Sexo y discapacidad, ¿un tabú que se desmorona?

Suiza, Holanda
y Alemania subvencionan la asistencia sexual; en España hay un vacío legal

Asistente anónima: «Esta figura no es prostitución; implica entrega, vocación, paciencia»

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Se habla del sexo con amor, del sexo retribuido, del sexo libre, del sexo cibernético. Hay dosis generosas de sexo en los chistes que contamos, en las series de televisión de las que somos feligreses, en las novelas que devoramos, en la publicidad que consumimos. Hay sexo, a secas. Y un tabú que persiste, ya iniciado el XXI: el sexo en las personas con discapacidad. Un asunto que pareciera no existir porque no se menta. Como si fuera una cuestión de mal gusto sacarlo a colación. Por pudor. Por desconocimiento. Peor aún: por indiferencia u omisión.

Rafa (prefiere escamotear sus apellidos) tiene 37 años. Un accidente de coche le postró en una silla de ruedas hace ocho. «Antes resultaba fácil ligar. Entrabas en un bar, echabas un vistazo, veías a una chica, hablabas con ella y, con un poco de suerte, teníamos sexo. Ahora eso es imposible. Entras en un bar y todos te miran, eso es cierto, pero ligar con una chica desde esta altura particular es muchísimo más complicado; les despiertas lástima, compasión, ternura… pero deseo es lo último que provocas en ellas. Y lo peor es que me siguen poniendo igual que siempre».

Cambiar el canon de belleza puede llevar décadas. Y mientras, ¿qué hacen estas personas con su sexualidad? Una solución, hasta que la sociedad alcance la madurez suficiente como para que la diversidad se asuma de pleno en todos los órdenes, también en el afectivo, es la del asistente sexual. Países como Suiza, Holanda, Dinamarca, Suecia o Alemania consideran la asistencia sexual como un servicio de salud más y como tal está subvencionado desde hace años. En España hay un vacío legal al respecto.

Existen algunas asociaciones, anecdóticas en número, que sirven de intermediarias entre usuarios y asistentes sexuales, como las catalanas Sex asistent, una de las pioneras, o Tandem Team, en la que trabajan doce asistentes de manera regular, nueve mujeres y tres hombres. De ellos, uno y una son homosexuales.

Más insólito es el caso de quienes se ofrecen, a título individual, como asistentes sexuales para personas con discapacidad. Mar (el nombre es ficticio) es una de ellas. «No soy una prostituta; la figura del asistente sexual es otra cosa muy distinta, implica entrega, cierta vocación, paciencia. Pongo anuncios en prensa, en determinadas páginas de internet, dejo mi tarjeta en algunas asociaciones. Cuando contactan conmigo, se inicia una especie de complicidad verbal, me cuentan quiénes son, cómo son, qué quieren… esto puede durar algunas semanas. Cuando se establece una confianza mutua, cerramos un encuentro en un lugar público. Nos conocemos en persona. Si todo sigue su curso, fijamos una cita más íntima, por lo general en la casa del interesado, por cuestiones de accesibilidad, ya que la mayoría de las personas que me buscan están en silla de ruedas. En esa primera cita íntima se da lo erótico, pero no siempre lo genital, que requiere, a su vez, de un poco más de tiempo». Mar no habla de precios, asegura que todo depende «de las circunstancias».

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Rafa sí ha recurrido a la prostitución. «He tenido novias, ya en silla, pero cuando estaba sin pareja en alguna ocasión he pagado los servicios de una profesional del sexo. No me gusta, es un poco humillante, la verdad; te miran siempre con lástima, y muchas veces parece que les da asco. Aparte de que te sale mucho más caro, porque tengo amigos que me cuentan que lo que a mí me cuesta ciento cincuenta euros, a ellos, sesenta o setenta».

¿Sexo por ley?

A la sociedad le cuesta hablar sobre este binomio –sexo y discapacidad–, pero las normas internacionales ya lo han abordado. En 2006 se aprobó la Convención de la ONU sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, en la que se recogen de manera explícita aspectos relativos a la salud sexual y reproductiva. Asimismo, en 2009, la Organización Mundial de la Salud publicó una guía de recomendaciones sobre la salud sexual y reproductiva de las personas con discapacidad. En España, la conocida como Ley Aído, de 2010, (Ley Orgánica de Salud Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo), contemplaba la figura del asistente sexual para personas con discapacidad, pero quedó sin dotación económica primero y derogada después una vez reemplazado el gobierno de Zapatero, que la promulgó, por el de Rajoy.

