Petróleo de sangre

petróleo

«Las leyes permiten que los metales expoliados en Congo sean comprados y apropiados legalmente»

«Debemos parar de comprar recursos
a quien tenga
más armas, y comprárselos a quien sea responsable
ante su pueblo»

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Más de la mitad del petróleo con que se comercia diariamente en el mundo es robado. Autócratas como Putin o los príncipes saudíes invierten el dinero del petróleo en armas y represión, y las milicias del Estado Islámico o la República Democrática del Congo utilizan el mismo dinero en financiar sus guerras. En el libro ‘Petróleo de Sangre’ (Armaenia), Leif Wenar analiza las reglas ocultas que vinculan Occidente con el comercio de sangre y cómo podemos liderar una revolución global pacífica acabando con nuestra dependencia del petróleo suministrado por regímenes autoritarios, minerales de zonas en conflicto y otros recursos naturales robados.

Los recursos naturales deberían ser una bendición para los países que los poseen. ¿Por qué, entonces, oímos hablar de «la maldición de los recursos»? El Estado Islámico vende dos millones de dólares de petróleo al día para convertirse en el grupo terrorista más rico del mundo. Arabia Saudí condenó a un bloguero a mil latigazos por escribir sobre la libertad de expresión. La élite angoleña gasta los ingresos por petróleo de su país para mantener sus desmesurados ritmos de vida mientras su depauperada población mantiene la tasa de mortalidad infantil más alta del mundo. Las milicias ultraviolentas del Congo saquean los minerales que acabarán en los teléfonos móviles. Esa es la maldición de los recursos.

Tenemos esos teléfonos, hechos de metales saqueados por milicianos congoleños a punta de pistola, porque las leyes de nuestros países dicen que los metales expoliados en Congo pueden ser comprados y apropiados legalmente. Lo mismo ocurre con los dirigentes de los propios países de origen. Si esta noche unos soldados derrocan el Gobierno de un Estado rico en petróleo como Guinea Ecuatorial, mañana la ley permitirá que tengamos el derecho legal de comprar petróleo ecuatoguineano de esos militares.

Sin embargo, si una banda armada toma una gasolinera en Madrid, la ley española no permite comprar legalmente a esa banda. Así que, ¿por qué la ley permite comprar petróleo de dictadores y milicias extranjeras? Ésta es la norma que legaliza las compras de petróleo y minerales provenientes de países autoritarios y en conflicto; y ésta la norma que envía el dinero de los consumidores de vuelta a los dictadores y señores de la guerra.

Las buenas noticias son que podemos superar la maldición de los recursos aboliendo la ley del más fuerte. Lo único que debemos hacer es cambiar nuestras propias leyes para que encajen con los principios en los que creemos. La mayor parte de la gente piensa que un país no pertenece a quien sea que esté en el poder, sino a su pueblo. Debemos parar de comprar recursos a quienquiera que tenga más armas, y comprárselos a su legítimo dueño: el pueblo de ese país. Debemos cambiar nuestras propias leyes para que solo compremos recursos naturales de lugares donde los funcionarios y políticos sean responsables ante su pueblo.

Es más fácil de lo que parece y será una apuesta ganadora, una forma de empezar a respetar los derechos de las personas en todo el mundo. Esto animaría a los demócratas a exigir reformas en sus propios países, y sería la mejor oportunidad para la paz en lugares como Oriente Medio. Y cesar las relaciones comerciales con los autócratas petroleros de Oriente Medio es la mejor manera de acabar con la narrativa del «cruzado occidental» que todavía hoy recluta tantos extremistas. Nuestra mejor estrategia contraterrorista es ponernos —de una vez— al lado de los pueblos de estos países.

Mejor aún: una transición para acabar con el petróleo autoritario puede ser también una transición hacia fuentes de energía renovables. Con un plan «de autócratas a alternativas» podemos mejorar el clima a la vez que nos plantamos contra la guerra, la tiranía y el extremismo. Puede resultar optimista, pero si actuamos juntos se puede lograr. Podemos realmente crear un mundo mejor para el futuro, un mundo más allá del petróleo de sangre.


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