Estudiar sin límites

Las personas con discapacidad representan solo un 1,3% de los alumnos universitarios de grado

Elena, invidente desde los 19 años: «En clase de estadística, una compañera voluntaria cogía los apuntes por mí y luego me los leía y los grabábamos»

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«Ir a una tutoría con tu profesor, que te diga que eres igual que el resto de tus compañeros y que no va a darte un trato especial es algo decepcionante, frustrante e increíble». Invidente desde los 19 años, Elena estudió la carrera de Pedagogía en una universidad pública y tuvo que enfrentarse a múltiples trabas a las que los demás alumnos no tuvieron que enfrentarse.

«La falta de apoyo (tanto de profesores como de instituciones) y de material académico fueron las principales barreras. Conseguir los textos adaptados a mi minusvalía en audio o braille fue siempre la mayor dificultad y hacer que algunos profesores adaptaran los exámenes o las tutorías fue otra gran odisea».

Esto es lo que hizo que en muchas ocasiones sus fuerzas flaquearan y se planteara seguir adelante. Pero Elena no se amedrentó y buscó por sí misma los apoyos necesarios para continuar. «Para las clases de estadística, por ejemplo, conté con la colaboración de una compañera voluntaria que cogía los apuntes por mí y luego me los leía y los grabábamos», recuerda.

Inaccesibilidad de los contenidos, de las instalaciones o de las prácticas, exámenes no adaptados, incomprensión, aislamiento, infravaloración de las capacidades, paternalismo, soledad. Son muchos de los hándicaps a los que se enfrentan los jóvenes con discapacidad en el entorno universitario.

Las barreras arquitectónicas no lo son todo. Ni mucho menos. Son las barreras culturales las más difíciles de sortear. «La propia sociedad aún no cree colectivamente en la inclusión plena en la universidad. Muchas veces se conforma con que las personas con discapacidad acaben la ESO. El paso de la ESO al bachillerato para este colectivo a veces es imposible; mucho más el paso del bachillerato a la universidad», explica Miguel Ángel Valero, director del Ceapat, el Centro de Referencia Estatal de Autonomía Personal y Ayudas Técnicas, perteneciente al Ministerio de Sanidad, Asuntos Sociales e Igualdad.

La realidad de los servicios, programas y unidades de apoyo a alumnos con discapacidad en las universidades españolas es todavía heterogénea y cambiante; en algunos casos, inexistente. Y es, precisamente, lo que de verdad necesitan estos jóvenes para continuar sus estudios y formación en la universidad. «Apoyo humano (de profesionales y voluntarios), técnico, económico, logístico, integral. En algunas universidades aún no existe o no funciona una unidad responsable de la inclusión de personas con discapacidad, ya sean profesores, alumnos o personal de la administración y servicios», añade Valero.

El acceso de las personas con discapacidad a una educación superior en España continúa siendo comparativamente bajo respecto al de personas sin discapacidad. Actualmente, este colectivo solo representa un 1,3% de los alumnos universitarios de grado y el porcentaje es aún inferior cuando hablamos de estudiantes de máster, posgrados o doctorados, según datos de la Fundación Once. Solo entre el 5% y 6% de las personas con discapacidad tienen estudios universitarios en nuestro país, a pesar de que la estrategia europea 2020 nos habla de un horizonte de un 40%.

Estos datos demuestran que, a pesar del esfuerzo realizado por las universidades españolas en los últimos años para promover la diversidad y mejorar el acceso y permanencia de las personas con necesidades especiales en el entorno universitario, aún resulta necesario adoptar medidas de acción positiva para reducir el abandono escolar temprano, fomentar el acceso y garantizar una formación superior adaptada a las necesidades del futuro.

Según el director del Ceapat, estas medidas pasan por asegurar la accesibilidad de los campus e instalaciones universitarias; potenciar la existencia y efectividad de las unidades de atención a las personas con discapacidad, así como la accesibilidad de los servicios prestados en la comunidad universitaria; garantizar la accesibilidad a los contenidos necesarios; ofrecer servicios de préstamo de productos de apoyo; promover la existencia de colegios mayores accesibles; facilitar las prácticas y el empleo; impulsar el acceso al bachillerato, a los ciclos formativos de grado superior y a las pruebas de entrada en la universidad en igualdad de condiciones.

Iniciativas de acción positiva

«La igualdad de oportunidades para realizar estudios universitarios es el primer paso para garantizar la no discriminación de las personas con discapacidad en el acceso a un empleo cualificado y a la posibilidad de desarrollar una vida autónoma», añade. Esta creencia es el motor que impulsa la iniciativa Campus inclusivos. Campus sin límites, un proyecto de Fundación Repsol, Fundación Once y el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, que nació en 2011 con una doble meta: despertar las expectativas y motivación de los alumnos con discapacidad para impulsar su acceso a la universidad e implicar a las universidades en el objetivo de inclusión educativa.

