ENTREVISTAS

«El islam no es una religión de paz, sino de conquista»

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Antonio Olmos
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05
Jul
2021
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Antonio Olmos

Las amenazas de muerte no han conseguido silenciar a la activista y escritora Ayaan Hirsi Ali (Mogadiscio, 1969), que clama por una profunda reforma del islam, religión en la que fue educada. Hija de uno de los principales opositores al exdictador somalí Siad Barre, Hirsi Ali lucha hoy contra la mutilación genital femenina –práctica que ella misma sufrió– a través de su fundación, The AHA Foundation. Antes de emigrar a Estados Unidos, donde compagina su trabajo como escritora y activista con su labor como investigadora en la Universidad de Stanford, hizo escala en Arabia Saudí, Etiopía y Kenia. Pero tuvo que buscar asilo en Países Bajos –donde fue diputada por el Partido Popular por la Libertad y la Democracia (VVD)– cuando su padre intentó casarla con un primo al que no conocía. Su condición de atea tuvo bastante que ver con su entrada en la lista de objetivos de Al Qaeda, hace ya una década. Tras su polémico ensayo ‘Reformemos el islam’ (Galaxia Gutenberg), ha publicado ‘Presa: la inmigración, el islam y la erosión de los derechos de la mujer’ (Debate), una dura crítica a la gestión migratoria europea donde, asegura, el fracaso es culpa de ambas partes: los que acogen y los que son acogidos.


En ‘Reformemos el islam’ asegura que esta no es una religión de paz. ¿A qué se debe tal afirmación?

Primero hay que distinguir entre el islam como conjunto de creencias y los musulmanes como suscriptores de esta fe. La diversidad de las personas musulmanas es inmensa. Sin embargo, si se quiere entender lo que significa el islam como concepto, es necesario echar la vista atrás hasta su fundación, hasta el profeta Mahoma y el libro sagrado del islam, el Corán. Eso son más de 1.400 años de historia con una conclusión clara: el islam no es una religión de paz. El Corán nunca se ha adaptado a los nuevos tiempos y no se ha cuestionado en ningún momento la posición del profeta como guía moral absoluto. Pero tengamos en cuenta una cosa: cuando Mahoma funda su religión en La Meca, en el siglo VII, se pasa una década predicando de manera pacífica el islam y pidiendo a los árabes del lugar que abandonasen a sus distintos dioses y se uniesen a él. De esa manera solo consiguió que 150 personas le siguieran. Se fue a otra ciudad de lo que hoy llamamos Arabia Saudí, a Medina, y creó una milicia. Con su ayuda, empezó a obligar a la gente a abandonar sus creencias y a unirse a su religión. El resto es historia. Desde entonces, la idea de propagar el islam a través del uso de la fuerza ha estado con nosotros, y ese rol no ha cambiado. De hecho, hay consenso entre la mayoría de los estudiosos del islam –aquellos que son musulmanes y lo estudian desde dentro, no los que lo hacen desde fuera– sobre que el legado de Medina se impone al de La Meca. Es decir, lo anula. Teniendo en cuenta esa realidad, el islam no es una religión de paz, sino de conquista. Además, no solo tiene un sistema de creencias relacionado con Dios y la vida después de la muerte, sino que también es una doctrina política. Es una guía que versa sobre cómo llegar al poder y aferrarse a él, en gran medida por la vía militar.

Si no es una religión de paz, ¿cómo se definirían sus seguidores?

