Cultura

El derecho a disentir

¿Qué define nuestro, si no sus dimensiones humanas? En ‘El derecho a disentir’ (Acantilado), Mauricio Wiesenthal contempla el mundo que nos ha tocado vivir de un modo tan crítico como reflexivo.

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27
Ene
2022
europa

En mi juventud recorrí, a pie, en tren y en bicicleta, muchos rincones de Europa, y encontré también en esos caminos mi patria, pues lo que nos distingue a los europeos es que vivimos en un continente que tiene dimensiones humanas. 2.000 kilómetros en Europa es todo. En América, en África o en Asia se requiere un avión supersónico.

A pie se siente la materia del terruño y se ve mejor el detalle. Tan pronto como se anda el camino es más fácil distinguir el canto de las aves y los versos propios de cada especie, se reconocen los lugares donde anidan los pájaros y cabe observar mejor las formas y las bandas que dibujan en su vuelo, siguiendo sus tácticas de defensa y de emigración. Hace ya muchos años que Michel de Montaigne me enseñó a viajar de este modo, más atento a la vida y a sus sensaciones que a los estudios eruditos del arte o de la historia.

En septiembre de 1580, cuando Montaigne partió de su castillo para recorrer Suiza, Baviera e Italia, se dejó olvidada en su biblioteca la Cosmografía de Münster, que cualquier otro habría considerado una guía insustituible para el viaje. A él le interesaba más hablar con las gentes y aprender los idiomas de cada país, evitando así a los trujamanes que engañaban y engañan a los viajeros, contándoles tendenciosos chismes políticos, aburridas historias memorizadas o parlerías sin interés.

«Esta afición por los libros resulta sorprendente si pensamos en el turista que hace colas interminables para visitar los museos deprisa y corriendo»

En su Diario del viaje a Italia, Montaigne es capaz de evocar las costumbres y los colores de Roma, sin hacer mayor referencia a la obra de Miguel Ángel ni prestar atención a las maravillas de la Capilla Sixtina; mientras dedica varias páginas a una recepción del papa Gregorio XIII y al protocolo que se requería para besarle los pies. Como estudioso le atraía más una buena biblioteca que un monumento famoso o un cuadro renombrado. En cuanto entra en la Biblioteca del Vaticano se detiene a contemplar los manuscritos de Virgilio y Séneca, y comenta que la letra de santo Tomás de Aquino le parece descuidada y pequeña. Disfruta contemplando el reflejo de la tinta dorada en un manuscrito griego de los Hechos de los Apóstoles. Y toma nota de que los originales de la Eneida carecen de los cuatro primeros versos que añadieron los editores más modernos. Esta afición por los libros resulta hoy sorprendente, si pensamos en el turista que –viajando en horda– parece obsesionado por los museos y hace colas interminables para visitarlos deprisa y corriendo, como si la humanidad no tuviese hoy otro gusto que las artes plásticas. A Montaigne le gustaba viajar al azar, cambiando de rumbo cada vez que un rodeo le ofrecía un descubrimiento, y comparaba las jornadas de su trayecto con las páginas de un libro apasionante, que uno quisiera que no acabase nunca.

Aunque escribo en la mesa de un café y no puedo comprobar mis citas, recuerdo bien las palabras que Montaigne dedica a detalles curiosos, como el estado de las calles de Florencia, pavimentadas con losas sin forma y sin orden, o sus observaciones precisas sobre las vajillas («los alemanes tienen el vicio de beber en vasos demasiado grandes, mientras que aquí –se refiere a Italia– son al contrario demasiado pequeños»), o sus juicios sobre los vinos, que entonces se bebían casi siempre mezclados con agua. Me atrae también en sus páginas la atención que presta a la capacidad de trabajo de los artesanos y tejedores de Lucca, o la forma como explica las virtudes de las aguas y la temperatura de las fuentes termales. Adoraba las posadas de Alemania, porque los alemanes sustituyen los pesados cobertores de las camas por suaves edredones de pluma, y tienen en sus comedores estufas de porcelana, más cálidas que las chimeneas francesas, ya que reparten mejor el calor por la estancia. Y una llanura en las marismas del Arno le permitía evocar lo mismo unos versos de Petrarca que el accidente que costó un ojo a Aníbal cuando atravesaba estos parajes.

