El sapiens en busca del sentido

ETHIC / El sapiens en busca del sentido
Desde hace ya demasiados siglos, los seres humanos han sospechado que la vida inmanente no basta. Que todo cuanto nos toca vivir debiera responder, de algún modo, a un último propósito desde el que reconstruir lo que hemos hecho y lo que nos ha pasado. Esa pregunta antigua, a la que la historia le prestó distintas fórmulas, no es otra cosa que la pregunta por el sentido.
Ilustración: Óscar Gutiérrez

El mundo siempre decepciona. Salvo, quizá, a los muy afortunados, la circunstancia en la que nos encontramos arrojados todos los seres humanos nos condena a un cierto extrañamiento. Y aunque en cualquier biografía existan momentos dichosos, hay una sospecha trágica en toda existencia. Nacimos sin que nadie nos lo preguntara y descubrimos la vida con la misma sorpresa con la que un bebé indefenso repara en sus propias manos. Tocamos, comemos y sentimos, en primer lugar, todas las cosas que nos quedan cerca. Pero, por fortuna, también somos capaces de levantar la barbilla y de mirar más allá.

En no pocas ocasiones, cuando la vista ya no alcanza, somos también capaces de imaginar algo distinto de esta realidad precaria a la que un día fuimos lanzados. A veces, incluso, podemos ser felices. Pero incluso en esos instantes, desde hace ya demasiados siglos, los seres humanos han sospechado que la vida inmanente no basta. Que la realidad no se agota en la precaria proximidad y que todo cuanto nos toca vivir debiera responder, de algún modo, a un último propósito desde el que reconstruir lo que hemos hecho y lo que nos ha pasado. Esa pregunta antigua, a la que la historia le prestó distintas fórmulas, no es otra cosa que la pregunta por el sentido.

Los mejores conceptos filosóficos son los que también aparecen en el lenguaje ordinario. Por el sentido no solo se preocuparon los clásicos o los dolientes filósofos del siglo XX. De ahí que cualquier persona sencilla haya experimentado la urgencia de tener que darle, o buscarle, un sentido a no pocas experiencias de su vida. Por fortuna, el lenguaje siempre nos delata y a veces dice más de lo que quisiéramos. En castellano decimos que las cosas «tienen sentido», pero en inglés ese mismo sentido es consecuencia de una producción: It makes sense. Ni siquiera habría que elegir. El sentido se descubre, se hace, se produce, se da y sobre todo se añora. Porque si insistimos en interrogarnos por el significado de nuestra existencia, es porque barruntamos que nuestra vida no se agota en el aquí y en el ahora. Que el mundo nos decepcione nos obliga a sospechar que quizá hubo un día en el que conocimos otra realidad más justa, más saludable, más bella o verdadera. Si podemos defraudarnos con el presente, es porque en otro tiempo conocimos otra realidad. Platón estaba convencido de ello y por eso identificó el conocimiento con el recuerdo. Borracho de estilo, y quién sabe si de melancolía, Albert Camus lo dijo de una forma mucho más eficaz: «El pensamiento de un hombre es, ante todo, su nostalgia».

Si insistimos en interrogarnos por el significado de nuestra existencia es porque barruntamos que nuestra vida no se agota en el aquí y el ahora

Pero ¿qué es ese sentido que añoramos, que buscamos y que incluso a veces inventamos? De nuevo, el lenguaje vulgar nos brinda una pista del todo reveladora. Un sentido es un rumbo, una flecha, la señal que indica una dirección y que nos recuerda que todo, también este presente, debe llevarnos a otro sitio. El sentido es una invocación de la esperanza y del destino. Es un rumbo que se traza desde el presente precario hacia un futuro en el que, ojalá, nos llegue algún tipo de revelación o de explicación para todo lo ocurrido. Es una misión íntima con la que trascender la circunstancia propia, en la confianza de que al final de nuestros días habrá algo que nos permita resolver que la vida valió la pena. Esta expresión es también una bendición, pues nos recuerda que la pena, la tristeza y el dolor tienen un valor y, sobre todo, un significado.

Sabemos con certeza que la vida tiene un final. La muerte de cada uno de nuestros seres queridos lo demuestra. Lo que no siempre constatamos con la misma seguridad es que la vida pueda tener algo parecido a una finalidad. Durante siglos, el linaje familiar, el determinismo laboral o incluso la identidad religiosa brindaron una misión para cada biografía. La conquista de la libertad acarreó consigo una dificultad añadida y convirtió cada vida en un auténtico desafío. La libertad es un don, pero es también una responsabilidad y a veces —Sartre, con perdón— casi una condena. T. S. Eliot recordaba que en todo principio está implícito el final, pero al independizarnos del origen —de la familia, del Dios perdido, de la tradición, de las costumbres— se nos abrió un espectro de posibilidades que nos impidió vivir con rumbo cierto. No es lo mismo, pese a todo, no ser capaces de encontrarle un sentido a la existencia que renunciar a la búsqueda.