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«Este tipo de iniciativas contribuyen a combatir la alta tasa de abandono escolar entre los jóvenes con discapacidad y a mejorar la orientación en sus procesos formativos y profesionales», explican los promotores del proyecto. Se trata de actuar sobre una doble vertiente, contribuyendo, por un lado, a reducir el abandono escolar temprano de los estudiantes con discapacidad, a fin de allanar su acceso a un empleo de calidad en el futuro y, por otro, a facilitar que las universidades participantes puedan detectar oportunidades de mejora para sus campus mediante el acercamiento a alumnos que más tarde se integrarán en sus aulas, de manera que estén mejor preparados para ofrecerles una educación universitaria inclusiva.

Durante su estancia en los campus, estos jóvenes conocen de primera mano los servicios y recursos de las universidades y reciben orientación y asesoramiento sobre las diferentes áreas de conocimiento y estudios que ofrecen los centros. En definitiva, comparten, junto a otros jóvenes sin discapacidad, la pericia universitaria. «Se pretende que los participantes vivan esta experiencia, superando sus dudas o inseguridades», comentan los organizadores.

A lo largo de los nueve días de duración de la estancia, se desarrollan actividades en todas sus dimensiones: académicas, culturales, de formación, de empleabilidad, movilidad y relaciones interpersonales, sin olvidar el ocio y garantizando la plena accesibilidad a todas ellas. Los jóvenes participantes cuentan con monitores con formación específica que realizan labores de acompañamiento y cuidado 24 horas al día. Se cuenta, además, con la figura del intérprete en lengua de signos y con personal voluntario universitario que apoya la realización de los distintos talleres y actividades.

Hasta la fecha, ya se han desarrollado cinco ediciones de Campus Inclusivos en las que han participado 19 universidades españolas y 385 alumnos, con y sin discapacidad. «La mayoría de los jóvenes participantes han continuado su proceso formativo y, de éstos, una gran parte han accedido a la educación superior. Además, las universidades, con sus rectores a la cabeza, han ido asumiendo una conciencia creciente sobre la importancia de la accesibilidad y la necesidad de fomentar la presencia de alumnado con discapacidad en sus aulas», concluyen desde la organización.

Consciente de la importancia de iniciativas como esta, Elena no solo la aplaude, sino que reconoce cuán diferente hubiera sido su experiencia universitaria si hubiera contado con este tipo de apoyos. «Estudiar en la universidad es de por sí algo que requiere esfuerzo. Si además tienes algún tipo de discapacidad y ninguna ayuda, la carrera se hace a veces muy cuesta arriba. Pero con ganas, convicción y el apoyo de centros, profesores y compañeros, todo es posible», concluye.


COMENTARIOS

  1. La metodología docente no fomenta la inclusión, y por eso es básico formar al profesorado.


  2. Necesitamos unidades de inclusión especializadas que conozcan realmente las necesidades del colectivo. Cuanta más concentración, más enfocado estará el tema.


  3. El de la chica es un testimonio sobrecogedor. Mejorar las condiciones de estudio, trabajo y vida de toda la sociedad incluye a este tipo de colectivos.


  4. Efectivamente, las barreras físicas siguen siendo un problema, pero más grave aún es esa concepción social de que las personas con discapacidad no pueden aspirar a una educación superior. Esas barreras son las más difíciles de derribar pero, siendo sincera, creo que vamos por buen camino.


  5. Es cierto que se ha mejorado respecto a hace varios años, pero aún queda tanto…


  6. Tener horizontes está bien para no olvidar los objetivos. Esperemos que no ocurra como en otros aspectos, que se diluye o el resultado quede por debajo, sino que cada vez se potencie más el concepto de igualdad.


  7. El abandono escolar es un problema preocupante. Habrá de todo, pero muchas veces la causa es la falta de recursos.


  8. Claramente la universidad no está adaptada. Al menos, la Complutense de Madrid. Recuerdo perfectamente cuando estudiaba allí. Tenía varixs compañerxs invidentes y a veces era un auténtico martirio hacer un simple examen…


  9. “Las barreras arquitectónicas no lo son todo”. Ahí está la clave. Normalmente no nos damos cuenta de la ingente cantidad de dificultades que encuentran hasta que nos toca de cerca o lo vemos de primera mano.


  10. Cada barrera física y académica es una pérdida de talento y un desperdicio de potencial. Que algo tan nimio como tener capacidades diferentes no frene el crecimiento personal y de toda la sociedad.


  11. Todos podemos contribuir, desde alumnos y profesores a todo tipo de entidades. Es cuestión de conciencia social. Pero universidades, comunidades y el propio Estado son los que deben regularlo.


  12. La falta de financiación es una discapacidad?????


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