«Lo más importante no es el perdón, es la verdad»

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«Cuando hablamos de la violencia contra las mujeres con tanta ligereza, nos ponemos del lado de los violentos»

«Mientras sigamos contando lo mismo, nos seguirán matando»

«La Justicia en Colombia es paupérrima, mediocre, no existe»

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«Míreme bien la cara hijueputa; míremela porque no se le va a olvidar nunca», le espetaron a Jineth Bedoya (1974) los tres hombres que la violaron y la torturaron hace más de una década. No se imaginaban aquellos paramilitares colombianos el efecto bumerán que tendría su acción. Hoy, la periodista, nominada a Premio Nobel de la Paz y activista por los derechos humanos, no deja de encararse con quien haga falta para gritar que mientras ella habla una mujer siria está siendo violada en los campos de refugiados y diez casos de violencia contra mujeres caen en el olvido. Y aunque su caso fue declarado crimen de lesa humanidad, no está cerrado; hace apenas unos meses, la reportera tuvo que narrar por duodécima vez lo sucedido en el día de la violación ante sus verdugos y la Administración. «La justicia de este país me está obligando a revictimizarme, y el Tribunal Superior de Bogotá me ha obligado a que vuelva a contar mi violación. Esto no solo me pasa a mí, les pasa a muchas mujeres que, como yo, han sido víctimas», señalaba Bedoya, cabeza de la campaña ‘No es hora de callar’.

No es su única batalla. Está también implicada en el proceso de paz: «La gente cree que nos arrodillamos ante las FARC. No. Les estamos diciendo: es hora de que digan la verdad, que reconozcan que violaron, que forzaron abortos, que utilizaban a las mujeres. Y si no lo hacen, iremos a los Tribunales Internacionales para que respondan. Así que tienen esa oportunidad. Yo no, no dejo de soñar», confiesa a Ethic.

Abanderas una campaña denominada ‘No es hora de callar’. ¿Es suficiente con hablar?

Hablar es un paso fundamental y hay que darlo para soltar parte del dolor que se lleva dentro. Porque crees que llevas una vida normal y no es cierto, llevas algo, sientes que te jala, que te va pesando y te arrastra. Hay que hablar. Y eso no significa siempre ir a la fiscalía o a la policía. Puedes hacerlo con alguien al que simplemente le verbalices: «Me está pasando esto». Es un paso definitivo para, después de lanzar ese primer grito, amarrar a esas primeras palabras toda una cadena de cosas que vienen detrás, como buscar un acompañamiento psicosocial o acudir a las autoridades para denunciar. Hablar es armarse de fuerza para decir: «No me equivoqué al abrir la boca. La culpable no soy yo. El culpable es quien me hizo el daño». Entonces, efectivamente, no es suficiente con hablar, pero sí es lo esencial.

Y el perdón de los verdugos ¿es suficiente?

La palabra perdón se ha devaluado mucho. No sé cuántas veces me habrán preguntado a mí si yo lo había hecho. Y ahí pregunto: ¿qué significa dar perdón? Tras darle muchas vueltas, yo no he podido. Y no puedo hacerlo porque no tengo la libertad para llegar a mi casa tranquila y acostarme sin amenazas. Yo llego a mi casa sabiendo que al día siguiente me tengo que volver meter en un coche blindado, mover de una forma limitada, renunciar a disfrutar de unas vacaciones en mi país y vivir rodeada de escoltas. ¿Tú crees que así se puede perdonar? Pero sobre todo: ¿tú crees que se puede perdonar cuando no se sabe la verdad? Lo más importante no es el perdón; es la verdad. El perdón es el resultado final de un proceso, y no al revés. Antes de eso tiene que llegar la verdad.

A ti te revictimizaron. Se dijo que eras las amante de un guerrillero…

Todos los días me pasa y escucho frecuentemente que me lo merecí. Dos días después de mi secuestro, todavía en la clínica, me llamó un colega y me dijo que estaban contando que me habían violado porque era la amante de Yesid Arteta [miembro de las FARC en prisión cuando ocurrieron los hechos]. ¡Malnacidos! Ahora ya lo puedo digerir, pero a mí me quisieron deslegitimizar como mujer para justificar lo que me habían hecho. Y no, todo era inventado, pero si hubiera sido verdad, si yo hubiese sido la novia de ese guerrillero, eso jamás justificaría ninguno de los atropellos físicos y verbales que tuve que afrontar. Hoy ya se sabe que aquella mentira salió de la inteligencia militar. Montaron la historia, se la contaron a unos periodistas y ese rumor se convirtió en verdad para muchos. Durante muchos años me hizo mucho daño, porque se metieron con mi dignidad como persona. Pero hoy todo eso ya es anécdota y me parece muy válido hablar de ello para que no le pase a otra mujer. No se puede justificar una agresión por ser blanca, negra o salir con menganito.

