Opinión

Antes de que sea demasiado tarde

Aunque nos guste pensar que el futuro depende de nuestras propias decisiones, en ‘Los nueve gigantes’ (Península), Amy Webb defiende que la inteligencia artificial es la mano invisible que mantiene el mundo girando y que las grandes empresas tecnológicas han acumulado un poder que la humanidad tiene que recuperar para sobrevivir.

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22
Jun
2021
IA
Fotograma de ‘2001: una odisea en el espacio’, de Stanley Kubrick

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La inteligencia artificial (IA) ya está aquí con nosotros, pero no como habíamos imaginado. Es la columna vertebral de nuestros sistemas financieros, del sistema eléctrico y de la cadena de suministros del comercio minorista. Es la infraestructura invisible que dirige el tráfico, que encuentra el sentido a las palabras que tecleamos mal y que determina lo que debemos comprar, mirar, escuchar y leer. Es la tecnología sobre la cual se construye nuestro futuro, pues tiene que ver con todos los aspectos de nuestra vida: la salud y la medicina, la vivienda, la agricultura, el transporte, los deportes e, incluso, el amor, el sexo y la muerte.

La IA no es tan solo una tendencia tecnológica, una palabra de moda o una distracción temporal: es, más bien, la tercera era de la informática. Estamos pasando por una transformación significativa, muy similar a la que vivió la generación de la Revolución Industrial. En un comienzo, nadie reconocía la transición en curso, pues los cambios iban ocurriendo de manera gradual en la vida de las personas. Al final, el mundo era diferente: Gran Bretaña y Estados Unidos se habían convertido en las potencias dominantes del mundo, con el suficiente capital industrial, militar y político para cambiar el rumbo de la historia en el siguiente siglo.

«Quienes están construyendo el futuro de la IA buscan moderar las expectativas»

Abundan los debates sobre la IA y su impacto en el futuro. Todos conocemos los argumentos tradicionales: que los robots nos van a robar los empleos, que los robots van a destruir la economía, que los robots van a terminar matando a los seres humanos. Si se sustituye la palabra «robots» por «máquinas», vemos que se trata de los mismos debates de hace doscientos años. Es natural pensar en el impacto que tendrá la nueva tecnología en el empleo y en nuestra capacidad para obtener ingresos, pues, en efecto, muchas industrias se han visto afectadas. Es comprensible que al pensar en la IA evoquemos la imagen de HAL 9000 en la película 2001: Una odisea del espacio, de WOPR en Juegos de guerra, de Skynet en Terminator, de Robotina en Los supersónicos, de Dolores en Westworld o la de cualquiera de los cientos de productos antropomorfizados de IA presentes en la cultura popular. Si usted no trabaja directamente dentro del ecosistema de la IA, es posible que el futuro le parezca fantástico o atemorizante, y todo ello por las razones equivocadas.

Las personas que no están inmersas en los asuntos cotidianos de la investigación y el desarrollo en IA no pueden ver las señales con claridad, lo cual explica por qué el debate público se centra en estos robots ultrapoderosos del cine reciente o refleja un optimismo desenfrenado y excesivo. La ausencia de matices es una parte de la génesis del problema: hay quienes sobrevaloran la aplicabilidad de la IA, mientras que otros arguyen que se convertirá en un arma imparable. Puedo hacer estas afirmaciones sobre la base de los conocimientos que he adquirido en investigaciones realizadas sobre la IA, con personas y organizaciones tanto dentro como fuera del ecosistema de la IA. Desde dentro, he asesorado a diversas compañías que se encuentran en el epicentro de la IA, entre ellas Microsoft e iBM. Desde fuera, he asesorado a responsables y partes interesadas, tales como inversores en capital de riesgo, líderes de los departamentos de Defensa y de Estado y legisladores de Estados Unidos, quienes consideran que la regulación es el único camino para avanzar. De manera similar, he asistido a cientos de reuniones con investigadores y tecnólogos académicos que trabajan directamente en la materia. Es muy poco común que las personas que trabajan de primera mano en IA compartan las visiones extremas del futuro, ya sean apocalípticas o utópicas, que suelen aparecer en los medios de comunicación.

«Es poco común que las personas que trabajan en IA compartan las visiones extremas del futuro que aparecen en los medios»

¿La razón? Al igual que los investigadores en otras áreas de la ciencia, las personas que están construyendo el futuro de la IA buscan moderar las expectativas. Para alcanzar resultados destacados se requiere mucha paciencia, tiempo, dinero y resiliencia, pero casi siempre lo olvidamos. Estos investigadores trabajan de manera constante, paso a paso, sobre problemas terriblemente complicados, y en ocasiones es muy poco lo que logran avanzar. Son personas inteligentes, experimentadas y, según mi experiencia, compasivas y consideradas.

En su gran mayoría, trabajan para nueve gigantes de la tecnología: Google, Amazon, Apple, iBM, Microsoft y Facebook –en Estados Unidos– y Baidu, Alibaba y Tencent –en China–. Estas compañías están trabajando en la generación de IA con el fin de propiciar un futuro mejor para todos. Creo firmemente que los líderes de estos nueve conglomerados están motivados por un profundo sentido del altruismo y por un deseo de alcanzar un bien superior: son personas que ven con claridad el potencial que tiene la IA para mejorar la atención en salud y la longevidad, para resolver nuestros acuciantes asuntos climáticos y para sacar a millones de personas de la pobreza. Ya estamos presenciando los efectos positivos y tangibles de su trabajo en todas las industrias y en la vida cotidiana. El problema es que las fuerzas externas que ejercen presión sobre los nueve gigantes de la tecnología –y, por extensión, sobre aquellos que trabajan dentro del ecosistema– conspiran contra sus mejores intenciones en lo relacionado con nuestro futuro. Son muchos los actores que pueden ser culpados.

