«Los transexuales todavía sufren agresiones y discriminación laboral»

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«El machismo más difícil de erradicar es el que está más en el hueso, el más sutil»

«Hay un yo social en el que nos sentimos cómodos que es una construcción mental. Luego tenemos nuestro propio yo, con el que ajustamos cuentas»

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Uno de los inspectores más brillantes de la brigada, Carlos Luna, se enfrenta a un crimen espinoso al tiempo que encara un cambio de sexo. Y como telón de fondo la reflexión de que una sociedad machista es una sociedad abocada al desastre. Así es ‘El final del hombre’ (Alfaguara), la última novela de Antonio Mercero (Madrid, 1969), periodista (colaborador en ‘La gaceta de los negocios’ en Nueva York), guionista (‘Farmacia de guardia’ -dirigida por su padre- u ‘Hospital central’) y autor de miniseries como ‘El rey’, de Fernando Colomo.

Haciendo un juego de palabra con el título de la novela, ‘El final del hombre’, ¿cuál es?

Espero que el final de una sociedad que ha sido ancestralmente masculina y que está pivotando, no digo hacia una sociedad femenina, pero sí hacia una sociedad más igualitaria. Ese es el final del hombre. Este libro quiere atizar a los hombres que todavía no se han enterado de ese cambio de paradigma social, eso es lo que simboliza mi personaje, que empieza siendo hombre y termina siendo mujer, el mismo viaje que está haciendo, a pasos pequeños, esta sociedad. Por desgracia, aún quedan muchos resabios machistas que trato de contar y de denunciar con esta novela; quiero dar un toque de atención a los hombres que todavía no se han enterado de esto.

¿Es posible acabar con el machismo más profundo, con esa estructura patriarcal que impregna todos los ámbitos?

Es muy difícil, sobre todo erradicar el machismo que está más en el hueso, que es más sutil, pero hay que extirpar cuestiones que nos deberían sonrojar y que están ocurriendo, me refiero a algunas desigualdades concretas.

¿Por ejemplo?

Me parece increíble que se den, a día de hoy, desigualdades como el que una mujer gane menos que un hombre, o algunas cuestiones de conciliación. Ya deberían estar superadas. El otro tipo de machismo, ese que va en el ADN, es cuestión de generaciones.

Hemos conocido inspectoras misóginas, lesbianas o también bisexuales, como Agatha Blanc, de Jesús Ferrero. ¿Por qué decidió que la suya fuera transexual?

Como casi siempre que se enciende el motor de un escritor, fue algo casual. Esta novela surge a raíz de la historia que me cuenta una amiga, la de una policía inglés, transexual, que pasó de hombre a mujer, y me contó las penalidades que tuvo que sufrir para ser aceptada en su trabajo y socialmente, del dolor de su decisión ante su mujer y sus hijos. Mi personaje cuenta ese dolor, y confrontar a un transexual con un mundo tan viril como la policía me gustó. Me di cuenta de que es una elección peligrosa por resultar demasiado peculiar, así que tenía que convertir la novela en una reflexión sobre el cambio de la sociedad hacia una sociedad más igualitaria, más femenina. Dentro de ese argumento, el personaje simbólicamente se ajustaba mucho mejor, eso me cuadró y me decidí.

¿Lo más complicado por lo que tiene que pasar un transexual es hablar con sus hijos y contárselo?

En el caso real, en el que me inspiré para escribir mi historia, sí. Cómo explicar a tu hijo que dejas de ser hombre para ser mujer. Y entonces, ¿qué? ¿Te conviertes en otra madre? ¿En un padre disfrazado de mujer? Esto es una empanada para el niño considerable; sí, quizás sea lo más difícil. Hablé varias veces con la policía transexual inglesa sobre esto, lo que pasa es que muchos transexuales no tienen hijos y no tienen que pasar por este trance. Los transexuales aún provocan más rechazo que los homosexuales, que han conseguido más aceptación y visibilidad, pero los transexuales todavía sufren agresiones, casi no tienen acceso al mercado laboral, es un colectivo muy escondido y con salidas laborales mínimas; la prostitución, lo que les coloca en la marginalidad, aunque la transexualidad puntúa; y cuidar ancianos en residencias. Algo en el mundo del cine, pero muy poco. Y hasta que no tengan la capacidad de insertarse laboralmente no podrán desarrollar una vida plena.

