Internacional

Generación yihad: la radicalización de los jóvenes musulmanes

Más de 3.000 musulmanes vinculados con el yihadismo tienen pasaporte occidental. Las sociedades libres se enfrentan a un enemigo anónimo y ciertamente impredecible.

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17
Oct
2015
Miguel Ángel Cano | Fotos: Remy Gabalda (AFP) y Michel Setboun

Más de 3.000 musulmanes vinculados con el yihadismo tiene pasaporte occidental. Miguel Ángel Cano, profesor de Derecho en la Universidad de Granada, y autor de ‘Generación yihad. La radicalización islamista de los jóvenes musulmanes en Europa’, analiza por qué una nueva cantera del terror se está gestando en Europa.

Los atentados terroristas cometidos han causado conmoción a nivel planetario, confrontando de nuevo a la sociedad europea con una amenaza difusa, con un enemigo anónimo y ciertamente impredecible, a la vez que letal.

En estos ataques terroristas se han visto implicados jóvenes de procedencia inmigrante, han hecho resquebrajar el modelo francés de integración, llegándose incluso a afirmar que la rebelión de un sector de la juventud musulmana con pasaporte galo constituye la consecuencia en cierto modo lógica –aunque, evidentemente, injustificable– a cuatro décadas de segregación social, territorial y étnica.

En el año 1995, Francia ya vivió una oleada de acciones terroristas cometidas por el GIA argelino. El atentado más grave tuvo lugar el 25 de julio en la estación de trenes parisina de Saint-Michel, donde un artefacto explosivo acabó con la vida de ocho personas. Su principal responsable fue Khaled Kelkal, un joven de 25 años de origen magrebí, radicalizado en prisión, y que vivía en el extrarradio de Lyón.

Diez años más tarde, Francia se vio de nuevo confrontada con el enfado, la rabia y la frustración del joven colectivo inmigrante de religión musulmana. Efectivamente, la muerte el 27 de octubre del año 2005 de dos menores de origen extranjero en un barrio situado a las afueras de París desencadenó una ola de disturbios sin precedentes. Los autores de esta revuelta urbana eran, en su mayoría, menores y jóvenes asentados en las tristemente famosas ciudades periféricas o banlieues.

La Courneuve, barrio suburbial al noroeste de París

Pues bien, en este año 2015, Francia se ve de nuevo envuelta en unos terribles acontecimientos de naturaleza terrorista cuyos protagonistas vuelven a ser jóvenes franceses de origen extranjero y de religión musulmana.

Llegados a este punto, conviene analizar el papel que juega el islamismo radical en las vidas de estos jóvenes con pasaporte occidental. En este sentido, su experiencia vital viene caracterizada desde hace años tanto por aspectos de carácter ecológico (barrios marginales en la periferia de las ciudades galas), como, sobre todo, sociológico (desigualdad de oportunidades en lo relativo a la formación académica o acceso al empleo). Hace años, su vía de escape a esta frustración era la música rap o la delincuencia común. Hoy en día, el islamismo radical se percibe por estos jóvenes inmigrantes de segunda generación como un elemento de unión, como un lugar de consuelo donde compartir desdichas con otros individuos confrontados con los mismos problemas, pero que comparten la misma fe. Una vez (re)descubierto el Islam –en su versión más politizada y radical–, ese individuo que se siente improductivo experimenta una transformación, una especie de catarsis.

El problema descrito en los párrafos anteriores está alcanzando en las últimas fechas una considerable resonancia entre un sector de los jóvenes musulmanes que habitan en Europa, en parte debido al hecho de que el enfado de estos individuos es hoy susceptible de amplificarse gracias a la tecnología del siglo XXI. Efectivamente, mientras que en el pasado estos jóvenes alienados de sus sociedades «hervían a fuego lento» inmersos en un relativo aislamiento, hoy en día Internet ha cambiado radicalmente esta situación, impulsando de forma decisiva la expansión de lo que ya se conoce como «generación yihad».

Ante el contexto descrito en el cual, indudablemente, hay que situar los recientes acontecimientos vividos en Francia, la pregunta que necesariamente se plantea es de qué forma y con qué herramientas puede hacerse frente a esta nueva amenaza terrorista cuantitativa y cualitativamente distinta a la otrora proveniente del terrorismo tradicional. Pues bien, más importante si cabe que las reformas legales (las cuales, no hay que engañarse, pueden resultar completamente ineficaces ante terroristas suicidas inmunes a cualquier tipo de intimidación penal), es llevar a cabo un plan integrado para prevenir la radicalización violenta del colectivo joven musulmán; algo que, salta a la vista, no se ha realizado de forma efectiva en Francia. Se trataría de un plan complejo, a largo plazo y con la intervención de las partes «en conflicto», a saber, la administración del Estado en forma de políticas de integración social y laboral del colectivo inmigrante, para con ello evitar que estos jóvenes, en algunos casos ya nacionalizados, sean no obstante considerados negativamente diferentes; y, por otro lado, la comunidad musulmana asentada en Occidente. Es precisamente en el seno de dicha comunidad y, sobre todo –aunque no sólo– desde posiciones de autoridad religiosa reconocida, donde se ha de condenar sin paliativos el terrorismo que se proclama a sí mismo como yihadista, inhibiendo y/o contrarrestando procesos de socialización en una violencia promovida por organizaciones como Al Qaeda o el Estado Islámico.

Si el problema de la radicalización islamista en la diáspora occidental no se aborda con seriedad, cordura y, sobre todo, aunando esfuerzos e iniciativas por parte de la sociedad autóctona y el colectivo de origen inmigrante, el problema puede prolongarse durante varias décadas. Con los nefastos y terribles resultados que se han podido observar en Francia.

Miguel Ángel Cano es profesor Titular de Derecho Penal en la Universidad de Granada. 

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