Al tabú le rodean siempre tópicos: que si las personas con discapacidad intelectual (síndrome de Down, síndrome de Rett…) tienen una libido tenaz, que si los ciegos son unos virtuosos del tacto, que si los lesionados medulares son todos impotentes… Pero, poco a poco, este asunto va ocupando la gran pantalla (con películas como Las sesiones de Ben Lewin, o Yes, we fuck de Antonio Centeno y Raúl de la Morena), la literatura (Versiones de Teresa, de Andrés Barba) o incluso la televisión (Master of sex).

«Tradicionalmente se hablaba poco de sexualidad y afectividad de las personas con discapacidad por una mezcla de razones. Pudor o ignorancia son algunas de ellas. Debido a que son personas que pueden necesitar apoyos a lo largo de su vida, a menudo se las concibe como ‘dependientes’. Si esto ocurre pasan a ser vistas como ‘niños permanentes’, ‘asexuadas’ o ‘sin necesidades en este aspecto’. Se puede pasar por alto que los años pasan para todos y que, aunque con discapacidades, todas las personas acabamos siendo adultos con necesidades de adultos. Por fortuna, esto está cambiando y los prejuicios son cada vez menos», explica la psicóloga Clara Clos, autora, junto con la también psicóloga Gemma Deulofeu, del libro de relatos sobre sexo, afectividad y discapacidad Sensuales (ComaNegra editorial).

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Carlos de la Cruz, responsable de la Asesoría de Sexualidad y Discapacidad del Ayuntamiento de Leganés (la única en España de estas características) y vicepresidente de la Asociación Sexualidad y Discapacidad, asegura que «el sexo es importante para todos, para las personas con discapacidad y para quienes no la tienen. El sexo contribuye a mejorar su calidad de vida, su autoestima, su bienestar emocional; la sexualidad no es más importante que ninguna otra área de la persona, pero tampoco menos».

Para Frank Toro, director de cine, que se normalice esta cuestión pasa por «superar ciertos discursos, ciertos esquemas mentales. El sexo está en el cerebro. Todo está en la mente. También la capacidad de sentir y amar. Desde que somos pequeños nos venden todo tipo de ‘motos’. Las ‘historias’ que nos cuentan están bien, nos ayudan a entender nuestro entorno y a enfrentarnos al día a día. Pero a veces los ‘cuentos’ que nos explican no nos resultan útiles. Es más, sin que nos demos cuenta, nos limitan y, a la larga, nos hacen daño. Con esto no quiero decir que no existan dificultades físicas o externas para las personas con discapacidad. Existen y ahí están. Pero el afecto no es físico, es mental».

Toro ha dirigido dos documentales en los que la discapacidad y el sexo forman un maridaje protagonista: El sexo de los ángeles y Los amores inconclusos, y tiene algo claro: las mujeres están más dispuestas que los hombres a tener una pareja con discapacidad. «No sé hasta qué punto es biológico o cultural, pero seguimos educando a las niñas de manera diferente que a los niños. Las niñas siguen jugando a ser madres, enfermeras y otros roles en los que se cuida a alguien. En general, se asume que las personas con discapacidad son más dependientes que las personas sin discapacidad (a veces es cierto, a veces no) y socialmente preparamos más a las mujeres para cuidar de los demás que a los hombres».

Stevenson dijo, refiriéndose al sexo, que lo que sucede en diez minutos excede a todo el vocabulario de Shakespeare. Cruz se pregunta: «¿Por qué privar de este placer a nadie?».


COMENTARIOS

  1. mi discapacidad es emocional,me pregunto si eso esta catalogado o puedo seguir siendo persona….perdon si alguien se ha sentido ofendid@


  2. Estoy intentando desde hace un rato dejar un comentario a modo de crítica contra este artículo y ha sido eliminado ya cuatro veces. No sé si responde a que he incluido un enlace externo, a pesar de que no era spam, pero lo intentaré de otra manera.

    Espero que no fuese borrado intencionadamente. En cualquier caso, lo vuelvo a intentar. El mensaje era el siguiente:

    Discapacidad: dis-, ausencia de. Atad cabos.

    Como persona con diversidad funcional, no soporto que se utilice contra nosotros ese lenguaje peyorativo y conmiserativo.

    Por si en algún momento reeditáis el artículo o habláis de nuevo sobre el colectivo, aquí os dejo una guía para un trato verbal digno, para que os sirva de hoja de estilo: Y aquí iba el enlace. (*)

    Un saludo.

    (*) Para quién le interese, la referencia del documento es El modelo de la diversidad. La Bioética y los Derechos Humanos como herramientas para alcanzar la plena dignidad en la diversidad funcional; de Agustina Palacios y Javier Romañach. Está disponible la descarga libre y legal en los primeros resultados de la búsqueda en Internet.


