Por qué los rockeros se enfrentaron a Mahou

Mahou

Las bandas no solo no cobran por tocar en salas, sino que tienen que pagar por hacerlo

Vetusta Morla: «Me gusta la cerveza pero cuando trabajo prefiero que me paguen, no que me den un botellín»

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Porretas es un grupo de música litronero. En esta denominación etílicamente coloquial se engloban esas bandas españolas que hacen punk, rock, o las dos cosas, pero sin mucha premeditación en el estilo. Esas que agarran un par de guitarras eléctricas bien distorsionadas, una batería de bombo contundente y un bajo que remarca las partes más irreverentes de sus canciones. Hablamos de Mamá Ladilla, Soziedad Alkoholika, Eskorbuto… U otras más «suaves» como los propios Suaves o Extremoduro. Son gente que practica rock sin buscar conceptualizaciones enrevesadas ni forzar manierismos. Hacen rock sin cortapisas. Y pasan de todo lo que no sea el rock.

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Por eso sorprende que, precisamente, una banda como Porretas se haya visto en el vórtice de una polémica que los acusa de menospreciar el oficio de músico. De venderse por unas cervezas, en lugar del pecunio que les corresponde como trabajadores del rock que son. Porque el rock bien tocado requiere muchas horas de práctica, muchos viajes, y mucho curro. La culpa de todo es de una anécdota inofensiva. Pero, sobre todo -y posiblemente sin querer- de Mahou. La litrona que los define, es ahora su penuria.

Resulta que la empresa cervecera decidió hacer un anuncio de cercanía y, qué mejor para acercarse que una banda tan desprendida como Porretas, y un pueblo de población tan insignificante como Pejanda (una aldea del Valle de Polaciones, en Cantabria). La historia del polémico anuncio es como sigue: una banda de versiones rock, Los Desleales, recaló en ese lugar y el alcalde les dijo que no tenía dinero para pagar su bolo. En el bar donde estaba previsto, le dijeron al encargado que tocarían gratis esa misma fecha, cada año, a cambio de 6.000 botellines de Mahou, esto es, tarifa plana cervecera. El trato se cerró. Aquello sucedió de verdad y Los Desleales existen, y de hecho tuvieron bastante éxito en los años setenta y ochenta. Llevan haciendo el trueque de música por levadura en la pequeña aldea varios años, como buen pacto entre caballeros litroneros: la banda de rock, y el bareto roquero, cumplen con su palabra anualmente. Lo cual, por cierto, es un acontecimiento en un pueblo cuya media de edad es anciana. Los inveterados pobladores están encantados con su inopinada dosis anual de rock bruto.

Si esto lo cuenta un colega acodado en una barra, es imposible que suene mal. Si lo hace una empresa del tamaño de Mahou, huele a chamusquina. Y la banda sonora no la ponen Los Desleales, sino los Porretas. Posiblemente les pareció graciosa y litronera la experiencia, y por eso accedieron. En ningún momento supusieron que estaban alentando la depreciación del oficio. No contaron con el calvario que sufren las bandas de hoy en día.

Músicos como Nudozurdo, Luis Brea o Los Punsetes, que llenan portadas de revistas especializadas y salas y festivales, no dudan en opinar lo mismo: «La música ha dejado de considerarse un oficio. Quien empieza en esto, debe pagar el alquiler de una sala para tocar en ella. Y que se olvide de cobrar por ello. Y muchas veces, en algunos festivales, lo que nos pagan apenas nos da para cubrir el equipo y el desplazamiento».

No sorprende, a la vista de la precaria situación actual que viven las bandas, que muchas incendiaran las redes sociales en cuanto Mahou viralizó su anuncio en Youtube. Incluso Guille Galván, de Vetusta Morla, un grupo que hace tiempo que vive sobradamente de la música, publicó en su Twitter: «Me gusta la cerveza pero cuando trabajo prefiero que me paguen, no que me den un botellín, amigos de Mahou».

Esos «amigos» de Mahou han retirado el anuncio. Fue una propuesta tan fallida como ingenua, y lo más probable es que ahora estén rodando cabezas en su departamento de marketing. Lo curioso es que, posiblemente, nunca hubo intención de infravalorar el derecho crematístico de los músicos, ni por parte de la cervecera, ni mucho menos de Los Desleales o Porretas. Pero la epidermis social está más sensible que nunca frente a la precariedad. Y eso también incluye al sector musical. Por muy litronero que sea.


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