Sociedad

La paradoja de la historia

‘La paradoja de la historia’ (Acantilado) publica un ensayo del filósofo Nicola Chiaromonte (Rapolla, 1905 – Roma, 1972) donde revisita la obra de Stendhal, Tolstói, Martin du Gard, Malraux o Pasternak para descubrir en estos autores una idea de la razón más modesta y humana.

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16
Feb
2022
Historia

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En 1952, cuando vivía en París, andaba dándole vueltas a la pregun­ta de por qué el estallido de la Primera Guerra Mundial ha­bía arruinado el socialismo, es decir, el esfuerzo más vigo­roso e intelectualmente fértil por promover la causa de la justicia y la libertad en Europa. ¿Cómo podía una idea ser derrotada por un acontecimiento? Sin embargo, el socialis­mo fue efectivamente derrotado por la guerra, a la que no consiguió ofrecer resistencia.

La victoria del bolchevismo fue la flagrante confirmación de esa derrota porque, como dijo Rosa Luxemburgo, los bolcheviques accedieron al poder precisamente rechazando el socialismo democrático. Entre los libros que leí sobre la cuestión, estaba Los Thibault, de Roger Martin du Gard, una novela que ha sido injustamente relegada al limbo de lo «pasado de moda». Había leído la última parte de esa novela, El verano de 1914, cuando se publicó por primera vez, en la víspera de la Segunda Guerra Mundial. Y la volví a leer en 1952, a la luz de las cuestiones que me preocupaban. El resultado fue un montón de anotaciones en las que discernía va­gamente una posible respuesta a mi pregunta; pero permanecieron intactas hasta 1953, cuando leí El erizo y el zo­rro, de Isaiah Berlin, en mi opinión el ensayo más esclarecedor y agudo sobre la perspectiva de la historia en la obra de Tolstói.

«Seguí reflexionando y, después de haber escrito sobre Tolstói, me fijé en la relación entre sus ideas de ‘paz y gue­rra’»

El análisis de Berlin me permitió ver con claridad que el tema principal no era el derrumbe del socialismo. La cuestión primordial afectaba a la fe en la Historia con ma­yúscula. Esa era la cuestión real que planteaba Tolstói en Guerra y paz (no el problema de la relativa importancia del papel de Napoleón en la batalla). Y se me ocurrió que la fe en la Historia, que fue el credo fundamental del siglo XIX, parecía tener la misma función en el XX. Lo cierto es que ninguna otra creencia la ha reemplazado. De modo que vol­ví a la obra maestra de Tolstói, e intenté analizar en detalle el verdadero significado de Guerra y paz. El resultado de ese trabajo fue un ensayo que se publicó en dos partes en Tempo Presente, la revista mensual italiana que Ignazio Silone y yo mismo editamos hasta el final de 1968 .

Seguí reflexionando y, después de haber escrito sobre Tolstói, me fijé en la relación entre sus ideas de «paz y gue­rra» y el tema de El verano de 1914. En contextos dife­rentes, se planteaban cuestiones muy similares sobre el sig­nificado de un acontecimiento histórico y la relación del individuo con el mismo. Además, tanto en Tolstói como en Martin du Gard, aparece un concepto que transciende la perspectiva histórica de las cosas: el concepto del destino. Como si la gran confianza que tenían los hombres en su ca­pacidad de controlar los acontecimientos hubiera contri­ buido de algún modo a la reaparición de la vieja figura del Destino.

Ése es también el tema de las novelas de André Malraux, que intenta describir el papel del destino en relación con las tentativas conscientes del hombre para llevar a cabo la destrucción de la sociedad burguesa liberal y conseguir el establecimiento de un orden racional, nietzscheano y mar­xista. La cuestión planteada por Malraux es del mismo or­den que la de Tolstói y Martin du Gard, aunque la actitud y respuestas de Malraux son diferentes. De hecho, son am­biguas de un modo típicamente contemporáneo. Estas re­flexiones me llevaron a rehacer, ampliar y dar una nueva forma a un extenso ensayo que publiqué en Partisan Review en 1948 .

«Solo a través de la ficción y la dimensión de lo imaginario podemos aprender algo real so­bre la experiencia individual»

Dejé el tema aparcado en ese punto durante una larga temporada, aunque las cuestiones que implicaba seguían preocupándome. Más adelante, en 1966, cuando me invi­taron a participar en las conferencias Christian Gauss en Princeton, se me ocurrió que mi trabajo sobre Tolstói, Mar­tin du Gard y Malraux, podía proporcionar la base para un único estudio. Pasé el verano de 1966 rehaciendo en inglés los ensayos que había escrito sobre el tema durante los años precedentes, y los meses que estuve en Princeton supusie­ron un nuevo impulso para completar el libro que había proyectado largo tiempo atrás.

Tanto el primer capítulo sobre Fabrizio en Waterloo, como el dedicado a Pasternak, y las observaciones con que concluyo el libro sobre el presente como una época de mala fe, nacieron del deseo de mostrar otros aspectos de un problema que me ha ocupado durante muchos años.

El lector acaso se pregunte por qué he abordado a través de obras de ficción el tema de la relación entre la historia y el individuo, y el de la reaparición de la idea del destino en un mundo que parece haberse entregado al ideal del pro­greso. La respuesta es sencilla, solo a través de la ficción y la dimensión de lo imaginario podemos aprender algo real so­bre la experiencia individual. Cualquier otro enfoque está obligado a ser general y abstracto. Mi propósito en este libro ha sido presentar la cuestión de la relación de los hom­bres con los acontecimientos históricos tal como aparece en diferentes contextos. Y sentí que eso sólo podía hacerse partiendo de esa particular clase de verdad histórica que es la ficción y, más en particular, la gran ficción decimonónica, cuyo propósito declarado era ofrecer la historia verdadera, más que la oficial, del individuo y la sociedad.


Este es un fragmento de ‘La paradoja de la historia: cinco lecturas sobre el progreso, de Stendhal a Pasternak’ (Acantilado), por Nicola Chiaromonte.

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