    • Buenas, Ana María. Conozco personalmente a Javier Romañach, del Foro de Vida Independiente, le he entrevistado varias veces, sus puntos de vista siempre me resulta enriquecedores. Aunque no conozco a Agustina, también sé quién es y la he leído. No entiendo por qué te resulta ofensivo el lenguaje utilizado. Discapacidad es la palabra oficial (aparece en la Convención de la ONU, es la que adopta el Cermi, como plataforma representativa del colectivo, etc.). Tal vez no sea la más adecuada, pero no tiene carga negativa en cualquier caso. Conozco de primera mano la discapacidad, es decir, no soy en este asunto ni mucho menos una neófita, así que podemos discutir sobre el lenguaje adecuado, pero no puedo aceptar que digas que es conmiserativo. En absoluto. Creo que está abordado con la naturalidad que requiere, sin aspavientos ni condescendencia. La discapacidad concurre en las personas, no las define. Si alguno de los entrevistados se hubiese definido como persona con diversidad funcional, como en ocasiones sucede, hubiera respetado la terminología usada, pero no se dio el caso. De todas maneras, te agradezco el comentario, siempre da pie a la reflexión. Un saludo


    • Buenos días, Esther.

      Conmiserativo es el texto, no la terminología en sí misma.

      El trato, lo que siempre se asocia a la idea de la persona con diversidad funcional:

      Tener que explicar en cada artículo que «somos como los demás». Pues claro que lo somos. El error está en presuponer que no lo somos. Tampoco hace falta que nadie nos integre, porque no estamos desintegrados. O, por ejemplo, la puñetera manía de hablar de nosotros como si fuésemos objetos de estudio.

      El verdadero error está en hablar de nosotros sobre temas que, en cualquier otra persona, no sería noticiable. Flaco favor se nos hace para la supuesta normalización que queréis ayudarnos a conseguir.

      Un saludo.


    • Por cierto, si conoces a Javier Romañach y dices que sus puntos de vista son siempre enriquecedores, una de dos, o aun así te trae sin cuidado, o no estás de acuerdo con lo que él propone con respecto a nuestra dignidad.

      No sé qué me parece parece peor.

      En cualquier caso, no te puedo, no ya felicitar, sino agradecer siquiera el artículo.


    • Querida Ana, yo no opino en los textos, recoge testimonios y trato de trazar un mapa del territorio. Si la Convención de la ONU habla de discapacidad, a ello me atengo. Si el Cermi habla de discapacidad, siendo la plataforma que aglutina a las persona con discapacidad, a ello me atengo. Por otro lado todo es susceptible de ser objeto periodístico y de estudio: la discapacidad, la nutrición, la escritura automática… Entiendo que difieras del artículo, pero insisto que la gente que hablaba de sí misma lo hacía en los términos que aparecen, y se reconocen en él. Hay muchas maneras de contar las cosas, y no tienen por qué ser excluyentes.


    • ¿Quieres hacer un buen artículo? Investiga a Cermi y ONCE. Desviación de caudales públicos y tráfico de influencias.

      De esto lleva años hablando José Díaz Herrera y los mismos llevan ellos intentando callarle la boca.

      Te daré una pista para empezar: Busca el número de sociedades que conforman el tejido empresarial de la ONCE, sus participaciones en externas y de dónde salen.

      El Cupón, no, no da para tanto.

      Esos supuestos representantes son los primeros interesados en que siga existiendo esa brecha hacia el colectivo, pues a costa de ello viven.

      La publicación de la que hablo en mi primer mensaje, la de Romañach, ya lo toca de pasada, de hecho.

      Esa OMS que utiliza y recomienda esa terminología es la misma OMS que en 2009 quiso encasquetar a medio mundo el Tamiflú (el tratamiento a la gripe aviar) por echarle una mano a EE. UU., que se le había ido la mano en su producción pensando que cundiría el pánico y sacarían beneficio.

      La misma OMS que ha tardado, desde 1945 que empezaron a comercializarse, 71 años en decir que los productos cárnicos procesados son cancerígenos.

      Se supone que el periodismo tiene que ser riguroso, así que perdóname si considero que, en este caso, atenerse a lo «oficial» y no tener un espíritu crítico, es cuanto menos irresponsable.


    • Esther Peñas Magnífico texto, querida Esther. ¡Gracias, como siempre, por tu enorme profesionalidad!


  3. Hay temas que pasan desapercibidos, opacos. En el caso de las personas con limitaciones y discapacidades se agudizan. Avanzar es importante.


  4. La sexualidad es intrínseca al ser humano. Y claro que es un tema importante para los discapacitados. Tanto como para los “capaces”.


  5. Demasiados tabus como si hubiera gente de primera y de segunda


  6. He conocido discapacitados con una fuerte sexualidad, en escuelas especiales, y viven verdaderos idilios


  7. No deja de ser encomiable que alguien descapacitado mantenga el interés sexual. No es fácil, pero hay quien lo logra.


  8. Muy bueno. Me lo llevo al mundo exterior.