Tiempo libre: ¿un bien perecedero?

Tiempo

Solo al 13% de los empleados del mundo les gusta ir a trabajar

El ocio diario reduce el riesgo de tener diabetes e hipertensión y mejora la salud mental

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El tiempo libre es un bien preciado, por escaso. Pero al mismo tiempo es nuestra pertenencia más primigenia. En cuanto salimos del útero lo único que realmente tenemos en propiedad es tiempo libre, y lo vamos perdiendo según crecemos y asumimos responsabilidades. Es un concepto que ha sido objeto de sesudos análisis. Los actuales incluso lo ramifican: no es lo mismo tiempo libre que ocio. El área de Psicología de la Fundación Universitaria San Gil especifica en un estudio que el primero es «aquel que no se utiliza para trabajar, comer o dormir. Este tiempo está a disposición y es decisión de cada uno utilizarlo correctamente». En cuanto al ocio, «es el tiempo libre que utilizamos para hacer lo que nos gusta y para el crecimiento y desarrollo personal».

Estos conceptos ya eran muy apreciados en los albores de lo que hoy conocemos como civilización. En la Grecia clásica, la vida lúdica y la contemplación se veían como vehículo fundamental para el desarrollo personal. Aristóteles consideraba que solo a través del ocio se podían alcanzar las virtudes humanas. El filósofo lo extraía del trabajo útil y productivo, que eran meras y desdeñables consecuencias de una sociedad estructurada, y primaba como principales actividades la reflexión y la meditación.

La importancia del tiempo libre ha quedado reflejada a lo largo de nuestra historia. Muchos genios no lo hubieran sido (o no habrían podido compartir su talento) de no haberlo tenido. El dramaturgo George Bernard Shaw dijo en una ocasión que «una persona instruida es alguien ocioso que mata el tiempo estudiando». El filósofo Bernard le Bovier de Fontenelle dejó clara su postura ante la vida contemplativa (en concreto, de estrellas) en una frase escueta: «La astronomía fue hija del ocio». El escritor William Lyon Phelps se explayó más: «Aquellos que decidan utilizar el ocio como un medio de desarrollo mental, que aman la buena música, los buenos libros, las buenas fotos, las buenas obras de teatro, la buena compañía, la buena conversación, ¿qué son? Son las personas más felices del mundo».

Si partimos de cifras referenciales, el ser humano dedica ocho horas a dormir, otras ocho a trabajar, una a trasladarse y dos para alimentarse. A lo largo de un día completo le restarían, por tanto, cinco horas para dedicárselas a sí mismo. Quienes tienen responsabilidades familiares, claro, ven reducida esta cuota dramáticamente. Y no hay que olvidar que, por la manera en que está concebida una jornada de actividad, el tiempo libre suele estar relegado al final del día, cuando cae la noche y una persona acusa el cansancio de llevar la mayor parte del día despierta.

En un mundo ideal de jornadas laborales estrictas, el trabajo supone la tercera parte del tiempo que pasamos despiertos. En algunos casos, el empleo de una persona coincide con su vocación vital y, por tanto, con su realización personal (ese concepto aristotélico al que solo se llega por el ocio). Pero son los menos, tal y como demuestra una encuesta realizada hace cuatro años por la agencia de estadísticas Gallup en 140 países: solo al 13% de los empleados del mundo les gusta ir a trabajar. Y el 63% confesó estar absolutamente desmotivado y no dispuesto a realizar un esfuerzo extra. No son datos etéreos. Este último porcentaje casi coincide con el 61,5% de españoles que afirmaron, en una encuesta de Analistas Socio-Políticos (ASP), que trabajan «solo para cumplir».

Otro estudio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) desvela que en España dedicamos de media, al año, 1.691 horas a trabajar. Suenan a mucho, pero puede ser peor. Estamos por debajo de la media de los 38 países analizados, y nuestra vecina Portugal roza las 2.000 horas, que México, el primero de la lista, supera holgadamente. Un dato llamativo: el país que menos horas trabaja al año (1.371) es Alemania. Una de las sociedades más desarrolladas del mundo.

A este respecto, y visto que en lo más bajo del listado se agrupan algunos de los países con mayor renta per cápita (Dinamarca, Noruega, Suiza o Suecia), se colige que el tiempo libre empieza a ser un producto de lujo y por tanto, fuente de desigualdades. La doctorada en Educación Carmen Omaira Calderón apunta en su tesis que «el avance de la ciencia y la tecnología, a la par que la sociedad de consumo, nos ofrece cada vez mayores posibilidades de diversión, desarrollo personal y derroche», pero advierte: «No obstante, abre nuevos focos de desequilibrio, ya que depende en gran medida de las posibilidades económicas que presente determinada sociedad. En el caso de carencia, la generalidad va a dedicar la mayor cantidad de tiempo posible a actividades laborales, con lo cual disminuye el tiempo de ocio y con ello la dedicación a sí misma. En el caso contrario, una bonanza económica permite que el tiempo disponible de los adultos sea dedicado a actividades sociales, de instrucción o de formación, entre otros».

El tiempo libre no solo es un vehículo de desarrollo personal y, por extensión,  de toda una sociedad. También es una cuestión de salud, como afirman psicólogos clínicos de la red de centros de salud Quirón: «Las actividades que no tienen que ver con el trabajo tienen como propósito quitar o disminuir el estrés y tener ocupada la mente en otras cosas que no sean las obligaciones, para así tomar conciencia de uno mismo. El ocio es importante porque da energía positiva a la persona, refresca la mente y ayuda a largo plazo a mantener la salud y tener paz mental. Las investigaciones han demostrado que un poco de ocio diario reduce el riesgo de tener diabetes e hipertensión y mejora la salud física, mental y la calidad de vida».

El esparcimiento es un bien fundamental desde el punto de vista social y económico, y además atañe a la salud pública. Algunos países ya han tomado nota. Por desgracia, no es nuestro caso. Según el último informe del Instituto Nacional de Estadística (INE), los trabajadores españoles a media jornada han triplicado sus horas extras desde 2008. Si ampliamos el foco a empleados de toda índole, en España se acumularon, en 2015, más de 126 millones de horas trabajadas fuera del horario laboral. Un 11,3% más que el año anterior. Por cierto: más de la mitad, no fueron remuneradas.


COMENTARIOS

  1. Seria conveniente, en este tema, leer el libro de Paul Lafarge (yerno de Carlos Marx) titulado: “Derecho a la pereza”. Rompiendo topicos


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