En Estados Unidos, las exigencias incesantes del mercado y las expectativas poco realistas de los consumidores respecto a nuevos productos y servicios han hecho que la planificación a largo plazo resulte imposible. Estamos siempre a la espera de que Google, Amazon, Apple, Facebook, Microsoft e iBM hagan deslumbrantes anuncios en sus conferencias anuales, como si los descubrimientos de los departamentos de investigación y desarrollo pudieran programarse con calendario. Si estas compañías no nos presentan productos más fascinantes que en los años anteriores, las consideramos un fracaso. O nos preguntamos si ha llegado el fin de la IA. O cuestionamos su liderazgo. No les damos a estas compañías la oportunidad de tomarse unos años para acomodarse y trabajar sin que les exijamos que nos maravillen a intervalos regulares. Y ¡ay de la compañía que decida no hacer anuncios oficiales durante unos meses! En ese caso, asumimos que su silencio significa que se está desarrollando un proyecto con grupos de trabajo paralelos o secretos, lo que invariablemente nos dejará contrariados.

«Las fuerzas externas que ejercen presión sobre los gigantes de la tecnología conspiran contra sus mejores intenciones»

El gobierno de Estados Unidos no cuenta con una estrategia de envergadura en materia de IA, ni tampoco para nuestro futuro a largo plazo. En lugar de contar con estrategias nacionales coordinadas para estructurar una capacidad organizacional dentro del gobierno, construir y fortalecer nuestras alianzas internacionales y preparar a nuestro ejército para el futuro en materia bélica, Estados Unidos ha sometido el avance de la IA a los vaivenes de la política. En lugar de financiar la investigación básica en IA, el gobierno federal, en la práctica, ha subcontratado la investigación y el desarrollo, dejándolo en manos del sector comercial, sometido a los caprichos de Wall Street. En lugar de ver en la IA una oportunidad para la creación de nuevos empleos y de crecimiento, los legisladores estadounidenses se han limitado a señalar la perspectiva de un desempleo generalizado por causa de la tecnología. Culpan a los gigantes tecnológicos, cuando podrían invitar a estas compañías a participar en los niveles más altos de la planificación estratégica (tal como existe) dentro del gobierno. Nuestros pioneros de la IA no tienen más remedio que competir de manera ininterrumpida entre sí para lograr una conexión fiable y directa con las personas, las escuelas, los hospitales, las ciudades y los negocios.

En Estados Unidos padecemos una trágica falta de previsión. Funcionamos con una mentalidad de corto alcance, y hacemos planes para pocos años hacia el futuro. Esta mentalidad produce logros tecnológicos a corto plazo, pero entorpece el camino para asumir la responsabilidad de pensar cómo puede evolucionar la tecnología y cuáles serán las implicaciones y resultados de nuestras acciones en el mañana. Olvidamos con mucha facilidad que nuestras acciones en el presente pueden tener graves consecuencias en el futuro. Dada esa perspectiva, no debe sorprendernos que, en la práctica, hayamos subcontratado el desarrollo de la IA, poniéndolo en las manos de seis compañías que cotizan en bolsa, cuyos logros son muy notables, pero cuyos intereses financieros no siempre son los más indicados para nuestras libertades individuales, nuestras comunidades y nuestros ideales democráticos.

Mientras tanto, en China la trayectoria del desarrollo de la IA está atada a las ambiciones de gran envergadura del Gobierno. China está sentando rápidamente las bases para establecer su hegemonía incuestionada en el ámbito de la IA en todo el mundo. En julio de 2017, el gobierno chino dio a conocer su Plan de Desarrollo de inteligencia Artificial para la Próxima Generación, con miras a convertirse en el líder mundial en IA para el 2030, con una industria nacional cuyo valor está por los 150.000 millones de dólares. Este plan incluye dedicar parte del fondo soberano de inversión de China a nuevos laboratorios y nuevas empresas, así como nuevas escuelas que se crean específicamente para capacitar a la siguiente generación de talentos en IA. En octubre de ese mismo año, el presidente de China, Xi Jinping, explicó en un discurso detallado sus planes relacionados con la IA y el big data ante miles de funcionarios del Partido. Según manifestó, la IA ayudaría a China a convertirse en una de las economías más avanzadas del mundo. Ya en este momento, la economía de China es treinta veces más grande que hace tres décadas. Aunque Baidu, Tencent y Alibaba sean gigantes que cotizan en bolsa, estas compañías, al igual que todas las grandes empresas chinas, deben plegarse a los designios de Pekín.

La gigantesca población de 1.400 millones de habitantes le otorga a China el control del recurso natural más grande, y tal vez más importante, en la era de la IA: los datos humanos. Se requieren inmensas cantidades de datos para refinar los algoritmos de reconocimiento de patrones, razón por la cual los sistemas de reconocimiento facial chinos, como Megvii y SenseTime, son tan atractivos para los inversores. Todos los datos que los ciudadanos de China están generando al hacer llamadas telefónicas, comprar cosas en línea y publicar fotos en las redes sociales están ayudando a Baidu, Alibaba y Tencent a crear los mejores sistemas de IA. La gran ventaja de China es que no tiene las restricciones de privacidad y seguridad que podrían obstaculizar el progreso en Estados Unidos.


Antes de que sea demasiado tarde es un fragmento de Los nueve gigantes: Cómo las grandes empresas tecnológicas amenazan al futuro de la humanidad, de Amy Webb (Península).

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