Educación

Responsabilidad y racionalidad frente al envite independentista

«Que la prudencia, la templanza y la justicia conformen la conciencia de toda la sociedad es lo que evita fatales desenlaces», escribe Luis Suárez Mariño.

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02
Oct
2017
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Con frecuencia escuchamos hablar de misión, visión y valores referidos al ámbito empresarial, pero esos términos juegan también un importante papel a nivel personal, social y político. La misión determina a dónde queremos llegar individualmente, como grupo social o político, y la visión se refiere más al camino concreto que pretendemos recorrer, a la imagen –proyectada en el futuro– sobre las dificultades, momentos brillantes y diferentes hitos que iremos encontrando en el camino. Ambas –misión y visión– nos inspiran e incentivan; nos ayudan a establecer los medios y la estrategia para conseguir el fin.

Por desgracia vemos no pocos fracasos vitales, sociales y políticos. En unos casos, porque falte una determinación precisa de la misión (el fin propuesto), de la visión (cómo llegar a conseguir ese fin) o de los valores que han de presidir el comportamiento de la persona o grupo para alcanzar el fin propuesto.

Viendo cómo transcurren actualmente las cosas en nuestro país, también en Europa y en el mundo en general y partiendo de las lecciones que nos enseña la Historia, creo que antes de relegar los valores al último punto de la cuestión deberíamos, sino primar los mismos sobre la misión y visión que nos hayamos propuesto personalmente o como sociedad, sí pasar por su tamiz desde el principio la misión propuesta y el itinerario previsto para su consecución.

Estos últimos meses hemos visto cómo se ha explicitado la misión de un grupo social y político: aquellos que defienden la construcción de un estado catalán independiente. Dicha misión, desde luego, resulta en sí misma lícita y defendible. Ahora bien, ¿qué camino seguir para alcanzar el fin? ¿Es lícito emplear cualquier medio para lograr dicho objetivo?

Viendo el itinerario recorrido, estaremos de acuerdo, al menos quienes veamos la cuestión alejados de cualquier sentimentalismo, que precisamente la consecución de ese fin lícito se ha manejado desde el sentimiento, atropellando de manera flagrante la razón.

Por otra parte también convendremos que el legítimo gobierno del Estado ha dejado pudrirse la cuestión hasta el último momento, no ha presentado misión alguna alternativa, sino que, por el contrario, ha ninguneado dichos sentimientos legítimos (sin más resultado que exacerbar los ánimos de aquellos que, movidos por ese sentimiento, tenían una misión y visión de las cosas clara y manifestada desde hace no ya meses, sino años) imprecando, en una letanía cansina, la defensa de la legalidad desde una postura vergonzante –poniéndose de lado–, esperando que fueran los tribunales, fiscales y cuerpos y fuerzas de seguridad quienes dieran la cara por ellos.

¿Tiene algo que decir la ética, frente a la actitud de unos y de otros?

Mientras que desde un punto de vista kantiano el evidente asalto a la legalidad por parte de los nacionalistas, violentando la Constitución y el Estatuto que los legitima, el Reglamento del Parlamento de Cataluña y las propias reglas que ellos mismos se dieron para que el llamado referéndum tuviera un mínimo de garantías, sería rechazable según la máxima «el fin nunca justifica los medios»; para la ética utilitarista, el uso de medios ilegales sería éticamente aceptable si su resultado produjese mejores consecuencias para los ciudadanos.

Posiblemente, llevadas ambas posturas a sus últimas consecuencias –que es precisamente lo que han hecho los representantes políticos de uno y otro lado–, entenderemos que ni una ni otra son justas; que precisamente lo que exigiría la Justicia sería establecer frente a ambas posiciones maximalistas ciertos límites: desde una parte, el respeto de los derechos de un porcentaje importante de la población a la libertad de expresión, manifestación, etcétera; desde otra; el respeto y reconocimiento de los sentimientos legítimos de un grupo muy numeroso de la población.

