Cultura

«La honestidad me da paz como artista»

En los tiempos de la posverdad, de las fake news y de los influencers, la autenticidad se ha convertido en un bien preciado, por escaso. Silvia Pérez Cruz llena esa ausencia. Cuando canta, todo se resquebraja.

Fotografía

Luis Meyer
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06
Mar
2018

En los tiempos de la posverdad, de las ‘fake news’, del ‘branding’ y de los ‘influencers’, la autenticidad se ha convertido en un bien preciado, por escaso. Silvia Pérez Cruz (Palafrugell, Gerona, 1983) llena esa ausencia. Cuando canta, todo se resquebraja. Lo hace desde el alma, una receta que no contemplan los manuales para alcanzar el éxito. Se le puso cara a raíz de su papel protagonista en ‘Cerca de tu casa’, película a la que también dio voz y por la que ganó el Goya a mejor canción, pero lo suyo siempre fue la música. La entrevistamos durante su gira otoñal de ‘Vestida de nit’, en la que versiona canciones antiguas con una delicadeza pasmosa. Porque ella es eso: dulzura, luz, verdad. Y espontaneidad. Como tal, se despide de nosotros con un abrazo inesperado, de esos que aprietan.

Empezaste a cantar de niña, acompañando a tu padre. Si te hablo de Calella de Parafrugell, de las tabernas habaneras… ¿qué dirías que queda de esa Silvia?

En realidad, me he reencontrado con ella. Me resulta complicado decirte en qué momento empecé a cantar. En mi casa, era una manera de comunicarse, yo creo que la mejor. Empecé a estudiar música a los tres años y luego vino la vocación, que es otra parte; una cosa es el estudio y otra el notar que aquí [apoya la mano sobre el pecho] me pasa algo, que lo necesito. Eso fue a los 12 años y sí que fue en una de esas tabernas. Suena muy bucólico, pero es algo bastante natural. En la playa de Calella, que es la que está más cerca de mi pueblo, hay unas tabernas donde mi padre iba a cantar y, cuando estaba por ahí, pasaba los ratitos con los hijos de los cantantes. Cuando mis padres se separaron, a veces cuando iba a Calella miraba si estaba mi padre en la taberna y cantábamos tres canciones. Era como si charláramos. Ahí empecé a cantar en público y, sobre todo, empecé a comunicar sin hablar, a decir todo lo que yo sentía sin una conversación. La parte artística real de Silvia está muy ligada a mi madre. Ella estudió historia del arte, cantaba superbién, es muy artista y montó una escuela de arte donde se hacía escultura, pintura, fotografía… Todas las artes estaban ahí. Mis momentos de felicidad son de esa época, de los doce a los diecisiete, entre artistas creando. La filosofía con la que trabajaba mi madre era la de dar libertad, espacio y recursos. No encorsetarte, animarte a ser tú y ofrecerte las herramientas para lograrlo, y esos son mis referentes. La primera vez que cobré tenía trece.

«Fue muy bestia profundizar en las emociones de los desahuciados»

¿Cómo describirías a ese primer público?

Como estaba en una escuela de música, tocaba muchas veces delante de público. Para mí, no era extraño y siempre me sentía muy a gusto. Lo que pasa es que ese público, el de la taberna, tiene algo especial. Primero, que yo era muy niña y la mayoría eran hombres. Y las pocas mujeres, de otra generación lejana a la mía. Eran todo mesas de madera, personas concretas con sus miradas, con vidas. Yo ahora me relaciono con el público como si fuera una única persona, pero cuando son sitios pequeñitos notas mucho la esencia de cada uno. Me asombraba y me afectaba ver a gente mayor que se emocionaba al oírme. Recuerdo esas miradas, con los ojos llorosos en un momento de fiesta. Ellos estaban tomando sus gintonics en el bar y, de repente, sale una niña y, sin saber por qué, se dejan llevar, se entregan.