¿Cómo se coloca como escritor en la cabeza de un transexual?

Como me coloco en la cabeza de cualquier personaje que me toca escribir; en esta novela hay personajes para mí muy difíciles de imaginar, como ese amante de la heráldica tan antiguo, con esa reciedumbre, que vive en un castillo.

Pero ese tipo de personajes se pueden construir con lo que uno ha vivido, leído, visto en el cine, con lo que le van contando… pero la transexualidad es un tema tan tabú…

Para mí es un viaje. Cuando me pongo a escribir e investigar sobre esto, te das cuenta de que la transexualidad es uno de los viajes más asombrosos que se pueden hacer, de un sexo al opuesto, es muy difícil de imaginar. Incluso con la herramienta de la imaginación. Pero, a la vez, es un reto muy bonito, hablas con gente, utilizas tu instinto, tiras de documentación y de oficio y al final eres capaz de imaginarte lo que no te puedes imaginar realmente: los padecimientos de estar en un cuerpo equivocado. El escritor juega a eso, a travestirse de todos los personajes y ver qué sale.

De Luna, la protagonista, ¿qué le fascina más, su astucia o su intuición?

Su intuición. Me gusta más el lado intuitivo que el lado astuto que ha de tener un policía; obviamente, tiene todas estas cualidades policiales, el instinto, la astucia, el olfato, la sagacidad, todas las tiene adormecidas por su tratamiento hormonal, que le provoca somnolencia, agresividad, apatía, depresión… para un policía en activo que investiga un crimen mediático resulta un obstáculo muy poderoso. Tienen las mejores cualidades pero mermadas por el proceso en que se encuentra.

¿Por qué tiene que haber siempre un policía cascarrabias?

Hay personajes arquetipos en la novela negra, un jefe tocapelotas es uno de ellos, es muy difícil sortear todos los tópicos cuando haces una novela de género. En este caso, que tengo un personaje de un hombre que se convierte en mujer, es necesario tener un superior así. Cuesta que te acepten cuando cambias de sexo, incluso para tus amigos más progres. Ese personaje me interesa que esté enfadado y tanga mala leche.

Natalia, su ex, se convierte en un su sustento; Laura, su amante, mantiene cierta ambivalencia cuando se entera de lo que sucede. ¿De qué depende que uno acepte esta realidad o la rechace?

Laura, amante de ella cuando ella era Carlos, se siente un poco estafada; Carlos lleva dos años en terapia, un requisito indispensable para cambiar el sexo, al igual que el tratamiento hormonal, y lo llevaba en secreto, así que reacciona como una amante desairada; además, el cambio de sexo de la persona que te gusta es un trauma porque ¿en qué situación queda la relación que tenía contigo? Es complicadísimo que quede como antes. A Laura le cuesta. Natalia, su ex, no tiene esas reservas, ha conocido el proceso desde el principio y considera un cierto alivio darle nombre y apellidos a los problemas matrimoniales que tenían. Cómo iba a salir bien ese matrimonio. Le exime de culpa en estas cosas de los naufragios de pareja, sentimentales, de pronto hay una razón que lo explica todo. Por otro lado, el protagonista tenía que tener un asidero emocional, una colaboradora en este viaje, y que fuera su ex, que resulta original e inesperado, me parecía creíble.

Si hay algo que nos enseña la novela negra es que todos escondemos algo…

Esa es una pregunta chula, el tema de las máscaras que llevamos, el farsante o impostor que llevamos cada uno, la cuestión de que no podemos conocer del todo a nadie, incluso a veces eres un impostor de ti mismo; de pronto descubres cosas sobre ti que no eran ciertas, o que lo eran y tú no lo sabías. Imagínate de cara a los demás; creo que hay un yo social en el que nos sentimos cómodos y eso es muchas veces una construcción mental, no real. Luego tenemos nuestro propio yo, con el que ajustamos cuentas, pero para el social, necesitamos un vestido que nos quede bien. Hay máscaras, muchas, de muchos tipos, a la gente no le gusta exponerse del todo.