Hay una gran diversidad cuando se habla de los musulmanes, es decir, las personas que profesan el islam. Precisamente por eso, en Reformemos el islam los dividía en tres grupos bien diferenciados. El primero es el de aquellos que se adhieren e invocan al profeta durante su periodo en La Meca, y aquí encontramos a la mayoría de los musulmanes: son pacíficos, no quieren guerras ni expandir el islam; solo quieren profesar su fe. Estas personas condenan la violencia cometida en nombre del islam y citan al profeta para hablar de paz, pero solo hacen referencia a su periodo en La Meca. La segunda categoría la forman los musulmanes de Medina, quienes forman parte de lo que hoy llamaríamos Al Qaeda, los talibanes, ISIS, etc. Creen fervientemente en la dimensión política del islam y piensan que la única manera de ser buenos musulmanes es a través de la yihad contra otros musulmanes y contra los infieles. Estas personas argumentan que lo que Mahoma y el Corán les piden que hagan está reflejado exclusivamente en las escrituras sobre violencia política de la etapa en Medina del profeta. Estos son los que chocan con los valores políticos europeos. Por último, hay un pequeño tercer grupo que acepta el lado pacífico del islam, pero también reconoce su par- te violenta y sostiene que debería modificarse para que la religión sea más moderna y tolerante. A esta categoría la bauticé como los modificadores o los reformistas.

«La mayoría de los musulmanes son pacíficos, pero hay una minoría violenta que choca con los valores europeos»

En Presa señala a los hombres migrantes musulmanes como los causantes de la erosión de los derechos de las mujeres en Europa. ¿Cómo podría una minoría radicalizada transformar una sociedad de esa manera?

Es un hecho que el número de musulmanes en Europa es una minoría, pero dentro de ella hay quienes son partícipes de la violencia política, bien sea a nivel ideológico o directamente cometiendo actos violentos. Dentro de esa misma minoría hay musulmanes que tienen actitudes irrespetuosas hacia las mujeres –ya compartan fe o no– y, desafortunadamente, da igual que hablemos de musulmanes de La Meca, de Medina o, incluso, reformistas: todos ellos tienen una visión de la mujer completamente diferente a la de los hombres europeos u occidentales. Es muy importante entender todas estas distinciones: los musulmanes son una minoría en Europa y, dentro de ella, hay otra formada por aquellos que siguen las enseñanzas de la época en Medina y que apoyan la violencia política y, luego, cuando nos referimos a los derechos de las mujeres, realmente estamos hablando de un grupo más amplio de la comunidad musulmana que tiene comportamientos negativos hacia ellas. Eso sí, dicho esto, no todos los hombres musulmanes son irrespetuosos con las mujeres ni amenazan sus derechos y su dignidad. Para escribir el libro he hablado con hombres musulmanes muy buenos de diferentes partes de Europa que tienen el máximo respeto por las mujeres, sean o no musulmanas. Pero da la casualidad de que estos hombres son una minoría.

Habla también de «misoginia impuesta mediante la religión». ¿Es el islam, en esencia, más misógino que otras religiones?

Si hiciéramos un estudio comparativo de todas las religiones y las actitudes religiosas hacia las mujeres en 2021, diría que el islam es la más misógina. El cristianismo o el judaísmo han evolucionado. Incluso el budismo o el hinduismo se han abierto a los derechos humanos en general y a los de las mujeres en particular: aunque no sea al mismo nivel que la civilización judeocristiana, sí que se han incluido mejor que en el islam. Pero es que el problema no está solo en las actitudes religiosas de la gente ni en la comunidad religiosa en sí: gran parte de la misoginia del islam está consagrada dentro de la ley. Tenemos países como Arabia Saudí, Irán, Indonesia, Pakistán o incluso Nigeria, que no es cien por cien musulmán, en los que la misoginia y la subyugación de las mujeres forman parte de sus leyes. Eso es lo que hace que el islam sea único en el mundo de hoy. Eso sí, si hablásemos de hace un siglo, las cosas cambiarían, ya que el resto de religiones eran muy diferentes. Sin embargo, en el siglo XXI el islam es, sin duda, el número uno cuando se trata de la opresión de la mujer.

