Un momento...
Que querer es poder. Que solo toma un poco de esfuerzo. Que hay que salir de la zona de confort, trabajar mientras otros duermen. Frases que repiten ad infinitum quienes afirman tener la receta para el éxito. Algunos hasta se hacen llamar gurús.
De unos años para acá, los triunfos se inflan a base de filtros, frases de cajón y mucho storytelling. El feed de LinkedIn parece mostrar una realidad totalizante en la que solo hay logros, objetivos cumplidos, cargos pomposos y «caminos duros que han valido totalmente la pena». Por supuesto, es normal que en el universo virtual la gente quiera mostrar su mejor cara, su mejor vida. Pero el panorama que se crea, especialmente en el ámbito profesional, es un microclima perennemente soleado en el que todo el mundo está ganando siempre. Así, para quienes no la están viendo tan brillante, ante el (supuesto) éxito de los demás, cae la oscuridad del horror vacui. Nunca antes tanta gente se había sentido tan fracasada viendo triunfar a otros.
Obcecada con «subir a la cima», la sociedad de hoy le tiene pánico al fracaso, le rehúye como a la peste. En una cultura del sobreesfuerzo que empuja a la autorrealización obligatoria y constante, se ha creado una dicotomía insalvable entre el éxito y el fracaso. La vida se percibe como una competencia y el triunfo, como una carrera contrarreloj en la que hay que adelantar a otros y evitar que otros nos adelanten.
Una visión darwinista del mundo no solo desdibuja la posibilidad de cooperar, sino directamente de alegrarse por los triunfos de los demás. Se reduce lo social a una ecuación de suma cero en la que todo lo que gane otro lo podría estar perdiendo yo. Se forja así una idea individualista de éxito en la que el sujeto se enorgullece de no necesitar a nadie más que a sí mismo y la vehemencia de su esfuerzo. Y, si lo consigue, se trata de una victoria solipsista, alejada de los demás, separada del mundo. Unas piernas que corren desesperadas cuesta arriba ante una cima que parece estar cada vez más lejos.
La psicología habla incluso de una fobia específica, la aquitifobia, un miedo profundo e irracional a no cumplir las expectativas (ya sean propias o ajenas). Un temor paralizante que, cargado de perfeccionismo, procrastina y evita cualquier situación que suponga un reto ante el cual se pueda fallar. Y el caso se agrava con la tendencia excesiva a la autocrítica y a la comparación social, llevando en ocasiones al autosabotaje con tal de no tomar decisiones ni acciones que puedan ser «las incorrectas».
Antes, el ideal de éxito se basaba en la estabilidad y el desarrollo de un oficio. Ahora priman la exhibición y la marca personal. Ya no importa tanto saber hacer sino hacer saber. Que otros vean lo que se hace. Así, se confunden la visibilidad con el valor, el ajetreo con el prestigio y la acumulación con la plenitud.
Frente a un afuera que parece siempre radiante, es común que aparezcan la frustración y la insatisfacción con la vida. Ya lo decía el filósofo Emil Cioran: «El fracaso, incluso reiterado, parece siempre nuevo; mientras que el éxito, al multiplicarse, pierde todo interés, todo atractivo». Los triunfos propios empiezan a verse pobres y deslavazados. Aparece la sensación de que nada es suficiente, de que siempre hay que llegar más lejos, más rápido, mejor. Se fortalece la incapacidad para saber cuándo algo (un trabajo, una empresa, un proyecto) es suficiente. Una torpeza para poner coto a las expectativas desquiciadas y detectar el good enough.
Aunque, si lo pensamos desde la perspectiva de Séneca, para ser una persona realizada, no solo no hay que vivir pensando en cumplir expectativas, sino que directamente hay que rechazarlas. Despojarse de ellas. Epicteto llamaba a entrenarse en resistirse a las expectativas, pues consideraba que conducían a la infelicidad por una sencilla razón: su cumplimiento no depende únicamente de nosotros.
Se diría que en nuestro mundo no hay nada peor que fracasar, sostiene el filósofo Costica Bradatan; «la enfermedad, la desgracia, incluso la estupidez congénita no son nada en comparación». Sin embargo, «si hay algo peor que el fracaso, es la ausencia de fracaso», porque aunque fastidia y escuece, nos pone en contacto con la realidad, «por brutal y dolorosa que sea».
A nadie le gusta fracasar, eso es obvio, pero los obstáculos —y la derrota— son parte inherente de la vida. Y no porque representen un peldaño hacia el éxito, como quieren vender, en palabras de Bradatan, los «mercachifles del fracaso-como-éxito», sino porque «podríamos vivir sin el éxito, pero viviríamos inútilmente si no aceptáramos nuestra imperfección, nuestra precariedad y nuestra mortalidad, que son manifestaciones del fracaso». Fracasar da nuevos ojos y, precisamente por eso, nos lleva a un «despertar espiritual».
En uno de sus poemas, Elizabeth Bishop propone una receta contra la visión exitocéntrica: «Pierde algo cada día. Acepta la angustia de perder / las llaves de las puertas, las horas malgastadas. / El arte de perder se domina fácilmente». Hacer las paces con el fracaso, practicar, como expresa la poeta, ese arte de perder. Así, quizá, llegar a comprender que la vida es mucho más que una sucesión dicotómica de triunfos y derrotas. Dejar de pensar en la existencia como una carrera hacia una cúspide distante y borrosa. Soltar la carente visión de la suma cero.
Aunque las películas de Hollywood y el discurso startupero nos hayan hecho creer que el éxito tiene una cara única, lo cierto es que definirlo es una faena escurridiza. El éxito es una criatura polimorfa. Cuando, mientras escribía este artículo, les pregunté a personas de distintos orígenes, edades y extracción social «¿Qué es el éxito para ti?», ninguna respuesta se parecía a la otra. Hubo quienes respondieron que era la posibilidad de aplicar los conocimientos y trabajar de lo que se estudió; otros, que se trataba de honrar el propio potencial sin sabotearlo ni autoexigirse; e incluso hubo quien afirmó que no puede haber éxito sin amor. Pero, en general, un concepto rondó el trasfondo de las respuestas: la tranquilidad.
El imaginario neoliberal nos dice que el éxito es hacer dinero, vivir experiencias envidiadas, comprar casas cada vez más grandes. Que proviene del estrés y el sacrificio y que el que no arriesga no gana. Pero, a lo mejor, ser una persona realizada es algo más sencillo, menos rimbombante.
Porque, a la postre, el éxito ¿según quién? ¿Quién determina cuál es la cima que supuestamente hay que subir? Quizá ser una persona exitosa es darse la vida que uno quiere tener, dedicándose a lo que a uno le gusta, con suficiente tiempo libre para hacer lo que se disfruta y junto con la gente con la que se quiere estar. Y también conviene aprender, como decía Cesare Pavese, a no tomarnos tan en serio las cosas que no dependen de nosotros, «como el amor, la amistad y la gloria».
Un momento...