Un momento...
Una fábrica que sustituye sus equipos por otros eléctricos, una ciudad que adapta sus calles a las olas de calor o una empresa que instala energía renovable comparten una necesidad: recursos para pasar de la idea a la práctica. La acción climática se concreta en decisiones como estas, con presupuestos, plazos y riesgos. Del 9 al 20 de noviembre, la COP31 reunirá en Antalya (Turquía) a los países participantes en las negociaciones climáticas de Naciones Unidas. Su gran desafío será acercar los acuerdos alcanzados en las cumbres anteriores a su aplicación sobre el terreno.
Durante años, las conferencias del clima han servido para fijar objetivos y construir reglas comunes. Ese trabajo sigue siendo necesario. Pero los compromisos de reducción de emisiones, adaptación y protección de la naturaleza necesitan traducirse en inversiones. La pregunta ya no es solo qué debe hacerse, sino cuánto cuesta, quién aporta los recursos y cómo se consigue que lleguen a tiempo a quienes pueden poner en marcha los proyectos.
En este marco, BBVA ha anunciado que participará en la cumbre como banco global (Global Banking Partner). Según ha explicado la entidad, trabajará junto a la presidencia de la COP31 y Naciones Unidas para impulsar la financiación de la transición energética y acelerar la puesta en marcha de soluciones hacia una economía baja en carbono. Su papel sitúa al sector financiero en una conversación que requiere la colaboración de gobiernos, empresas e instituciones.

Las cifras ayudan a entender la dimensión del reto. En la COP29, celebrada en Bakú, los países acordaron un nuevo objetivo de financiación climática para las naciones en desarrollo: alcanzar 300.000 millones de dólares anuales en 2035, con los países desarrollados al frente de su provisión y movilización. También llamaron a todos los actores a trabajar para elevar los flujos de financiación pública y privada hasta 1,3 billones de dólares al año para esa fecha. Son dos referencias distintas: la segunda expresa una aspiración de mayor alcance que exige reunir capital de múltiples fuentes.

Financiar la transición energética implica atender necesidades muy diferentes. Un parque renovable requiere inversión inicial y conexión a la red. Una industria que busca reducir sus emisiones debe valorar nuevas tecnologías, su coste y el tiempo necesario para amortizarlas. Los hogares pueden necesitar crédito para mejorar el aislamiento de sus viviendas; las administraciones, recursos para reforzar infraestructuras frente a inundaciones o sequías. No existe una única solución financiera válida para todos esos casos.
También importa dónde se encuentran los proyectos. La disponibilidad de capital y sus condiciones varían entre países. Un proyecto técnicamente viable puede quedarse en el papel si la financiación resulta demasiado cara o si faltan reglas estables que permitan evaluar sus riesgos. Por eso, además de movilizar más dinero, la conversación climática debe abordar cómo orientar las inversiones hacia necesidades concretas y hacerlas accesibles en los lugares donde resulta más difícil obtenerlas.
La COP31 llega con esa preocupación en primer plano. Su orientación hacia la implementación abre espacio para hablar de electrificación, infraestructuras, adaptación y transformación de los sistemas productivos. Son ámbitos en los que gobiernos y empresas toman decisiones distintas, pero conectadas: las políticas públicas pueden crear condiciones para invertir; las compañías pueden desarrollar y ejecutar proyectos; y el sistema financiero puede aportar recursos, asesoramiento y herramientas para evaluar riesgos. El resultado dependerá de que esas piezas encajen.
«Las COP han definido durante años el marco climático global. Ahora comienza una nueva etapa: la implementación», afirma Onur Genç, consejero delegado de BBVA. Para un banco, esa etapa implica ir más allá de financiar una instalación renovable: también puede acompañar a una empresa que necesita ordenar sus inversiones, identificar qué tecnología responde a su actividad o valorar los riesgos de una transformación que durará años. Ese trabajo adquiere especial relevancia en los sectores cuya descarbonización exige cambios profundos en equipos, procesos y cadenas de suministro. Para que una estrategia climática avance, las decisiones deben ser viables para quienes han de llevarlas a cabo.

BBVA aporta una medida de la actividad que ya desarrolla en este campo: la entidad comunicó que canalizó 134.000 millones de euros en negocio sostenible durante 2025 y que aspira a alcanzar 700.000 millones entre 2025 y 2029. Son cifras de negocio canalizado y objetivos corporativos; por sí solas no indican cuánto se han reducido las emisiones. Medir el impacto de las inversiones será, precisamente, una parte fundamental del paso de los compromisos a los resultados.
Antalya no resolverá en dos semanas todas las dificultades de la transición. Pero sí puede servir para examinar si los recursos prometidos se están movilizando, qué obstáculos impiden que lleguen a los proyectos y cómo cooperar para superarlos. La COP31 se sentará a hacer números porque, una vez fijada la dirección, avanzar exige financiar los proyectos, comprobar sus resultados y ajustar el rumbo cuando sea necesario.
Un momento...