Educación

La dictadura de los supermercados

«Detrás de esa multiplicidad de coloridas etiquetas se esconde un empobrecimiento de la variedad». En su nuevo libro, la periodista Nazaret Castro explica cómo los grandes distribuidores deciden lo que consumimos.

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21
Jul
2017
nazaret castro supermercados oligopolio
Nazaret Castro

Comprar en grandes superficies, en detrimento del comercio tradicional de proximidad, ha modificado cómo y qué compramos: los pequeños proveedores difícilmente logran vender sus productos a las cadenas de supermercados, que se han convertido en verdaderos formadores de precios y nos ofrecen productos cada vez más homogéneos, bajo una apariencia de colorida diversidad. En el libro ‘La dictadura de los supermercados’ (Akal), la periodista Nazaret Castro denuncia los inconvenientes de este modelo socialmente injusto y ambientalmente insostenible.

En un contexto de cambio climático y crisis social, hay algo que ya no se nos puede escapar: la responsabilidad hacia nuestros actos va más allá de nuestra intención, y el acento debe colocarse no solo en qué consumimos, sino en dónde lo compramos. Porque no es lo mismo llenar el carrito en el Mercadona que acudir a la tienda de barrio de toda la vida. Las críticas a la economía global capitalista suelen enfatizar aspectos relacionados con la producción y el consumo, pero nos pasa a menudo desapercibida la importancia de la fase de distribución, y el poder creciente de las empresas que, cada vez más concentradas, controlan esa fase. En este sentido, la llamada «teoría del embudo» ilustra cómo una multitud de consumidores y productores se encuentran en el mercado a partir de un puñado cada vez más reducido de distribuidores y comercializadores, que son los que terminan poniendo las reglas en cuanto a los precios y al tipo de productos que llegan a los estantes de los supermercados.

La concentración es lo opuesto a la diversidad. El oligopolio reduce nuestra capacidad de elección a un pequeño puñado de empresas. Sin embargo, seguimos creyendo que las estanterías de supermercados, entre las que puede una perderse horas para elegir un simple champú, reflejan una diversidad y una libertad que son, en última instancia, la esencia del capitalismo. ¿De veras lo es? En realidad, por detrás de esa multiplicidad de coloridas etiquetas, se esconde un empobrecimiento de la variedad, consecuencia ineludible del monopolio. De ese modo, la gran distribución tiene mucho que ver con la pérdida de control sobre lo que consumimos. Y esto sucede sobre cada vez más áreas de la economía –y de la vida–, porque el modelo de la Gran Distribución Moderna (GDM) evoluciona hacia grandes superficies especializadas en áreas temáticas, como los juguetes, los libros o los muebles.

Si las reglas las marcan grandes empresas multinacionales, no podemos sorprendernos por el hecho de que las normas que imponen estén encaminadas no al bien común, sino a ampliar sus ya exorbitantes márgenes de beneficios. Ese modelo que promocionan los grandes distribuidores implica consecuencias en las condiciones laborales y en la situación de los proveedores, pero también está asociado a intensos impactos socioambientales, en un mundo cada vez más interdependiente. Los supermercados e hipermercados contribuyeron a consolidar un determinado tipo de consumo, basado en kilométricas cadenas de producción y en la deslocalización de la producción: este modelo, profundamente insostenible e injusto, acapara la ganancia a costa de externalizar los costes.

Falta de transparencia, falta de esponsabilidad

Pero el modelo hegemónico de consumo no solo oculta injusticias sociales como esclavitud y territorios esquilmados, sino que también resulta perjudicial para la salud. Esto es más que evidente en el rubro agroalimentario: en pocas décadas hemos pasado de productos mayoritariamente locales a alimentos industrializados, que a menudo viajan miles de kilómetros hasta llegar a los supermercados. Y eso ha sido, en gran medida, debido al rápido ascenso de la gran distribución, que en apenas unos años ha liquidado –o casi– al pequeño comercio, ayudando a imponer nuevos hábitos alimentarios que han demostrado ser mucho menos saludables. No se trata únicamente de los alimentos: los productos de limpieza o cosméticos no se libran de impactos desconocidos y, en buena medida, imprevisibles sobre la salud.

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Solo unos pocos se salen del binomio precio-calidad y se preguntan cómo y dónde se elaboran esos productos. La falta de transparencia es total. No sabemos lo que comemos ni, por ejemplo, las consecuencias para la salud de los cosméticos que utilizamos diariamente o de los productos químicos que tiñen las prendas con que nos vestimos. La mayor parte de lo que colocamos en nuestro carrito de la compra está fabricado por una empresa que pertenece a uno de los pocos grupos multinacionales que controlan cada vez más marcas y productos.

A su vez, las grandes superficies forman parte, en sí mismas, del discurso publicitario, el eficaz aparato ideológico que ha convertido a los ciudadanos en consumidores. El consumidor que se pasea entre los pasillos de los supermercados, seducido por ofertas y constantes reclamos de atención, así como por estímulos sensoriales minuciosamente calibrados para incitar a la compra compulsiva –esto es, la adquisición de productos que no necesitamos–, dista mucho de aquel que se acerca a una tienda de barrio y le pregunta al tendero de siempre por un producto concreto que necesita. El tendero se conocía y se hacía responsable de la mercancía que vendía; en la GDM, la responsabilidad se traspasa y se diluye.

Como sucede con la tercerización y la subcontratación, en la gran distribución moderna se posibilita la derivación de responsabilidades. ¿O acaso alguien acusaría a la cajera del Dia de la insalubridad de la mercancía que se vende en ese establecimiento? Irresponsabilidad es, como veremos, una palabra clave: esa misma irresponsabilidad a la que incita la publicidad, y sobre la que se apoya el mismo ethos del Homo economicus, un individuo cuyo comportamiento se orienta únicamente por la racionalidad utilitarista: si es consumidor, maximiza la utilidad; si es empresario, maximiza la ganancia.

Soplos de esperanza

Pese a lo delicado del orden de fuerzas, emergen resistencias en forma de iniciativas plurales y heterogéneas que pretenden cuestionar lo establecido, y que proponen modelos alternativos de distribución, coherentes con formas alternativas de producción; una amalgama de propuestas que se aúnan bajo el paraguas de la economía social y solidaria. Cada vez más, internet está colocando patas arriba el modelo GDM, y nuevos actores todavía minoritarios, como Amazon, parecen llamados a tener un protagonismo creciente.

Aquí, como en tantos otros ámbitos, la rapidez con la que muta el sistema capitalista nos vuelve viejas las categorías cuando recién las estábamos inventando. Aún no hemos alcanzado a entender las consecuencias de la GDM sobre el modelo productivo, el sistema energético, el medio ambiente, el urbanismo o la gestión del tiempo, cuando las reglas del juego parecen cambiar de nuevo. Pero esos son los tiempos acelerados y esquizofrénicos que nos ha tocado vivir.

Esperamos que, humildemente, estas páginas ofrezcan algunos insumos para múltiples y necesarios debates orientados a vivir en un mundo más justo o, como mínimo, menos absurdo. Concluiremos con una reflexión final: si internalizáramos esos costes socioambientales que el sistema hegemónico externaliza, incluyendo aquellos sobre nuestra propia salud, ¿seguiría siendo tan barato el supermercado?

Nazaret Castro también es cofundadora del colectivo independiente Carro de Combate, dedicado a investigar los impactos socioambientales de los productos.

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