Somos ignorantes

Un análisis sobre las ventajas de la economía sostenible

"El consumo de productos ecológicos representa en nuestro país un volumen de negocio en torno a los 900 millones euros"

"Este mercado supone menor gasto en energías fósiles, menor gasto médico, fomento del desarrollo rural evitando el masivo éxodo a las ciudades, seguridad alimentaria, creación de nuevas empresas y generación de empleo"

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El profesor Manuel Quirós analiza el papel del consumidor en el camino hacia una economía sostenible y critica a unos líderes que se muestran incapaces de ver las ventajas que tiene el mercado de los productos y servicios ecológicos: menor gasto en energías fósiles, menor gasto médico, fomento del desarrollo rural, seguridad alimentaria, creación de nuevas empresas y generación de empleo.

El consumo de ecoproductos, productos sostenibles, moda ética, alimentos orgánicos, cosméticos naturales, transporte bajo en emisiones y eficiente, materiales no tóxicos, etc., es aún en nuestro país, no solamente muy bajo sino que estamos lejos de que sea una verdadera aportación positiva en el camino hacia un cambio de paradigma.

Desconocimiento, presunción de su alto precio y la dificultad de acceso son solo algunas causas; a pesar de que en las dos últimas ediciones de la Feria de Biocultura de Madrid 2011 y 2012 se ofertaron mas de 18.000 referencias con 700 expositores relativas al sector del producto ecológico, incluyendo la alimentación, cosmética e higiene certificada, calzado, textil, bio construcción, medio ambiente, mobiliario y decoración, energías renovables, comercio justo, ético, terapias complementarias, etc.

El consumo de productos ecológicos representa en nuestro país un volumen de negocio en torno a los 900 millones euros (valor de la producción: 685 millones euros, y el de las exportaciones 454 millones euros) a pesar de que lo producido en España en un 90%,  se exporta a otros países porque aquí no lo pagamos. No en vano, este tipo de consumo es menor a 10€/español/año frente a 150€/año que registra un país como Suiza o algo mayor en Alemania. Mucho queda por tanto en la educación del consumidor español para que entienda y apoye el consumo de ecoproductos y productos sostenibles.

Seguimos sin comprender la necesidad de entrar de lleno en esta oferta. No entendemos las bondades en el terreno de la disminución en las emisiones de los gases efecto invernadero detonantes del cambio climático, ya cercanos a los 400 ppm de CO2 (350 ppm es lo recomendado por el IPCC el panel intergubernamental contra el cambio climático de Naciones Unidas). No sabemos tampoco qué beneficios aportan a nuestra maltrecha Naturaleza y no sabemos qué bien hacemos a sectores arraigados al campo, como aquellos destinados al cultivo orgánico de productos, en un momento en el que ya en las ciudades superamos el 52% de la población mundial (las previsiones son del 85% en el 2050). En definitiva somos ignorantes.

Por poner un ejemplo significativo en el sector alimentario, donde ya lo afirmaban los griegos clásicos somos lo que comemos”… las bondades de tipo medioambiental del cultivo ecológico incluyen: un menor volumen de emisiones de GEI, ya que no emplea por ley fertilizantes de síntesis, abonos, pesticidas, hormonas, todos dependientes del sector petroquímico; y mayor biodiversidad, hasta un 50% frente a la convencional. Por otro lado las ventajas para la sociedad: población mas saludable, eliminación de enfermedades asociadas a la producción industrial, mayor aporte vitamínico por unidad de producto frente al convencional, nula incidencia en enfermedades infantiles, los valores educativos…etc. Y finalmente, para la economía apoyada desde la UE y la propia ONU, pues supone: menor gasto en energías fósiles, menor gasto médico, potenciar sectores de calidad para el desarrollo rural evitando el masivo éxodo a las ciudades, desarrollo de nuevas empresas y creación de empleo, seguridad alimentaria, desarrollo sostenible…  Si aún con este balance, no lo apoyamos, es que somos víctimas de nuestra incultura. Somos ignorantes.

Cuando depositamos nuestro dinero en el mostrador al comprar un kilo de tomate convencional o de un pollo industrial, estamos apoyando, con este acto inconsciente, el maltrato animal (desconocemos como se crían). Le decimos al agricultor que continúe inundando el campo con todo tipo de productos contaminantes que no solo alteran el aire que respiramos, sino también el agua que bebemos y que al final afecta, y mucho, a nuestra salud. También apoyamos un mayor incremento en el consumo de petróleo (muchos, y cada vez más, vienen de países lejanos, incrementando nuestra huella de carbono). Tampoco somos conscientes de todo esto. El pensamiento sistémico, ahora potenciado con el Analisis del Ciclo de Vida por parte de la UE, anima a empresas del sector a su elaboración para entender la complejidad de las repercusiones del sistema productivo, pues todos pertenecemos y tripulamos la nave espacial Tierra. Lo que no conocemos, no existe. Somos ignorantes.