Aun fijando límites, podemos preguntarnos: ¿Qué es más preferible, una ética de la convicción como la kantiana, con un mínimo de responsabilidad, o una ética de la responsabilidad como la utilitarista, que considera que el criterio último para decidir ha de fundamentarse en la consecuencia de la acción? Quizás, la respuesta ya la dio siglos atrás Aristóteles: «In medio virtus».

Lo deseable sería actuar guiados por el raciocinio, y dicha racionalidad debería de estar guiada por la prudencia: la capacidad de pensar, ante cualquier acontecimiento, sobre los riesgos posibles que estos conllevan, y adecuar o modificar la conducta para no recibir o producir perjuicios innecesarios; la templanza: la moderación o equilibrio en el uso de los medios a nuestro alcance para alcanzar los fines propuestos; la justicia: actuando con respeto a la verdad y dando a cada uno lo suyo; y la fortaleza: firmeza para vencer el temor y huir de la temeridad. Que la acción política esté guiada por estas virtudes es lo que finalmente hace a las sociedades más prosperas y a sus ciudadanos libres e iguales y que dichas virtudes conformen la conciencia de toda la sociedad es lo que evita fatales desenlaces.

Precisamente, prescindir de la racionalidad y de estas virtudes cardinales que conforman el comportamiento más deseable es lo que filosóficamente hizo Nietzsche al considerar el racionalismo como un síntoma de decadencia. Para el filósofo germano es decadente todo aquello que se opone al existir instintivo y biológico del hombre. Nietzsche afirmó la necesidad de crear valores nuevos que debían reemplazar los tradicionales, y su discusión sobre esta posibilidad evolucionó hasta configurar su idea del ‘superhombre’.

La oposición de lo racional con el error es rechazada por Nietzsche alegando la existencia de errores irrefutables y verdades contradictorias. Partiendo de esa consideración, Nietzsche atacó el positivismo-racionalista que con tanto éxito se consolidó tras la revolución francesa.

Nietzsche niega los ideales apolíneos (Apolo es el dios del Sol, la claridad, la música y la poesía; era descrito como el dios de la divina distancia, que amenazaba o protegía desde lo alto de los cielos, siendo identificado con la luz de la verdad); y reclama el triunfo de los ideales dionisíacos (Dioniso es el dios del vino y de la fauna; se le asocia el éxtasis y la intoxicación), mediante la utilización metafórica del lenguaje, de tal manera que cada cual pueda expresar su propia verdad. Esto y no otra cosa es lo que han hecho las dictaduras del siglo XX y lo que siguen haciendo hoy los nacionalismos identitarios y excluyentes de uno u otro pelaje.

Si la idea nacionalista es en sí válida y defendible, y la misión de conseguirla puede ser un ideal válido, el llegar a ella por un camino que deja de lado el más elemental respeto a la ley y maneja el lenguaje manipulando el genuino sentido de algunas palabras como democracia o libertad, es desde luego rechazable, como rechazable sería el resultado final de conseguirlo, si ello supone hacerlo pisoteando los derechos de los demás y tachando (otra vez más manipulando en lenguaje) de fascistas a quienes no comulgan con ese ideal.

Qué decir del gobierno del Estado, anclado en una ética de la convicción sin responsabilidad, sin una misión ni una visión de lo que quiere que sea España ni en un futuro próximo, ni a medio y largo plazo.

Como concluyó el propio Weber: «La ética de la convicción y la ética de la responsabilidad no son contradictorias, y por el contrario se completan mutuamente y constituyen en conjunto al hombre auténtico, es decir un hombre que puede aspirar a la “vo­cación política”».

¿Contamos hoy entre la clase política con dicha clase de hombres o más bien con ciegos que guían a otros ciegos?

Luis Suárez Mariño es abogado, mediador y experto en responsabilidad social corporativa y compliance penal.

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