«Da igual de qué tipo de musulmán hablemos: todos tienen una visión de la mujer completamente diferente a la occidental»

En plena era del #MeToo, denuncia que las autoridades europeas «ignoran conscientemente los delitos sexuales cometidos por inmigrantes» para no avivar el fuego de la extrema derecha. ¿Cómo podemos encontrar el equilibrio para que ningún crimen contra las mujeres quede impune?

Hablar de equilibrio y desequilibrio es darle voz a las preocupaciones que tienen muchos europeos. Si no reconocemos que hay un problema muy específico con algunas comunidades migrantes –especialmente la musulmana– en relación con sus actitudes para con las mujeres, los homosexuales o los judíos, la extrema derecha va a utilizarlo a su favor. Durante mucho tiempo, los líderes europeos se mantenían en silencio ante estos problemas o los intentaban ignorar, pero ¿a quién beneficia eso? Precisamente a la extrema derecha y a otros grupos que se encuentran al margen; grupos populistas que están entrando en el cuadrilátero político y hacen promesas que no pueden cumplir. Para ser sincera, la única manera de encontrar ese equilibrio es que los líderes políticos, los académicos y los periodistas más mainstream aborden esta problemática y la saquen de la zona tabú, siendo muy honestos sobre la situación y explicitando los valores europeos de la tolerancia, libertad e igualdad. El establishment tiene que exigir que los inmigrantes los acepten y, si no lo hacen, que sufran las consecuencias. No es solo cuestión de condenar las actitudes o la violencia: tenemos que materializar políticas y acciones muy concretas para actuar frente a las manifestaciones de intolerancia religiosa, y aplicarlas a cualquier religión que sea intolerante o choque con los valores europeos.

Como inmigrante que es y solicitante de asilo que fue, reconoce que el problema no está en la inmigración, sino en «las actitudes que algunos traen consigo y los comportamientos que estas propician en una minoría de los migrantes». ¿La raíz del problema está, por tanto, en la integración?

Sin duda hay un problema de integración y asimilación, y ese es el subtexto que yace en el fondo de mi libro. En la mayoría de países europeos que han acogido a minorías musulmanas, ese proceso ha fallado. Ahora bien, la responsabilidad no solo recae sobre la sociedad anfitriona, sino sobre los propios inmigrantes. Para darle la vuelta a esta situación no hay ninguna solución a corto plazo: necesitamos empezar un proceso de transformación inmediato y debemos ser conscientes de que llevará mucho tiempo y trabajo. La mejor manera de hacerlo es a través de la responsabilidad compartida. El país que está recibiendo a estas personas debe hacer que sus valores, leyes y normas queden muy claros, ofreciendo programas educativos para los migrantes si no tienen claro cómo funciona esa sociedad de acogida. Sin embargo, si los inmigrantes los rechazan y no se quieren adaptar –y esa es una responsabilidad individual de cada uno–, se les debe ofrecer una alternativa para que vuelvan a su país de origen. Ojo, esto solo afecta a la parte del proceso de integración; aún no hemos hablado de la inmigración en sí.

¿Cuál cree que es el problema de las políticas migratorias europeas?

Esta noción de fronteras abiertas no es sostenible. Además, se reduce el concepto de inmigración solo al asilo, que de facto es la única manera de entrar en Europa y establecerse en el continente si vienes de África, de Oriente Medio o del Sudeste Asiático. Tiene que revisarse el sistema de asilo y las leyes migratorias para que le den la oportunidad a la gente de buscar acceso a Europa por motivos económicos. Creo que es mucho más sencillo acelerar el proceso de integración si los inmigrantes y la sociedad de acogida son honestos sobre los motivos que hacen que llamen a sus puertas: en la mayoría de los casos es en busca de oportunidades económicas.

¿Hay algún país que sirva como referencia en materia de integración?