Flamenco, jazz, pop, música tradicional catalana, folclore ibérico, folclore sudamericano… No hay estilo que se te resista. ¿Tiene algo que ver con esa herencia materna de no limitarse a una misma?

Es que yo lo veo desde otro prisma. Para mí, es música. Por supuesto que las etiquetas son necesarias para hablar de la música, porque es muy abstracta y, sin ellas, ¿cómo lo comparte un periodista o una tienda de música? Tienes que poner una palabra. Y claro que existen los estilos y que tienen su lenguaje propio. Si tuviera muchas vidas, igual profundaría en cada una de ellas en un solo estilo, pero como tengo solo una, pensé en qué era lo más importante para mí. Y creo que es importante que, además de cuidar las raíces, haya gente brotando en las ramas. Yo tengo relación persona a persona y canción a canción y no pienso en el estilo. Directamente, veo melodía, armonía y emoción. Por supuesto que me encanta conocer las diferencias de cada estilo y controlarlas un poco para poderme mover sin hacer el ridículo, saber qué no puedo pisar y qué puedo dar que tenga que ver con eso. Lo que voy haciendo es lo que yo me creo en ese momento. La honestidad me da paz como artista.

También viajas con una naturalidad pasmosa del castellano al catalán, al francés, al portugués, al inglés…

Porque, cuando me gusta tanto una canción, me parece una gran excusa para aprender el idioma. Hay discos en los que he cantado en seis idiomas, pero, normalmente, canto en catalán, castellano y portugués. En catalán y castellano, porque soy bilingüe y, con el portugués y el brasilero, me siento muy a gusto. De hecho, el brasilero me ha ayudado a cantar mejor el catalán, que es mi lengua materna; es algo surrealista. Yo hice la carrera de jazz y me he pasado muchos años cantando en inglés. Lo pasaba fatal, no me enteraba. Ahora, cuando elijo una canción en inglés, es porque me gusta mucho y la entiendo bien. Por ejemplo, en el disco está el Hallelujah de Cohen. Me costó mucho aceptarla, porque Cohen, aparte de hacer un temazo, en una entrevista pidió que, por favor, no se hicieran más versiones de Hallelujah. Pero un día, en el camerino, empecé a cantarla y pensé: «Es que es tan bonita…». Cuando hago versiones de canciones, no las hago para mejorarlas, porque ya son increíbles. Lo hago porque las quiero vivir. La historia de esta canción es muy curiosa, porque la grabamos y la canté fatal. No había encontrado el ángulo. Y, cuando ya estaba mezclado el disco, murió Leonard Cohen, volvimos a escucharla y me di cuenta de que el quinteto lo hacía genial, así que pedí que me pusieran el micro. Pero Juan, el técnico, se olvidó de conectarlo. Entonces, me pidió que me relajara y llenó la estancia de velas. En ese momento, se juntaron dos cosas: por un lado, ver a un amigo que te ayuda y que con un detallito te está cuidando, y, por otro, le canté la canción a Cohen.

Entre gira y gira, ¿no te planteas volver a hacer algo más íntimo, en bares pequeños?

Eso lo hago en secreto. Con amigos con los que me apetece tocar. Por elegancia, canto sin anunciarlo. El año pasado, que paré nueve meses por primera vez en mi vida, estuve creando también, pero no hacía conciertos públicos. Sí conciertitos pequeños en los que, a lo mejor, empezaba ante solo siete personas. Me separaba de la exposición y las entrevistas, pero no de la música.

«Cuando hago versiones, no las hago para mejorarlas, porque ya son increíbles»

Te saltas muchas barreras como creadora. ¿Crees que el arte es una vía para diluir las fronteras en un mundo en el que cada vez están más presentes?

