Cultura

«Somos un país con una alta tolerancia a la corrupción»

Rodrigo Sorogoyen, director de ‘El Reino’, nos adentra en la trama de este peculiar ‘thriller’ y profundiza sobre las causas y las consecuencias de la corrupción en España.

Entrevista

Yolanda del Valle

Fotos

Julio Vergne
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05
Nov
2018

El vacío se abre bajo los pies del protagonista de ‘El Reino‘, Manuel López-Vidal (Antonio de la Torre), cuando su nombre salta a los informativos de todas las cadenas de televisión involucrándole en una trama de corrupción de su partido. Sin decirnos de qué formación política se trata -no es lo relevante en esta historia-, Rodrigo Sorogoyen, director de la película, nos traslada a una ciudad costera que recuerda mucho a Valencia y nos hace codearnos, desde la butaca del cine, con la corrupción más hortera -alejada de la de películas como El Padrino, en las que resulta tan glamurosa-. Esa corrupción de mariscadas, clubes y regalos para comprar favores. Desde Francia, donde está trabajando en su próxima película -que, como nos comenta por teléfono, «no tiene nada que ver con la corrupción»- nos atiende para hablar sobre esta lacra.

Desde el comienzo de la crisis económica en España, hace una década, se han destapado muchos casos de corrupción política y empresarial. Parecía muy necesario, hasta saludable, diría yo, abordar este tema desde el cine. ¿Por qué crees que, siendo un argumento tan cinematográfico, no se han rodado en España más películas sobre la corrupción política?

No te sabría decir exactamente por qué, pero tengo mi teoría. Yo creo que, si no se habla de algo, es porque no estamos preparados para hablar de ello como sociedad. A veces hace falta un tiempo para que la sociedad pueda hablar de esas cosas. Aquí ha habido una autocensura, que nos hemos puesto nosotros mismos, y no ha habido, ni hay, un debate político ni democrático sano, pero sí que creo que cada vez lo hay más. Es una evidencia que no se ha hablado de la corrupción, aun sabiendo que, uno, es un tema muy importante; dos, que le preocupa al ciudadano; y tres, que es bastante potente cinematográficamente. La única razón que te puedo dar es esa: que no hemos querido mirar ese problema. ¿Por qué no hemos querido mirar? Porque somos un país con una alta tolerancia a la corrupción.

La historia ocurre en una ciudad costera que nos traslada inevitablemente a Valencia y nos recuerda a la trama Gürtel. ¿Os inspirasteis en este caso de corrupción en concreto?

Sí, nos ha inspirado la trama Gürtel, porque había mucha información por la cobertura que le han dado los medios de comunicación y porque tenía personajes muy pintorescos. Pero yo creo que, realmente, el personaje que más nos ha inspirado es Bárcenas, con esa amenaza de «tiro de la manta». Hay un thriller propio en ese personaje. ¿Qué pasa? Que luego el personaje de nuestra película no se parece en nada a él, porque no hemos querido retratar a nadie. Hemos intentado normalizar, humanizar al personaje, y no hacer una caricatura ni una descripción de ningún personaje real. Queríamos que el espectador siguiera, para bien y para mal, a nuestro protagonista, que estuviera con él, y que lo juzgara desde una perspectiva totalmente libre. Queríamos retratar a un tipo sin nombre ni apellidos, con un nombre tan normal como el de nuestro personaje: Manuel López-Vidal. Es una película sobre la corrupción, sin más.

«El personaje que más nos ha inspirado es Bárcenas, con esa amenaza de ‘tiro de la manta’»

¿Cómo os habéis documentado Isabel Peña, coguionista de la película, y tú para escribir el guion?

Nos hemos documentado leyendo mucho y viendo muchas noticias, que han sido una gran fuente de documentación; pero también quisimos entrevistarnos con gente de partidos políticos, de la judicatura, con periodistas… Por ejemplo, con Álvaro Pérez, El Bigotes, sí que nos vimos en varias ocasiones. Lo que queríamos era simplemente pasar un tiempo con él y mirarlo a los ojos, ver cómo era, no por ser un corrupto en sí, sino por ser un ser humano, una persona que está en esa situación. La principal regla que seguimos Isabel y yo, y también Antonio de la Torre -que nos seguía en todos nuestros encuentros y entrevistas- era no juzgar a nadie. Nuestro personaje está metido en una trama corrupta, pero queríamos que el espectador juzgara con toda la libertad del mundo si es malo o bueno. No hemos hecho una película para demostrar que los malos tienen que pagar, sino para intentar entender qué le pasa a esta sociedad, qué les pasa a estos individuos, qué les pasa a estos partidos. Y, lo que hemos hablado antes, por qué hay tantos casos de corrupción y tanta tolerancia a la corrupción. Para responder a algunas de estas cuestiones y acercarnos a la verdad, no tenemos que juzgar a los corruptos, sino intentar entender y verles como seres humanos.

Rodrigo Sorogoyen

Se hizo un pase privado de la película en Madrid, justo antes del estreno en los cines, al que acudieron políticos tan diferentes como Cristina Cifuentes o Juan Carlos Monedero. ¿Compartieron contigo o con Antonio de la Torre su opinión sobre la película?