¿Cómo diría que anda la Justicia colombiana de salud?

En Colombia yo diría que la instituciones prácticamente no existen. Están, pero no actúan. Tenemos unas leyes avanzadísimas para las mujeres, contamos una normativa específica sobre feminicidio… pero, ¿cuántas veces se aplican? Y no me refiero al conflicto armado. Hablo de lo que ocurre a una mujer cuando llega a su casa y recibe diez puñaladas de su marido. Por eso, para mí, la Justicia en Colombia es inexistente, es paupérrima, es mediocre, no está comprometida: no existe. Eso en lo cotidiano, porque si nos vamos a lo que ha ocurrido durante la guerra hay que denunciar que ni siquiera hay unanimidad para investigar lo qué han vivido las mujeres en las zonas rurales.

Hay quien sostiene que estamos viviendo una guerra contra las mujeres.

Es que muchos hombres se sienten amenazados por los avances que las mujeres hemos logrado a nivel global en los últimos años. En la última década hemos vivido una especie de despertar para decir que nos estaban matando, fue como nuestra ‘primavera’. Y cuando hemos hecho oír nuestra voz, muchos nos llaman feminazis, locas y cuentan que les odiamos.

Hablemos de los medios de comunicación y su responsabilidad a la hora de contar la violencia de género. 

Creo que los medios de comunicación tenemos el 50 por ciento de responsabilidad en todos estos asesinatos, amenazas y golpes. Porque violentar a una mujer es fracturar el núcleo básico de la sociedad y, cuando nosotros tratamos el tema con tanta ligereza estamos poniéndonos del lado de los violentos y olvidando a las víctimas. Y digo esto porque, para los periodistas, la violencia contra las mujeres no es una noticia importante. Es un breve, un suceso. Los medios hemos cosificado a las mujeres. No podemos hablar de una primera ministra sin contar cómo viste, pareciese que vernos en bikini fuese noticia… Es absurdo. Debemos empezar a contar que las mujeres no somos un par de zapatos, unas medias ni un escote perfecto. Y por último, no hay una conciencia y un compromiso claro por parte de los periodistas (y no hablo de los medios) con las víctimas de la violencia para entender que esa mujer puede ser su hermana, su hija o ella misma. Cuando escribimos sobre ellas, las tratamos como a seres de segunda categoría, no nos ponemos en sus zapatos.

Como periodista, feminista, activista y directiva del diario Tiempo, ¿cómo vives ese tratamiento de los medios hacia la violencia contra las mujeres?

En Tiempo, en nuestra redacción hay una lucha muy fuerte. No con la directiva del periódico, que desde el primer día entendió que debíamos apropiarnos del tema. El problema está más en la redacción, donde hubo una lucha muy grande. Me ha costado siete años para que los hombres entiendan que este es un tema que es noticia y que debe tener un espacio en las páginas principales, más allá de si es 25 de noviembre u 8 de marzo. Las redacciones, como todas las organizaciones, están permeadas por el sistema patriarcal. Y mientras sigamos contando lo mismo, nos seguirán matando.

¿Dónde queda la objetividad?

En este activismo yo me arriesgo a implicarme sin ningún tipo de duda. ¡Estamos hablando de un tema que afecta directamente los derechos humanos! Y quien diga que el periodismo es objetivo es un gran mentiroso. Pero, además, cuando te pones a mirar cómo manejas el periodismo y el activismo en temas de violencia de género, siempre respondo que hacerlo de una forma profesional es completamente compatible. Porque yo entendí, desde mi posición, siendo víctima, siendo periodista, que sin los medios de comunicación no podemos transformar esta realidad. Y, lógicamente, cuando te sientas a escribir sobre un caso, claro que hay que tener cuatro dedos de frente para mirar porque de ese universo de mujeres que somos violentadas, siempre habrá un mínimo por ciento de casos (¿un dos?)  que son falsos y ahí no te puedes equivocar. Pero se trata de seguir los mismos parámetros del buen periodismo: comprobar, contrapreguntar, consultar todas las fuentes, tener una duda, tener mil. Siempre. No importa el caso. Eso no lo he perdido, no lo perderé y me ayuda a equilibrar ese activismo que dices.

Eres un referente público en Colombia, una bandera, una mujer valiente y un testimonio valiosísimo, pero eso tiene un precio personal: has renunciado a una vida normal. ¿Merece la pena?

Renuncié a una vida normal en tranquilidad, hijos, familia y duele, sí, pero hay cosas que pesan más en mi vida después de todos estos años. Decidí por voluntad propia convertirme en lo que soy hoy: una voz para llegar a las mujeres, y eso vale mas que todos los secuestros, amenazas, calumnias y todo lo que ha podido pasar. Duele, pero hay cosas que pesan más en mi vida después de todos estos años.


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