Somos, entre otras muchas cosas, animales ávidos de razones, de causas y de explicaciones

Volviendo al lenguaje, es sintomático que tantas veces se confunda el sentido con el significado. Acaso merezca la pena recordar que el significado de algo es, en muchas ocasiones, su propio sentido. Las palabras no se agotan en el trazo de sus letras ni en el sonido de sus fonemas. El significado es siempre una forma de trascendencia, la superación del acontecimiento material e inmanente de un término. Por este motivo, cada vez que leemos la palabra justicia o la palabra verdad no nos conformamos con acoger un conjunto de letras, sino que nos vemos forzados a pensar en todas las cosas que son justas o verdaderas.

Pero la vida casi nunca es justa. Como no lo es el dolor de un inocente ni la desgracia inmerecida. De ahí que sea en el sufrimiento donde más apremie la necesidad de encontrarle un sentido a la existencia. Somos, entre otras muchas cosas, animales ávidos de razones, de causas y de explicaciones. Por eso no podemos conformarnos con vivir, con experimentar el daño o el tedio, y necesitamos buscar siempre alguna suerte de culpable o, cuando no, algún tipo de justificación. La injusticia sin razones es siempre una desgracia agravada, de ahí que volvamos a implorar esa dimensión trascendente que nos permita justificar que lo que ahora nos resulta incomprensible pueda tener, esta vez sí, algún tipo de sentido.

Es posible que no exista un único sentido de la vida y que a cada ser humano le haya sido dada una verdad que revelar o algo que proteger y custodiar

No es casual que la búsqueda del sentido se apure en los contextos más críticos de la humanidad. Rescatamos antes una cita de Camus del año 1942, y en esa misma década, cuatro años después, Viktor Frankl publicó el célebre ensayo que resume nuestro tema de portada. El hombre en busca de sentido es un testimonio íntimo en el que el psiquiatra austríaco describe su experiencia en los campos de exterminio nazi. Ateridos por el frío y la incertidumbre, expuestos a los castigos de sus verdugos y extenuados por el trabajo forzado y la conciencia de una muerte inminente, aquellos hombres se vieron obligados a encontrar un sentido para la vida. La extrema crueldad a la que fueron sometidos no consiguió arrancar —o al menos no siempre— un último reducto de libertad espiritual con el que enfrentar el peor dolor imaginable. También en Auschwitz, Mauthausen o Dachau los seres humanos sintieron la necesidad de rebasar su inaceptable circunstancia para darle algún significado.

Aquella vivencia radical y, en el fondo, un consenso discreto entre todos los genios filosóficos, literarios y espirituales que se han interrogado por el sentido nos enseñan que la vida solo puede explicarse por algo distinto de sí misma. A falta de resolver si el sentido de la existencia se descubre o se inventa, parece claro que nuestra misión siempre estará fuera de nosotros mismos. Explicar la vida desde la vida es un intento tan vano como el del barón de Munchausen, que intentó evitar su hundimiento en un pantano tirando de su propia coleta. El sentido de la vida radica en aquellas cosas por las que estaríamos dispuestos a perderla.

Ese sentido, con todo, no suelen encontrarlo los intelectuales tristes ni la melancolía filosófica. A veces hay destellos de lucidez en las inteligencias superlativas, pero las más de las veces son las personas más sencillas y humildes quienes han desarrollado la bondad y la claridad suficientes para trascender el mundo. Frente a las doctrinas que insisten en el autocuidado y la conquista de triunfos materiales, las vidas logradas suelen conquistar el sentido desde lugares más ciertos y trascendentes.

Es posible que no exista un único sentido de la vida y que a cada ser humano le haya sido dada una verdad que revelar o algo que proteger y custodiar. Hay quien vive toda una vida para escribir un verso, para crear una familia o para cuidar a una persona. En todos estos casos el amor funciona como una premisa indiscutible. Los clásicos hablaron del amor fati, el amor al destino. Pero es, quizá, el amor a los otros lo único que pueda salvarnos de una realidad insuficiente. La vida con sentido es una vida con misión. No en balde, etimológicamente, missio proviene de mittere: estar lanzado, enviado, arrojado. El existencialismo y su pesimismo burgués nos imaginó arrojados al mundo. Pero quizá la pregunta no sea tanto por qué fuimos lanzados, sino hacia quién. Porque si la misión implica un envío, todo envío supone un destino. Y ese destino, las más de las veces, no es más que tener a alguien a quien amar por encima de nosotros mismos.