He viajado siempre con esta misma curiosidad que hoy me cautiva en Montaigne y que, desde mi juventud, me hizo seguir los caminos de Goethe. Si repaso mis cuadernos de viaje veo que anduve muy atento al olor de los prados, al tiempo de las cosechas y a las noticias que me daban los campesinos. Me interesaba primero por el sabor de los frutos de una higuera que por la forma del ábside de la iglesia románica que quedaba detrás de sus ramas. Nunca hice un camino sin indagar los nombres de las flores y los árboles, o sin escuchar el canto de los pájaros. Las palabras y los nombres forman parte del mayor tesoro que puede acaudalar un escritor. En Goethe aprendí a observar las rocas, y Montaigne me enseñó a andar atento a los ingenios mecánicos y a las industrias que dan vida y riqueza a los pueblos.

«Con Goethe aprendí a observar las rocas, y Montaigne me enseñó a observar los ingenios mecánicos que dan vida a los pueblos»

Me divertía mucho aprendiendo la parla y los dialectos de las regiones que visitaba. Y, con el propósito de hablar con los aldeanos, bailar con las muchachas en las fiestas, o –acabada la misa– jugar una partida de naipes en una taberna, asistí a curiosas ceremonias religiosas en los pueblos; como las de un lugar de cuyo nombre he conseguido olvidarme, donde enterraban a los difuntos de forma tan cristiana que, tan pronto como el cura decía «Requiescat in pace», el sacristán pedaleaba estruendosamente el armonio y algunos brutos gritaban «¡Aleluya!».

Todavía tengo la costumbre de escuchar las campanas de los pueblos, a la vez que intento distinguir su afinación y sus tonalidades, diferentes en Grecia que en Irlanda, acordadas de forma diversa en cada catedral o en cada iglesia; distintas en la basílica de Santa’Agnese cuyo campanone se oía en mi casa en piazza Navona, a la hora en que sacaba la vieja tina y me bañaba en la terraza, o en Lübeck—donde las torres tuvieron que ser reconstruidas después de los incendios producidos por las bombas de fósforo—, o en mi querida capilla de Saint-Julien-le-Pauvre, donde dicen que rezó Dante. Desde la Edad Media fueron éstas las campanas más tempranas de París, y eran mi bendición urbi et orbe cuando –mojando el pan del desayuno en el chorro de las fuentes, como hacen los gorriones– regresaba a mi modesto refugio del Marais en las madrugadas más difíciles de mi juventud.

Anduve mucho por todos los caminos de Europa. Dibujaba los puentes góticos que me parecían obras de caridad, indagaba las etimologías de los lugares y buscaba su historia en las figuras heráldicas de sus escudos; lo mismo que guardaba en mi memoria los nombres que me parecían notorios, misteriosos o bellos, y me detenía en los viejos molinos de agua o me paraba delante de las norias para oír el canto de los arcaduces. Descubrí pronto que no había monumentales prodigios geológicos en Europa. Casi me daba vergüenza enseñarles a mis amigos americanos las cataratas del Rin en Schaffhausen, porque ellos me hablaban del Niágara o del Iguazú. En mis tiempos de estudiante de canto en Sorrento me sentía orgulloso del Vesubio, y me gustaba explicarles a los compañeros japoneses o americanos –ufanos de sus grandes volcanes– que Plinio el Viejo había muerto en Pompeya bajo las cenizas, sólo por el afán de investigar la erupción. Ser europeo es sentir la curiosidad de saber por qué y tener el ánimo para hacer lo que haga falta sin preguntarse cuánto. «Es un alemán que escribe en español», dijo de mí un crítico que no simpatizaba con mi obra y –al parecer– tampoco con los alemanes ni con los españoles, y menos con los judíos. «Ich störe doch nicht?» (‘¿Molesto?’), solía decir mi maestro Stefan Zweig. Si sumamos a todo eso mi condición de católico (católico español, para escándalo de algunos), es normal que, entre radicales y fanáticos, ocurra este malentendido. Por lo demás no me gustaría dejar de ser todas las cosas que soy: un judío sin violín, un alemán exiliado, un humanista europeo y un español que vio ponerse el sol no sólo en el Finisterre de su patria, sino también sobre su época.


Este es un fragmento de ‘El derecho a disentir‘ (Acantilado), por Mauricio Wiesenthal.

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