar el poder de los mercados, plantar sin dañar la tierra, producir sin destruir los ecosistemas, vender mejor, innovar más, ahorrar agua, pagar las pensiones…, etc. Se nos acumula el trabajo y, aunque todos debemos contribuir, a las empresas les debemos pedir un compromiso especial. Ellas pueden hacer mucho por mejorar o empeorar la situación. Tienen capacidad de incidencia, saben movilizar recursos y generar sinergias.  Un ejemplo, Grameen Danone Foods.

Segundo. No podemos avanzar sin establecer responsabilidades. Las empresas son el vehículo de la producción, el alimento del consumo y las mayores creadoras de empleo. El impacto social y ambiental de lo que hacen debe entrar definitivamente en la cuenta. Para conocer propuestas en este sentido, Christian Felber y su modelo de la Economía del Bien Común.

Tercero, porque nos muestra una realidad: las empresas lo pueden hacer mejor o peor. Y esto no hace referencia sólo al beneficio económico que generan para sus accionistas, sino a si les importan las necesidades de las sociedades que las acogen. ¿Las empresas que conocemos tratan bien a sus empleados, respetan a sus proveedores, son transparentes con sus accionistas, evitan contaminar de forma innecesaria? Algunas trabajan en ello y otras claramente no, véase las últimas noticias sobre Foxconn. Por tanto, las que sí lo hacen nos deberían gustar más.

La reflexión ya estaba sobre la mesa pero la crisis no ha hecho sino hacerla más imprescindible. ¿Es la organización empresarial parte de la solución o del problema? Un debate gigante.

Me quedo con los que tímida o valientemente se apuntan a la primera opción, como Txita. Con todos los que han decidido actuar creando empresas con fin social o ambiental y, especialmente, con los que se resisten a la inercia y trabajan por mejorar sus organizaciones. Y sí, entre ellos no siempre están las intenciones más puras, también hay oportunistas y avispados, pero al final todos son bienvenidos porque construyen el cambio. Al cabo, los titulares también comprometen y dan qué pensar si uno lee con cuidado.

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