¿Por qué tener tanto significa tan poco?

escasez

«Por escasez entendemos tener menos de lo que se percibe como necesario»

«La consecuencia de tener menos de lo que se desea es simple: no hay felicidad»

«La escasez no es solo una limitación física, es también un estado mental»

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«Para el hambriento, la necesidad es la comida. Para quien está muy ocupado, puede ser un proyecto que debe terminar. Para quien carece de efectivo, puede ser el siguiente pago de renta; para el solitario, la falta de compañía. La escasez es más que solo el disgusto por tener muy poco. Cambia la forma de pensar». El libro ‘Escasez, por qué tener poco significa tanto’ (Fundo de Cultura Económica), de Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir, plantea que la escasez altera la forma en que juzgamos las cosas y a menudo conduce a elecciones que ponen en entredicho la racionalidad de los agentes económicos.

Por escasez entendemos tener menos de lo que se percibe como necesario. En el caso del problema del desempleo, es también un problema de escasez financiera. Al perder un empleo, el presupuesto de repente queda muy ajustado: muy poco ingreso para pagar la hipoteca, las mensualidades del automóvil y los gastos diarios. El problema del creciente aislamiento social es una forma de escasez social, de personas con muy pocos vínculos sociales. El problema de la pobreza global -tragedia de multitudes de personas en todo el mundo que deben sobrevivir con dos dólares- es otra clase de escasez financiera. A diferencia del repentino y tal vez pasajero ajuste del presupuesto debido a la pérdida de empleo, la pobreza implica un presupuesto siempre ajustado.

Estos problemas se presentan en diferentes culturas, condiciones económicas y sistemas políticos, pero en todos actúa la escasez. ¿Puede existir una lógica común para la escasez, que opere en todos estos diversos escenarios? ¿De dónde proviene la sensación de escasez? Desde luego, los límites físicos tienen su parte: dinero en la cuenta de ahorros, deudas, actividades por terminar. Pero lo mismo ocurre con nuestra percepción subjetiva de lo que importa: ¿cuánto debemos realizar? ¿Qué importancia tiene esa compra? Esos deseos se moldean según la cultura, la crianza e incluso la genética.

Podemos anhelar algo debido a nuestra fisiología o porque nuestro vecino lo tiene. Así como el frío que sintamos depende no solo de la temperatura absoluta sino también de nuestro propio metabolismo, de igual manera la sensación de escasez depende de lo disponible y de nuestros gustos. Muchos analistas -sociólogos, psicólogos, antropólogos, neurocientíficos, psiquiatras y hasta especialistas en mercadotecnia- se han dado a la tarea de descifrar qué explica estos gustos. En la medida de lo posible, aquí evitamos ese análisis. Dejamos que las preferencias sean lo que son y nos concentramos en cambio en la lógica y las consecuencias de la escasez: en lo que ocurre en la mente al sentir que se tiene muy poco y en la manera en que esto determina nuestras decisiones y comportamientos.

Como primera aproximación, la mayoría de las disciplinas, incluso la economía, dice lo mismo sobre este asunto. La consecuencia de tener menos de lo que se desea es simple: no hay felicidad. Además, puede tener repercusiones, por ejemplo, en la salud, seguridad o educación. La escasez genera insatisfacción y conflictos.

La escasez no es solo una limitación física, es también un estado mental. En cierto modo, nuestro argumento en este libro es muy sencillo. La escasez captura nuestra atención y esto nos proporciona un beneficio muy estrecho: tenemos un mejor desempeño al ocuparnos de las necesidades apremiantes. Pero de manera más amplia, pagamos un costo: descuidamos otros asuntos y somos menos eficientes en el resto de nuestra cotidianidad. Con este argumento no solo se explica cómo la escasez conforma nuestra conducta, también produce algunos resultados sorprendentes y arroja nueva luz sobre la forma en que podemos manejar nuestra escasez.

Gran parte del libro recurre a investigaciones originales llevadas a cabo en escenarios como laboratorios universitarios, plazas comerciales y estaciones ferroviarias, así como comedores gratuitos para los pobres en Nueva Jersey y campos de caña de azúcar en la India. También releímos estudios antiguos a la luz de nuestras nuevas hipótesis, reinterpretándolos de muchas maneras que quizá los autores originales no anticiparon. Con esta evidencia construimos nuestro caso para presentar una nueva perspectiva. Aún queda mucho por hacer, y en ese sentido nuestro libro es una invitación, un asiento en primera fila en un proceso de descubrimiento.


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