El arte es la salvación de todo. A mí, por lo menos, me sirve como purga personal para encontrarme conmigo misma y con mis valores. Y lo que yo intento transmitir es vida, que la gente esté despierta, que sienta, para expresar lo que cada uno necesita de una manera personal y, luego, lo comparta de una manera ritual. Por otro lado, creo que el arte es libertad y la libertad es difícil de gestionar; la queremos mucho y no sabemos realmente cómo llevarla.

Nos remontamos a 2007, cuando en España se producen los primeros desahucios que saltan a los medios. Te llaman para estrenarte como actriz en ‘Cerca de tu casa’. ¿Qué supuso para ti ponerte en la piel de una persona desahuciada?

Esta película significa muchas cosas, porque son muchos retos a la vez. Hago una banda sonora y actúo por primera vez y, encima, con un tema como Ai, ai, ai. A mí me ayudó pensar que no representaba a una persona concreta, sino que representaba a un colectivo. Eso me dio distancia y le dio sentido a lo que estaba haciendo. Fue muy bestia profundizar en unas emociones y en unas situaciones que personalmente no he vivido

Cantar y actuar quizá tengan la misma receta: hacerlo con el alma.

Lo primero de todo es que yo no quería actuar, no tenía esa necesidad. Pero, cuando me lo planteó el director, vi que era una oportunidad para contar una historia comprometida, de participar en la música y en la creación, hacer de actriz, ayudar a cantar a los actores… Era algo muy completo y valiente. Para actuar, hice lo mismo que hacían ellos cuando cantaban. Me hice una curva emocional del personaje y, a cada escena, le puse el título de una canción que me transmitiera esa emoción. El resto fue conocer mis limitaciones, mirar y, sobre todo, escuchar. Fue una experiencia muy bonita.

¿Volverás a hacer cine?

Me han propuesto muchas cosas. Bueno, muchas no, pero sí más de las que deberían. Y solo volveré cuando sea algo a lo que no pueda resistirme. He hecho una cosa ahora. Se llama Memorias del calabozo y está dirigida por Álvaro Brechner. Cuando lo conocí hace un año y medio, me contó la película y me alucinó. Me encantó cómo lo contaba, así que me puse con la música. Luego, me dijo que le gustaría que saliera en una escena. Aunque al principio no quería, lo hice y ahora estoy muy contenta. Me encanta formar parte de aventuras artísticas, valientes y honestas.

«El éxito, para mí, es entender que cada uno tiene un papel importante, que somos un engranaje»

Las relaciones cambian en la medida en que cambiamos nosotros. ¿Cómo ha evolucionado la tuya con la música?

La música es mi vida, así que es como si te tuviera que contar mi vida entera. Es verdad que antes era más misteriosa y ahora estoy en un proceso muy transparente. Estoy aprendiendo a darle espacio a cada parte de la música. Además, ha habido un progreso a nivel corporal; al principio, solo cantaba con la boca, luego la cabeza, las manos, el cuerpo entero… Y, ahora, ya es como una esfera. Sé que no soy perfecta y me gusta trabajar mucho mi imperfección.

Hablas de la imperfección. Vivimos en una sociedad de la imagen, de la sobreexposición, del llegar a ser, de los resultados. En un mundo como el de la música, difícil y competitivo, hay que lidiar mucho con ello.

Yo lo que más detesto de la profesión es la prisa, la falsedad, la fachada y el querer llegar. La ambición. Entré en una discográfica porque accedieron realmente a todo lo que pedí y puedo decidir sobre todo lo que hago. Llevo toda la vida y voy paso a paso, no quiero llegar a ningún sitio. ¿Dónde voy a llegar? ¿Al éxito? ¿Y qué es el éxito? Para mí, es tener un buen equipo, entender que cada uno tiene un papel importante, que somos engranajes y que todo el mundo se realice de alguna manera.

Chavela Vargas decía: «Yo no soy política ni militante de nada. El canto es mi instrumento y, lo que digo, lo digo cantando». ¿Así deberían ser las revoluciones?

La mía, desde luego, es así.

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