El que uno se quite sus máscaras, ¿depende de uno o de cómo nos mira el otro?

Te pueden quitar la máscara a ti; el que mira es soberano en el criterio de lo que está viendo; por mucho que tú quieras que te vean de una manera no puedes forzar el criterio de quienes te miran. El que te mira puede quitarte máscaras o verte de una manera distinta a como eres. No sé si nos quitamos o nos ponemos máscaras, eso varía según el trabajo de introspección de cada uno. Hay quien querrá saber lo que es y no lo que aparenta ser. También conozco personas que cada vez llevan más máscaras que las aleja de la persona que son o que yo creo que son, porque hay dos miradas distintas, la propia y la ajena.

Lo del protagonista es titánico, desde la primera línea lucha contra la medicación, contra la mirada del otro, el prejuicio, el criminal del caso que investiga… se va a caer en cualquier momento.

Sofía Luna está como funambulista en la cuerda floja toda la novela, en un viaje emocional complicadísimo, un viaje al otro sexo, alucinante y asombroso y lleno de peligros, y tiene que resolver un crimen, eso le da mucha potencia al personaje. Está muy conseguido, el personaje más connotado no puede estar, es un reto del que estoy satisfecho.

¿La vida es tan enrevesada como la literatura o la literatura pone un poco de claridad y orden a lo vital?

La vida es muy enrevesada y diabólica, en los engaños, en las cosas que consideramos prioridades y no lo son, en cómo está montada la sociedad, los horarios de trabajo… No es tan fácil la vida, y menos si tienes un poco de sensibilidad; la literatura ayuda a ordenar, aunque refleje -como este libro- una sociedad patas arriba con muchos resabios machistas… pero, al fin y al cabo, esto es ficción y es consolador.

Ya está preparando la siguiente entrega de Sofía Luna. ¿Por qué continuar con el personaje?

Una continuación tiene el riesgo de que te repitas, pero el personaje tiene muchas cosas que contar todavía, ya que termina en una mesa de operaciones para la reasignación de sexo; eso tiene secuelas, el reto de la vuelta al trabajo, cómo va a integrar su vida sexual… tiene recorrido el personaje, su viaje aún no ha culminado.

¿Qué diferencia, como escritor, existente a la hora de trabajar sobre un guion respecto de una novela?

En el guion hay un presupuesto, es decir que no puedes escribir de todo, no puedes enviar a tu personaje al desierto del Sahara, y es un trabajo de equipo muy vigilada por todo, está muy armado el mapa de tramas y no te puedes salir de él; en definitiva, escribes lo que te toca, es un trabajo en equipo. Y la novela es un trabajo muy libre y solitario, sin ninguna cortapisa. Esta es la gran diferencia. Los diálogos pueden ser similares, pero en el guion las acotaciones son muy lacónicas, la novela tiene que tener un cuerpo de un narrador y hay que crear ese caudal, que no es fácil.

Es muy cinematográfica esta historia…

Sí, lo es, tiene un protagonista muy definido, con un conflicto interior y que, además, tiene que resolver un crimen. Ya veremos si termina siendo o no una película, pero desde luego sí se presta.

¿Qué sucede con las series, que parece atrapar el mayor caudal de creatividad?

Se están haciendo muy bien, la mejor ficción está en las series de ficción, en las americanas, también en las inglesas, y nosotros estamos mejorando mucho las narrativas. Hay series magníficas. Y, no nos engañemos, es más fácil ver un capítulo que coger un libro.


COMENTARIOS

  1. Recuerdo a finales de los 60s un reportaje sobre un matrimonio inglés con 2 hijos, diseñadores de unos zapatos muy locos, plataformonas y tal, que deciden ella ser él y él ella, con hormonas y lo que hubiera en la época, no recuerdo, recuerdo bien las fotos, que eran muchas. Continuaban conviviendo juntos y casados y con sus niños.


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