Estas son solo algunas ventajas evidentes pero ajenas, no solo al consumidor que se fija exclusivamente en el precio y no en el coste, sino también a las empresas que están ignorando un sector en alza y de los pocos que crece a buen ritmo, para alcanzar un posicionamiento estratégico de enorme futuro y desarrollo sostenible. Los gobiernos cegados por la crísis y la falta de imaginación, no ven aún en este mercado una gran vía de creación de riqueza, empleo, prosperidad y futuro asegurado.

La realidad es que el consumidor de producto ecológico hoy por hoy es un héroe, al menos en nuestro país. La oferta en la calle es escasa e incompleta. En una ciudad como Madrid, existen apenas una docena de pequeños supermercados en los que no podremos encontrar la totalidad del producto que a diario requerimos para cubrir nuestras necesidades. A diferencia por ejemplo de la cadena tejana norteamericana con cientos de establecimientos y recientemente asentada en Gran Bretaña, Whole Foods, que desde 1980 ofrece miles de productos con sellos de certificación.

Con la honrosa pero escasa e incompleta oferta de establecimientos de cierto tamaño y su atomización, el consumidor responsable se ve forzado a una tarea compleja de búsqueda, de error-acierto en la vasta oferta de la Red. Requiere un tiempo de investigación y de confianza a un clic, no siempre ausente de suspense. Si no, haz la prueba. Si hoy necesitas comprar pasta de dientes, un limpia-hogar, un par de calcetines y un pollo, todo bajo certificado ecológico, verás de lo que hablo.

No vale solo con las bondades intrínsecas del ecoproducto, éste ha de competir en un mercado saturado; pero además no debiera poder diferenciarse salvo quizá en el etiquetado que incorpore el correspondiente sello identificativo. Por cierto cerca ya de los 450 certificados a escala global. ¿Demasiados? Si con ello el mercado se inunda de productos con mejoras ambientales, precios justos y socialmente éticos y le damos una tregua a la Naturaleza, bienvenido sea; si por el contrario se favorece un greenwashing aprovechándonos de nuestra ignorancia en la temática, mal vamos, pues no solamente engañaremos al cliente, sino que éste desconfiará y difícilmente volverá a él con ánimo de fidelizarse.

Recientemente el conocido economista Ramón Tamames ha sido una víctima más de esta ignorancia, cuando publicó hace unas semanas su artículo Bioculturas, en la que criticó la cultura bio, sus valores, la necesidad y enalteciendo las bondades de la comida industrializada o la transgénica. En su caso la ignorancia es aún mas preocupante por su categoría de catedrático, de autor con poder de difusión (el artículo fue publicado en La Razón) y por lo osado de sus comentarios. Es ignorante y potencialmente peligroso por el alcance de su fama y trayectoria, que de un plumazo ha quedado desprestigiado. No debió entrar en terreno desconocido sin incrementar su (in)cultura. Debería rectificar y mostrar humildad y sabiduría ante tanta evidencia y poco respeto por tanta gente corriente, expertos, premios Nobel, científicos… que consumimos bajo ese valor. Muchos economistas de prestigio y edad apoyan la economía sostenible como base de que otro sistema es posible y eficaz.

Me temo que mientras nuestra ignorancia e incultura siga siendo el patrón dominante a la hora de consumir, la importante aportación que como consumidores podemos hacer, continuará siendo mínima. Como he descrito en artículos anteriores en torno a la ecoconsciencia, ésta no será suficiente sin un elevado grado de involucración y dedicación en la parte que nos corresponde como consumidores, para saber más de lo que se esconde tras las etiquetas y los bajos precios. Pesamos demasiado como consumidores, ahora que ya hemos superado la cifra de los 7.000 millones de habitantes y con los países emergentes (BRICS) con mas de 2.000 millones de potenciales hiperconsumidores que quieren imitar el euroamerican way of life… con todo derecho pero no exento de incertidumbres insostenibles.

En todo momento venimos hablando de sostenibilidad y esta hace referencia al futuro de los que vienen, nuestros hijos y nietos. Estamos poniendo las bases para que ese cambio de modelo se produzca, pero el futuro se fabrica hoy, en el presente, sino, este futuro siempre será inalcanzable.

Hablamos de presente para que ese futuro incierto y oscuro que nadie duda, de no acometer los cambios hoy, sea próspero, lleno de vida y sano, cíclico y solar. Según el experto Paul Hawken, hay mas de un millón de organizaciones en todo el planeta que trabajan hacia este cambio de modelo, quizás sean más, nadie lo sabe con certeza. Entre ellas encontramos muchas fuentes de información que nos conducen hacia la cultura de lo sostenible para salir de esta global incultura que nos asola.

Dejemos la ignorancia de lado y empecemos a cultivar nuestro interior para modificar el panorama actual en el que estamos inmersos y del que también mostramos nuestro desconocimiento en lo que ya se conoce como la triple crísis (social, económica y medioambiental).

Y como alguien dijera, lo que no se conoce, no existe. Dejemos la ignorancia de lado.


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