Los beneficios psicológicos del Camino de Santiago
Un estudio encontró que los peregrinos del Camino de Santiago mostraron una disminución del estrés, la ansiedad y los síntomas depresivos.
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Caminar hacia Santiago es un viaje interior. Cada año, miles de personas deciden emprenderlo buscando calma, claridad, diversión… Cada peregrino parte con una razón personal. Esa motivación inicial actúa como un chute de energía que le sostiene en los momentos difíciles. Algunos lo hacen para superar una pérdida, otros para celebrar un cambio, otros para hacer deporte y los hay quienes quieren comprobar hasta dónde pueden llegar. La mayoría descubren que, más allá del esfuerzo físico, el verdadero recorrido sucede en su interior.
Muchos peregrinos eligen el Camino del Norte para poner a prueba su capacidad física y emprender esa aventura peregrina. El Camino de la Costa, con un recorrido de 815 kilómetros que atraviesa el noroeste peninsular, ofrece todos los ingredientes para ser una experiencia única. Mucho menos transitado y conocido que el Francés, adentrarse en sus parajes es como internarse en una aventura salvaje.
¿Qué tiene de especial el Camino del Norte frente al Francés? Probablemente que uno prefiera decantarse por la lentitud y la soledad frente al ajetreo. Además de desear permanecer en un estado de ensimismamiento. Y es que la naturaleza del norte hace que te enamores al instante de ella. Sus entornos naturales reducen los niveles de cortisol y favorecen la activación del sistema nervioso parasimpático, asociado con la calma. Superar una subida empinada en una jornada de lluvia refuerza la autoeficacia o la creencia en la propia capacidad para afrontar los desafíos, además de generar endorfinas. La naturaleza enseña algo esencial: no se puede controlar todo. El tiempo cambia sin aviso. Esa convivencia con la incertidumbre fortalece la flexibilidad mental y la resiliencia emocional. Se aprende caminando a fluir con lo que viene.
Ser un peregrino con mochila a cuestas simboliza una renuncia al consumismo y una vuelta a lo esencial. Se tiene que elegir lo mínimo para que no pese el equipaje. Esta austeridad voluntaria conecta con la idea de autenticidad: vivir conforme a lo que uno realmente necesita. La mayor preocupación o expectativa del día es llegar al destino, mientras se detienen otras preocupaciones. La atención centrada en el presente reduce la ansiedad anticipatoria. Solo se tiene que seguir las flechas. Caminar es una forma de meditación activa. Cada paso genera una sensación de flujo mientras el tiempo se diluye. Este estado de flow —descrito por Csikszentmihalyi— favorece la concentración plena y una satisfacción profunda por el simple hecho de estar presente.
La convivencia con la incertidumbre fortalece la flexibilidad mental y la resiliencia emocional: se aprende caminando a fluir con lo que viene
El peregrino nunca está solo. En los albergues, los senderos o las comidas compartidas se crean vínculos espontáneos. Si uno va con amigos, los lazos previos se fortalecen. Tantas horas de subida y de bajada dan para mucho. En el compañerismo del Camino, uno se cuenta la vida y se normalizan los miedos que se comparten sin pudor. El compromiso con un otro a finalizar la etapa ayuda a tolerar mejor el dolor y el sufrimiento porque están al servicio de algo: «Ser un buen compañero». Aunque también tenga algo de egoísmo, porque «si el otro cae, tú también». Caminar junto a otros es recordar que el ser humano está hecho para cooperar, en un chute de oxitocina y empatía. Este apoyo social es un factor protector clave frente al malestar psicológico.
Reconectar con otras partes de España que uno no conoce aumenta la curiosidad por aprender de la historia de esa región. Además, hablar con extranjeros acentúa el sentimiento de orgullo por unas tierras que despiertan el interés de peregrinos que viven en lugares remotos. Como en la mejor película, también los extras acompañan en la función. La cercanía de la gente del norte es real. Una autenticidad sin maquillajes, mientras desean un «buen camino». La sencillez es su mejor virtud.
Al final del día, comer con calma y disfrutar del cansancio se convierte en una manera de reconectar con la gratitud. La gastronomía del norte, potente y deliciosa, hace que las ampollas pasen a un segundo plano. El peregrino se siente privilegiado, testigo de un entorno que no necesita filtros ni la hiperconexión digital para mostrar su belleza. La conexión con el paisaje se vuelve íntima, casi confidencial. En ausencia del ruido constante de notificaciones, el cerebro recupera su ritmo natural: al apagar el teléfono, se enciende la capacidad de asombro y la mente disfruta de un descanso reparador.
Las iglesias o ermitas recuerdan que el camino tiene algo de espiritual o religioso, según las creencias personales. Los monumentos invitan a parar y a reflexionar sobre lo que significa ese trayecto. Las pausas permiten resignificar experiencias pasadas, reconciliarse con uno mismo, no juzgarse y pensar en los propios valores o prioridades. En muchas ocasiones, esa claridad que aparece en mitad de un sendero o en el silencio de un monumento se parece a aquello que definen los sabios como estar en paz. El Camino facilita procesos de insight donde emerge una comprensión nueva de la propia historia.
Distintos estudios científicos corroboran, cada vez más, estos beneficios psicológicos de hacer el Camino de Santiago. El estudio The effects of the pilgrimage to Santiago de Compostela on mental health and wellbeing indicó que los peregrinos mostraron una disminución del estrés, la ansiedad y los síntomas depresivos, junto con un aumento de la atención plena y de la satisfacción vital. Los autores concluyen que esta experiencia puede actuar como una intervención natural que favorece el bienestar mental y la transformación personal.
Al regresar del Camino, y al menos por un tiempo, existe una calma nueva que recuerda que el bienestar se encuentra en caminar con sentido. Y cada vez que la vida se complique, bastará con recordar que, como en el Camino, hay que centrarse en seguir la flecha amarilla.
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