A Monedero lo vi en el pase, pero no hablé con él, no lo conozco, y solo leí el tuit que publicó. Con Cristina Cifuentes sí que hablé porque fue una de las personas a las que entrevistamos cuando estábamos trabajando en el guion. En ese momento no había ocurrido el caso del máster en el que se vio implicada y era aún presidenta de la Comunidad de Madrid. La verdad es que fue muy amable con nosotros durante las dos reuniones que mantuvimos con ella, se leyó el guion y nos dio su opinión. Quisimos invitarla al pase en agradecimiento por su tiempo y sus notas al guion. Cuando hablé con ella me dijo que le había gustado mucho la película…

«Nos indignamos en el bar, pero no arreglamos el mundo con acciones reales»

Hay una secuencia en la que el cliente de un bar se queda con el cambio que le da el camarero, aun sabiendo que le está dando dinero de más. Groucho Marx decía que todos tenemos un precio. ¿Todos somos susceptibles de ser corruptos?

Todos tenemos un precio, sí. Hay quien tiene un precio más alto o más bajo. El precio no tiene porqué ser solo dinero; pero sí, esa escena habla por sí misma…

¿Crees que la sociedad está un poco anestesiada ante la corrupción?

Por supuesto. No somos un país que se preocupe por estos temas. Nos indignamos en el bar tomando una caña y arreglamos allí el mundo, pero luego no lo arreglamos con acciones reales, serias y conscientes. Solo nos interesa la queja fácil.

Hay una escena, la del balcón, que provoca la risa de los espectadores por la ingenuidad de los corruptos, que llegan hasta el punto de justificar sus actos, ante los demás y ante sí mismos. ¿Qué opinas de que un thriller como el tuyo provoque la carcajada del público?

Es algo totalmente intencionado. A mí mismo me ha pasado que, viendo las noticias y escuchando una grabación de un hijo de puta que se está quedando con mi dinero, me entre la risa por cómo se expresa o por las barbaridades que dice. Ponemos al espectador en la situación de preguntarse a sí mismo por qué se ríe si le están robando. Además, son muy cómicos por lo mucho que se justifican y por la impunidad con la que se creen. Son personajes tan cercanos a nosotros, de nuestro mismo país o nuestra misma ciudad, pero por otra parte tan alejados y tan pintorescos, que me gusta ponerlos en un balcón sufriendo sin entender qué les ha hecho el mundo. Me hace mucha gracia, la verdad.

«Los políticos corruptos son muy cómicos por lo mucho que se justifican y la impunidad con la que se creen»

¿Después de rodar esta película, has llegado a entender al corrupto?

La palabra «entender» es muy amplia y no quiero que se malinterprete. Nuestra responsabilidad como contadores de historias es intentar entender. La responsabilidad de Antonio de la Torre como actor es una responsabilidad con el cine de intentar entender a este personaje. Eso no significa que justifiques acciones como las de Bárcenas, por ejemplo. No es eso. Si te das cuenta, en la película nunca vemos a Manuel López-Vidal robando. La película nunca pone al espectador de parte de un ladrón que roba, sino de parte de un ladrón que ya ha robado muchísimo y que debería pagar por lo que ha hecho, pero que se pregunta a sí mismo: «¿Por qué me está pasando esto a mí?».

Hay un personaje, Amaia (Bárbara Lennie), la periodista, que nos habla de los medios de comunicación como un poder controlado por otro poder. ¿Crees que los medios de comunicación han ayudado estos años a mantener a Gobiernos corruptos? ¿Crees que no han contribuido a que se lleve a cabo esa regeneración política tan necesaria?

Es difícil contestar a estas preguntas. Depende. Unos sí, otros no, como los ciudadanos. Los medios de comunicación tienen una gran responsabilidad y siempre pueden hacer más. ¿Son irresponsables? Sí, muchas veces. ¿Son necesarios? Por supuesto, y menos mal que están ahí. ¿Hay algún medio de comunicación que sea estrictamente pulcro? Pues no. Están dentro del sistema y cada uno baila como puede. En la película hemos intentado que se refleje una generalización -que siempre va a ser injusta- sobre lo que nosotros opinamos del papel que juegan hoy en día los medios de comunicación. Hemos creado a Amaia, un personaje fuerte, buena profesional y ambiciosa, pero que está metida en un juego en el que, por un lado, está a disgusto, pero que también le viene bien. Sin embargo, intentamos redimirla en la última escena, cuando se quita el pinganillo y dice lo que creo que todos los ciudadanos quieren decirle a ese político corrupto, y lo hace saltándose todas esas reglas del sistema en el que ella misma ha entrado para tener un programa de televisión en el que cree que podrá decir muchas cosas de las que piensa.

¿Crees que la corrupción se puede combatir mediante leyes que sirvan para prevenir delitos o que condenen más duramente a los corruptos? ¿Hemos dejado de creer y de confiar, no solo en los políticos, sino también en la Justicia?

Sí, hemos perdido la fe en la Justicia desde el momento en el que te meten en la cárcel por cantar una canción y, sin embargo, ves criminales en la calle que han robado y no entiendes por qué están ahí. Es normal que hayamos perdido la fe en la Justicia. Otra cosa es que la podamos recuperar. Lo que sí es cierto es que no tiene nada que ver la impunidad del año 2006 o 2007 con la que hay ahora. Ahora un corrupto está más acojonado, menos mal, y el ciudadano, poco a poco, debería ir creyendo un poco más en la Justicia; pero queda mucho camino por recorrer.

* Yolanda del Valle es responsable de Comunicación en Legal Compliance

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