Un momento...
El 21 de enero de 2026, cuando Donald Trump tomaba la palabra en Davos ante la élite de Occidente —un mes antes del ataque a Irán—, el mundo parecía abocado a una nueva crisis originada por el control de Groenlandia. Aquella tarde, el estadounidense cargó contra los socios comunitarios con virulencia. Criticó a los países europeos por reducir las emisiones contaminantes mientras él desmantela las centrales de energías renovables. «El orden mundial basado en reglas ya no existe», sentenció el canciller alemán, Friederich Merz, durante la inauguración de la Conferencia de Seguridad de Múnich en febrero. En marzo, llegó una nueva guerra.
En este contexto de creciente hostilidad, ¿qué oportunidad tiene el modelo europeo? La ecuación sobre la que trabajan gobiernos e instituciones ahora mismo pretende que la economía europea gane en competitividad abaratando, primero, los precios de la energía. En ese esquema, el apoyo a la transición verde es crucial para proporcionar energía asequible para empresas y familias, y ganar en autonomía estratégica reduciendo la dependencia de otros productores. Esto contribuirá, insisten en Bruselas, a más independencia, mejor bienestar y salud de los ciudadanos y, además, con más financiación de escala, mayor liderazgo en tecnologías verdes. La innovación que tan importante es para ganar presencia en los mercados globales.
Este es el plan para un horizonte internacional incierto, diseñado antes de que los ataques a Irán añadieran más incertidumbre todavía. La profesora de la IE University y consejera del Banco de España Judith Arnal afirma que «sin sostenibilidad no hay competitividad a medio plazo». Pero añade que «todo depende del diseño; si la transición se apoya en inversión, energía barata, infraestructuras y escala, refuerza la competitividad; si se traduce sobre todo en costes y cargas administrativas, la debilita. El falso debate es plantearlo como crecer o descarbonizar: la cuestión es cómo hacerlo sin desindustrializar».
El 12 de febrero de 2026, el expresidente del Banco Central Europeo Mario Draghi urgió a los líderes europeos a tomar decisiones cuanto antes porque «el contexto internacional se está deteriorando» y porque el informe que presentó en 2024 para impulsar la competitividad de la economía europea no se está aplicando con la suficiente convicción. Esa hoja de ruta propone apoyar el crecimiento sobre cuatro grandes retos: la transformación tecnológica, completar la descarbonización, garantizar la seguridad económica y proyectar el modelo social europeo.
El enfoque es consensuado, pero faltan acciones. Hay que desplegarlo en todo su potencial porque «Europa ya está sobrediagnosticada», como subraya el jurista y profesor de la cátedra Jean Monnet en Esade José María de Areilza. Y como señala el economista y exsecretario de Estado Ignacio Álvarez Peralta, «a diferencia del contexto de pandemia, donde la Unión Europea actuó con decisión y rapidez, hoy vemos una Unión confundida y paralizada, incapaz de adoptar las medidas necesarias para desarrollar una nueva posición geopolítica que priorice sus intereses. Europa debe reaccionar».
Este es el núcleo de la discusión: si queremos que el binomio crecimiento-descarbonización sea viable, ¿estamos abocados a construir una Europa a dos velocidades? Para el impulso de la competitividad, la transición verde y la integración económica, ¿puede ser exitoso reproducir el modelo de coaliciones de voluntarios que se está aplicando en Ucrania?
El matemático y analista económico Juan Ignacio Crespo sostiene que «la UE es cada vez menos competitiva y tampoco tiene una elevada productividad» y recalca que «en este momento no se ve que ninguno de los grandes países europeos tenga el coraje suficiente para acometer las reformas necesarias. Lo que realmente se aprecia es que Europa transita a una sola velocidad». Asimismo, añade que una verdadera ambición para impulsar la economía europea exigiría «romper la unanimidad que lleva a la inoperancia» y tomar «decisiones impopulares que no gustan a ningún gobierno y tampoco a la Comisión Europea».
Para lanzar el modelo europeo, el Banco Europeo de Inversiones –brazo financiero de la UE y una de las instituciones tractoras del lema De los planes a la acción— considera prioritario apoyar la integración de los mercados pendientes, desde el energético al de capitales, reforzar las alianzas globales y el multilateralismo, avanzar en una mayor simplificación normativa y, además, escalar la financiación para reducir la brecha de la inversión en innovación con Estados Unidos.
Para Álvarez, esta última dimensión es la más relevante. «Dotarse de una capacidad fiscal central, financiada mediante la emisión de eurobonos, porque la unión monetaria sigue estando estructuralmente incompleta: compartimos política monetaria, pero no contamos con un instrumento fiscal común». Por su parte, Crespo argumenta que populares, socialdemócratas y liberales deberían forzar un cambio de Comisión Europea para garantizar una agenda de reformas más ambiciosa.
Mientras tanto, Arnal invita a cambiar el foco: «Se sigue hablando de Europa como si fuera un actor único del que todo depende, cuando muchas de las reformas clave son nacionales y no van a venir dadas desde Bruselas. A menudo se pone el foco en la regulación europea, cuando los principales cuellos de botella están en la falta de inversión, la fragmentación y las diferencias estructurales entre Estados miembros. Esa tendencia a externalizar responsabilidades acaba diluyendo la ambición reformista y retrasando los ajustes que son necesarios a nivel doméstico».
Los 27 siguen analizando propuestas para fomentar la autonomía y la competitividad en un momento en el que la situación global se está deteriorando cada vez más a medida que aumenta la tensión en el Golfo Pérsico. La Comisión defiende la preferencia de compra de productos europeos en sectores estratégicos. El Banco Europeo de Inversiones pide más impulso a la fabricación de paneles solares y sus componentes en la UE, dado que China controla actualmente el 90% del mercado mundial.
Se trata de iniciativas recientes y concretas a la espera de una partitura común y sostenible para los próximos años. Porque, como advierte Álvarez, quizá el error está en aceptar el marco que pone sobre la mesa Trump: «Europa no debe elegir entre bienestar y competitividad; hay que modernizar el modelo productivo, reforzar el liderazgo tecnológico y, al mismo tiempo, fortalecer el Estado social asegurando el desarrollo de una transición ecológica justa». No hay duda de que, hoy por hoy, la Unión se encuentra ante su decisión más relevante en décadas.
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