Diversidad

La discapacidad movilizada

Luis Cayo Pérez, presidente del CERMI, describe cómo el colectivo de las personas con discapacidad se está movilizando para frenar unos recortes que pueden dilapidar las conquistas alcanzadas.

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30
Abr
2013
Por Luis Cayo Pérez, presidente del CERMI | Foto: Servimedia

Luis Cayo Pérez, presidente del CERMI, describe cómo el colectivo de las personas con discapacidad se está movilizando para frenar unos recortes que pueden dilapidar las conquistas -«aún muy insuficientes»- alcanzadas en los últimos 30 años.

Cuando alguien está en peligro, cuando alguien siente una amenaza inminente, que pone en riesgo su integridad y hasta su misma supervivencia, esa persona lanza un SOS, una llamada de socorro pidiendo y esperando una ayuda que le permita salir  con bien de esa situación de absoluta emergencia.

Pues bien, las personas con discapacidad, más de 4 millones de ciudadanos, más de 12 millones si incluimos a sus familias (en 1 de cada 4 hogares españoles se da una situación de discapacidad), hemos lanzado un SOS colectivo, una llamada de socorro masiva, coreada por miles de mujeres y hombres, con discapacidad y sin ella, pues lo que hemos logrado en términos de derechos, inclusión y bienestar en estos últimos 30 años, todavía muy insuficiente y todavía muy precario, amenaza ruina.

Años de una crisis económica aterradora, como nunca se ha visto, y años sobre todo de políticas tóxicas y de decisiones socialmente crueles, en todos los niveles -europeo, nacional, autonómico y local-, que parecen cebarse con los más frágiles, están acabando de lleno con las todavía humildes cotas de inclusión y participación alcanzadas por las personas con discapacidad y sus familias con tanto esfuerzo en estas últimas décadas.

A lo largo de los años, las personas con discapacidad y sus familias hemos sido una minoría discreta y aislada, imperceptible para los poderes y autoridades, y para la sociedad. Hemos sido pacientes y hasta lentos, a la hora de reclamar nuestros derechos, violados en numerosas ocasiones y en múltiples ámbitos. No hemos levantado demasiado la voz para señalar la evidencia de que la discapacidad es una cuestión aún no resuelta, lo que ha llevado a pensar a algunos que al no oírse gritos, no hay había ningún problema. Pero ser pacientes, no quiere decir en absoluto que seamos pasivos ni menos aún sumisos; ser discretos, no significa que no existamos y que por tanto no tengamos presencia y entidad sociales. Ser pausados, no significa que toleremos agresiones como las que se están produciendo.

Las personas con discapacidad y sus familias somos, estamos y contamos, y reclamamos ahora con toda firmeza compartir como los demás un espacio social construido sobre bases diferentes. Un espacio social abierto a esta parte de la diversidad humana, que la acoja y la respete, y que permita liberar el enorme potencial que encierra.

Si nadie lo remedia, estamos a un paso de que la discapacidad sea considerada como zona catastrófica. Si en los mejores momentos económicos, las personas con discapacidad y sus familias no llegamos a disfrutar del bienestar generalizado, en las épocas pésimas, como esta, sufrimos las consecuencias más devastadoras de la crisis. Es tan triste como verdad: nunca llegamos a participar del festín, cuando lo hay, pero somos los primeros a quienes se nos quitan hasta las migajas.

No es necesario cargar las tintas, porque los datos están ahí, tozudos y acusadores. Estos años están siendo un museo de los horrores para esta parte de la ciudadanía. Incumplimiento sistemático y estructural de muchas de las leyes aprobadas pretendidamente para defender nuestros derechos; aumento de la pobreza y la exclusión, de por sí alta, entre las personas con discapacidad, que se enfrentan además a un sobrecoste de hasta un 40% a la hora de adquirir los mismos productos y servicios que los demás ciudadanos; abandono de los apoyos a la familia, que queda como única y solitaria red de soporte, cada vez más exhausta, sin apenas ya capacidad de resistencia.

No somos una isla. Formamos parte de la comunidad y somos plenamente conscientes de que toda la sociedad atraviesa inmensas dificultades. No queremos tratos privilegiados ni ventajas injustificadas. Corremos la suerte de la ciudadanía y solo nos salvaremos a condición de que nos salvemos todos y todas, globalmente. Nos sentimos corresponsables de la buena marcha y del mantenimiento y extensión del bienestar a todas las capas de la población, y somos solidarios, pues conocemos el alto precio de la exclusión y la marginación. Pero no se nos puede pedir ni imponer que llevemos, otra vez más, la peor parte.

El pasado día 2 de diciembre de 2012, las personas con discapacidad y sus familias hicimos un gesto multitudinario de afirmación de nuestros derechos, de nuestro proceso de inclusión y del bienestar logrado, que no nos vamos a dejar arrebatar. En un acto inédito en España y en el mundo, casi 100.000 personas tomaron las calles de Madrid en la mayor movilización cívica de la discapacidad de tiempos recientes. Hemos dejado de ser las víctimas fáciles de la historia y de la vida en sociedad, para ser también coprotagonistas de la misma. Por eso nos movilizamos.

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