¿Están sobrevaloradas las oficinas abiertas?

Oficinas

Phil Edwards: «Las oficinas abiertas no fueron inventadas por los millennials»

Frank Lloyd Wright: «La arquitectura de la libertad necesitaba ir más allá de salas de cuatro paredes»

Jan Pejtersen: «Las bajas por enfermedad aumentan un 62% en oficinas abiertas»

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Espacios diáfanos con mesas compartidas que reservan las paredes para contadas salas de reuniones y alguna zona común donde tomar el café. La estructura de las oficinas abiertas está tan globalizada que dos espacios de trabajo de lugares tan remotos como Madrid y Singapur coincidirían casi al 100%. Para justificar su proliferación se han usado argumentos monetarios: optimizan el espacio y aumentan la productividad; y otros más enraizados con la cultura millennial: el trabajo en equipo. Pero, ¿tienen realmente tantos beneficios como se ha hecho creer?

Phil Edwards, periodista del medio de comunicación estadounidense VOX, tiene una opinión clara: «Son terribles». A través de un vídeo, Edwards analiza estos lugares de trabajo con el objetivo de desmontar los mitos que los rodean. En un viaje al origen del concepto muestra el error que hay en relacionar las oficinas abiertas con las últimas décadas y los modelos de negocio actuales, véanse las startups y el coworking. «Las oficinas abiertas no fueron inventadas por los millennials», sentencia Edwards mientras muestra la imagen de una oficina de correos londinense de 1872. El periodista va más allá y afirma que «existen grandes espacios abiertos de trabajo que datan de 1754».

A pesar de estos ejemplos aportados por Edwards, lo cierto es que las oficinas con estas características no eran la tónica general. Entonces, ¿cuándo llegaron para transformar definitivamente el entorno empresarial? No fue en los años noventa con las compañías de Silicon Valley ni, desde luego, en la primera década de los dos mil con las startups de aplicaciones móviles. «En 1900 más y más gente empezó a pasar los días dentro de una oficina. Un genio decidió que quería hacer las oficinas más abiertas con el propósito de trabajar mejor», comenta Edwards.

El artífice de su expansión es el arquitecto estadounidense Frank Lloyd Wright. En 1939, diseñó en Wisconsin las oficinas de la compañía Johnson. El arquitecto definió así el punto de partida: «La arquitectura de la libertad y de la democracia necesitaba algo que fuese más allá de las cajas (en referencia a las salas cerradas con cuatro paredes)». La oficina abierta de Wright está construida con altas y esbeltas columnas que sujetan el techo de cristal y los puestos de trabajo son mesas individuales con el espacio suficiente entre ellas como para moverse libremente. Sin embargo, luego «los arquitectos eliminaron los trabajos de diseño que cuidaban y mimaban los detalles e hicieron una copia detrás de otra, pero sin un genio detrás», explica Edwards. Algo similar a lo que pasaba con las palabras en el famoso juego del teléfono escacharrado. El resultado fue la oficina estructurada en cubículos con paneles divisorios que no alcanzaban el techo, pero paneles, al fin y al cabo.

Falta de satisfacción profesional y más bajas por enfermedad

Aunque estas divisiones van desapareciendo, el aspecto y el diseño de las oficinas actuales no se corresponden con la idea original de Wright, pero ¿qué hay de los elementos positivos de comunicación y aumento de la productividad? Las compañías con oficinas abiertas proyectan una imagen de modernidad, de un modelo de trabajo más centrado en el equipo y menos individualista y un ambiente más relajado en el que los compañeros terminan siendo amigos. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. El psicólogo organizacional Matthew Davis analiza más de cien estudios sobre el ambiente de trabajo de las oficinas abiertas. Sus conclusiones so las siguientes: «Aunque a menudo fomentan que los empleados se sientan parte de una empresa más relajada e innovadora, lo cierto es que están perjudicando la atención, la productividad, la capacidad creativa y la satisfacción de los trabajadores».

Los más escépticos en relación con las oficinas abiertas tienen, además, un nuevo argumento para criticarlas: la salud. ¿Son las oficinas abiertas más propensas a los virus? Un estudio danés de 2011 llamado Las bajas por enfermedad asociadas a las oficinas compartidas y de planta abierta, concluye que sí. Su autor, Jan Pejtersen, afirma que «los trabajadores que comparten espacios de dos en dos enferman un 50%  más que las que lo hacen en oficinas individuales. El índice de bajas por enfermedad aumenta en un 62% cuando se trata de trabajadores de oficinas completamente abiertas».

Oficinas abiertas, sí, pero con matices

Eso es lo que opina Alfredo Fernández Lorenzo, consultor de estrategia empresarial y profesor de EOI. En su blog explica que, evidentemente, el modelo de oficinas abiertas no es el ideal para todo tipo de empresas, pero que existen aspectos que se pueden aplicar a estas estructuras para mitigar sus efectos negativos. No se puede obviar que cada vez es más habitual disponer de espacios reducidos por el precio de los locales, así que las oficinas abiertas, a veces, no son una opción.

Fernández Lorenzo recomienda orientar la oficina abierta a un «modelo sin papeles», de manera que se pueda trabajar sin puestos fijos; que el espacio diáfano incluya a los altos cargos de la empresa para que no se generen empleados de primera y de segunda; no aprovechar la falta de intimidad para ampliar la vigilancia sobre los empleados; reservar algún espacio cerrado para reuniones y teleconferencias; y mejorar las aptitudes tecnológicas para fomentar el teletrabajo.


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