«Hay que cambiar los indicadores de éxito económico»

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«La participación electoral cada cuatro años crea una democracia impotente»

«Hay que otorgar más derechos democráticos a los ciudadanos»

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El impulsor de la Economía del Bien Común y creador de la Banca Democrática, Christian Felber, nos explica las claves de unas teorías que ya han dado la vuelta al mundo con su apuesta por la transformación social y la sostenibilidad. Defendido por unos y criticado por otros, Felber defiende nuevos indicadores económicos basados en la justicia, la equidad y el medio ambiente.

Uno de los objetivos de su obra es escapar de la dicotomía «lo que no es capitalismo tiene que ser comunismo» y ofrecer una alternativa sistémica humana. No parece fácil. ¿Cómo se pueden sentar las bases para que se produzca esta transformación?

Las medidas clave son cambiar los indicadores de éxito económico existentes, que miden objetivos financieros y monetarios como los beneficios de la empresa o el PIB por otros indicadores de éxito más acordes con la función real de la economía y los valores de la Constitución: dignidad humana, justicia, democracia, sostenibilidad. ¿Hasta qué punto una empresa tiene en cuenta estos valores? Nosotros proponemos que hagamos eso, que midamos la contribución el bien común.

¿Cuáles son las claves y los valores en los que se asienta la economía del bien común?

Por un lado, los valores constitucionales, que son los más frecuentes en las constituciones occidentales y que acabamos de comentar. Y por otro lado, los valores relacionales, que permiten mejorar las relaciones entre los ciudadanos: honestidad, confianza, empatía, solidaridad, cooperación… Cuanto más vive una empresa, estos valores tienen más posibilidades de sobrevivir, mientras que las empresas que no participan de estos valores fracasarán y se alejarán del éxito.

¿Cree que esa nueva noción de éxito de la que habla, tan alejada del darwinismo social, es viable?

Es lo único lógico porque, aparte de la economía, no hay ningún proyecto en el que no midamos el éxito en función del objetivo, sino según el medio, que es el dinero. El deseo de otro orden económico que prime estos valores -ecología, justicia, igualdad, democracia…- es creciente.

Frente a las tradicionales mediciones de progreso, como el PIB, está surgiendo nuevos conceptos como la felicidad interior bruta (FIB). ¿Cómo se mide la Economía del Bien Común?

Es algo que se puede desarrollar a través de procesos democráticos. Dentro de nuestra propuesta, en los municipios del bien común se organizarían asambleas cívicas con los ciudadanos y ellos averiguarían a través de debates participativos los 20 ó 25 indicadores de calidad de vida más importantes para ellos. De esta forma tendrían calidad de vida municipal. Después de haberlo trabajado en miles de municipios habría que sintetizarlo en un «producto del bien común», realizado democráticamente, por ciudadanos y no por expertos, ni por un emperador, ni por dioses.

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Usted propone limitar la rentas y los derechos hereditarios. ¿No cree que este tipo de medidas suponen, respectivamente, un freno a la meritocracia y un ataque a la libertad privada?

En cuanto a la meritocracia, al revés, porque heredar no es ningún mérito. En línea con el pensamiento liberal, proponemos que todos deberían tener las mismas oportunidades para acumular cierta fortuna por su propia fuerza. Esto lo imposibilitamos porque unos pocos heredan millones o incluso miles de millones, mientras que muchos otros no heredan nada. Los que no heredan nada no tienen las mismas oportunidades que los felices feudales. Lo que propongo es un cambio de un mecanismo puramente feudal o un mecanismo, al menos, parcialmente liberal. Proponemos que el pueblo decida dónde podemos poner un límite a la propiedad privada porque creemos que si alguien posee mucho, puede acumular poder e influir políticamente y restringir la libertad de muchos otros. Con 1.000 millones puedes comprar muchas cadenas de televisión y puedes hacerte primer ministro. Y eso no tiene que ver con democracia, ni con calidad, ni cualificación. Sólo tiene que ver con el poder por el poder. Creo que son ideas que se ajustan muy bien a la meritocracia y a los verdaderos principios del liberalismo.

Llama la atención su concepto de banco democrático y su apuesta por hacer desaparecer los mercados financieros. ¿Podría profundizar en estos ideas?

Los mercados financieros globalizados son entes disfuncionales, ineficaces. Ya no cumplen con la meta de un banco. Proponemos disminuir estos mercados hasta llegar a un modelo de banco sin ánimo de lucro, que no especula, que tiene en cuenta criterios sociales y ecológicos a la hora de desarrollar su actividad. Se trata de que los bancos se entiendan como un servicio a la sociedad, no como entidades que actúan para generar beneficios para sus propietarios. Hacer dinero con el dinero: es una aberración de la banca. Apostamos por volver a las raíces de los bancos cooperativos y las cajas de ahorro.

En España, cada día desayunamos con un escándalo de corrupción. Sin embargo, parece que el ciudadano lo acepta porque luego votan a los mismos partidos. ¿A qué cree que se debe esta especie de Síndorme de Estocolmo?

Una parte creo que se debe a que sólo se puede votar a partidos pero no a contenidos. No tenemos una democracia directa. Sería más eficaz si pudieran votar por cuestiones específicas. Se tendrían que crear referéndums y asambleas democráticas para reformar la Constitución. En España la democracia es muy joven y en Austria también. Pero realmente no tenemos una Constitución democrática, que haya emanado de las decisiones del pueblo. La partitocracia y la participación electoral cada 4 años se traducen en una democracia impotente. Hay que otorgar más derechos democráticos a los ciudadanos.


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