René Char
Lo esencial amenazado por lo insignificante
El poeta francés René Char indagó en la importancia de la palabra y la poesía para acceder al envés de la realidad.
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En 1952, el poeta francés René Char (1907-1988) publicó un libro que sería capital dentro de su extensa producción. En A una serenidad crispada, compuesto por aforismos y digresiones poéticas, el autor establece su corpus de pensamiento vital defendiendo la necesidad de que el individuo logre mantenerse lúcido respondiendo con dignidad y, sobre todo, con la belleza de la palabra, a las agresiones y la opresión sufrida en aquellos tiempos de posguerra.
Char militó toda su vida en las filas de la ética más profunda, sin considerarlas distintas de las de la poesía. Porque solo la poesía nos salva de la opresión de la fealdad externa. La poesía que nos anida permitirá que alcancemos una serenidad crispada en «ese instante en que la Belleza, tras haberse hecho esperar por mucho tiempo, surge de las cosas comunes, atraviesa nuestro campo rebosante, une todo lo que puede ser unido, alumbra todo lo que puede ser alumbrado por nuestro haz de tinieblas».
Para Char, solo la poesía nos salva de la opresión de la fealdad externa
Aparte su militancia poética, René Char fue activo miembro de la Resistencia francesa durante la Segunda Guerra mundial, período en que abandonó la poesía en aras de la defensa de sus valores morales. Anteriormente, también había militado en el movimiento surrealista, apoyando con su firma el Segundo de los manifiestos del grupo. Si bien compartía con ellos la importancia que concedían a las palabras como vehículo de acceso a la verdad poética y, por tanto, vital, sus procedimientos de escritura basados en lo irracional contrastaban con la concepción poética de Char. Él consideraba imprescindible analizar el uso de las palabras para que nos permitan acceder al envés de la realidad. Estaba más en sintonía con Rimbaud (1854-1891) o Lautréamont (1846-1870), ambos semilla de un movimiento del que, poco a poco, Char se fue desligando.
En Moulin premiere (1935), ya incluyó un manifiesto estético que bien podría haber formado parte de las Cartas del vidente escritas por Rimbaud o de alguno de los Cantos de Maldoror con que Lautréamont sacudió los cimientos poéticos ya bien mediado el siglo anterior. En dicho manifiesto, Char reivindicaba el uso del poema que indigna u ofende, una forma de plantar cara a los postulados de la moral burguesa con una radicalidad exenta de mensajes ofensivos directos pero plena de una densidad y hermetismo que busca llegar al fondo de las cuestiones vitales ganándose el rencor de quienes no alcanzan a comprenderlo.
En su alejamiento del surrealismo, Char comenzó a reivindicar, con mayor fiereza en cada una de sus publicaciones, el necesario equilibrio entre el mundo físico y el mental para ejercitar una imaginación que libere la verdadera realidad que nos anida gracias a la plenitud que proporciona la palabra.
Su poesía ha llegado a calificarse como «poesía de la poesía», y él mismo dejó escrito que «fuera de la poesía el mundo no vale nada». Tal vez esta convicción creadora, junto a sus convicciones sociales, sean la base de uno de los aforismos más celebrados de A una serenidad crispada: «Lo esencial está amenazado sin cesar por lo insignificante». La belleza frente a las agresiones externas, como decíamos, pero de qué manera huir de estas cuando no cesan en su continua y amenazante actividad.
El poeta escribió que «lo esencial está amenazado sin cesar por lo insignificante»
Más allá de lo poético, si pensamos hoy en agresiones externas ante las que deberíamos adoptar esa actitud de serenidad crispada que defendía el poeta francés, descubriremos que la lista es larga. Pero gran parte de las que podamos intuir forman parte de un mismo ente que denominamos consumismo. Vivimos insertos en una maquinaria que nos impele a un consumo en que nosotros mismos acabamos siendo consumidos. Trabajamos para producir objetos y experiencias que consumimos empleando en ello el rédito económico obtenido por nuestro trabajo. De esta manera resulta difícil llegar a lo esencial, y tal vez por ello la poesía haya quedado actualmente relegada a los márgenes.
El tratamiento de la prensa en línea es claro ejemplo de ello. Sometidos a un continuo scroll, dejamos pasar de largo noticias o artículos verdaderamente esenciales, de los que, como mucho, llegamos a retener los titulares. Noticias urgentes que lo son únicamente durante el tiempo en que se hacen virales. La importancia de las mismas, al poco tiempo, desaparece, y no hemos llegado a rozar siquiera la superficie.
A lo esencial no puede llegarse sin las necesarias calma y reflexión que favorecen el conocimiento. Una calma y reflexión que invitan al silencio. Pero nos entregamos al ruido digital a una velocidad que anula cualquier tipo de posible elaboración de pensamientos coherentes y profundos. Y sí, no podemos negar que la mayor parte de este ruido digital que ensordece nuestra mente es pura insignificancia.
Tal vez por ello, René Char se empeñó en lograr, con su poesía muchas veces tildada de hermética, que el propio lector sea partícipe de la experiencia poética y alcance, por esta vía, la comprensión de lo esencial.
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