Dinamarca es un buen ejemplo, aunque esté muy lejos de la perfección. Sin embargo, lo han hecho mucho mejor que otros países simplemente porque ha aceptado que la integración no es solo económica, sino también de valores. Han empezado un proceso de recompensas y castigos con el que están intentando conseguir un escenario de win-win en el que los inmigrantes accedan a todos los servicios del estado de bienestar, pero que a cambio tengan que adaptarse a la sociedad que les acoge. Si no lo consiguen, tienen que enfrentarse a las consecuencias. Austria también lo está haciendo muy bien en ese sentido, pero solo después de que se produjesen una gran cantidad de casos de abuso sexual en un periodo muy corto de tiempo, algo que provocó una crisis de cohesión social que les forzó a actuar. El tercer país del que hay que estar pendiente es Francia, aunque esté actuando solo después de haber vivido un ataque terrorista tras otro o de tener zonas a las que no se puede ir si eres mujer. La denominada «agenda contra los separatistas islamistas» les ha forzado a ello, porque se ha permitido que se establezca toda una infraestructura islamista en mezquitas, escuelas, centros islámicos… Se les ha brindado la oportunidad de aislarse dentro de Francia, de adoctrinar con ideas radicales y rechazar las normas, valores y leyes francesas. Lo más interesante será ver qué hace Macron con este proyecto de ley que está ahora mismo en el Senado. También se puede ver algo de esperanza en Alemania o Reino Unido. Pero seamos sinceros: la gente seguirá viniendo porque la pandemia no ha hecho más que agudizar los motivos por los que las personas abandonan África, Oriente Medio o el Sudeste Asiático. Hay muchas posibilidades de que venga cada vez más gente y no creo que los líderes europeos estén preparados para enfrentarse a un desafío de estas características.

En el último capítulo de su libro, que hace referencia a la novela El cuento de la criada de Margaret Atwood, advierte cómo se ignora que Afganistán, Arabia Saudí, Irán y Somalia, en las décadas de los setenta y los ochenta, retrocedieron terriblemente en garantías y libertades cuando los islamistas llegaron al poder y eliminaron derechos básicos de la mujer. ¿Cree que puede volver a ocurrir?

Creo que Margaret Atwood realmente estaba haciendo referencia a la situación de Irán, y utiliza ese movimiento ultracristiano que dinamita Estados Unidos como metáfora. Eso es lo que yo intentaba transmitir con esas páginas de conclusiones tituladas El camino de Gilead. Esta gente aterrorizada porque un grupo radical cristiano venga a quitarle los derechos a las mujeres debería pensar más bien en que la amenaza está, en realidad, en los grupos de musulmanes radicales. Porque ya ocurrió en Irán u otros países: de la noche a la mañana, el Gobierno fue ocupado por islamistas que empezaron a implementar su programa –que en lo referente a las mujeres es horrible– y a cambiar la sociedad por completo.

En su libro menciona a Seyran Ates, autora de El islam necesita una revolución y fundadora de una mezquita progresista en Berlín. ¿Cree que la revolución (progresista) del islam que ella reclama está más cerca?

Nunca perderé la esperanza de ver una revolución dentro del islam liderada por mujeres musulmanas progresistas. Y lo que Seyran Ates ha hecho es una gran idea que, en realidad, supone un desafío mayor para Europa que para el islam en sí. En su mezquita, cualquier ser humano es bienvenido: seas hombre o mujer, lleves hiyab o no, seas heterosexual u homosexual… Todo el mundo puede ir a rezar junto a otro musulmán o musulmana en la misma sala. Pero en el momento en que algún islamista amenaza al proyecto y a su líder –algo que ya ha ocurrido–, son las autoridades alemanas las que tienen que demostrar que pueden defender los derechos de Ates y su congregación frente a esos radicales que no quieren entender la religión de ese modo. Ahora mismo, por fortuna, el Gobierno alemán la está protegiendo. Es una gran noticia para muchas personas que existan lugares como la mezquita de Ates, que obligan a sus propios Gobiernos liberales a reconocer estos valores y protegerlos frente a una realidad que no siempre se quiere ver.

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